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Soplando en soledad

Editorial · Fernando de Haro
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19 noviembre 2017
Tres escenas londinenses de la semana pasada. Miércoles: un grupo de estudiantes avanza por las calles de selecto barrio de Bloomsbury, muy cerca de la universidad central de la ciudad (UCL). Marchan bien organizados, al son de varios tambores, coreando consignas que piden un descenso drástico de las tasas universitarias. Un curso de grado puede llegar a costar 10.000 libras y consideran insultante que el Gobierno May haya prometido bajarlo a 9.500. La manifestación exhibe pancartas grandes y pequeñas, hay orden. Las bengalas de colores que encienden los estudiantes le dan un toque estético a la protesta. En su cara hay excitación, parecen estar contentos de luchar juntos por una buena causa. Es el gusto de hacer con otros. Los organizadores, que cuentan con el apoyo del Partido Laborista, esperaban a 10.000 participantes. Al pasar por Russell Square, los movilizados no llegan a 1.000. El vínculo de la causal social ha movido a pocos.

Tres escenas londinenses de la semana pasada. Miércoles: un grupo de estudiantes avanza por las calles de selecto barrio de Bloomsbury, muy cerca de la universidad central de la ciudad (UCL). Marchan bien organizados, al son de varios tambores, coreando consignas que piden un descenso drástico de las tasas universitarias. Un curso de grado puede llegar a costar 10.000 libras y consideran insultante que el Gobierno May haya prometido bajarlo a 9.500. La manifestación exhibe pancartas grandes y pequeñas, hay orden. Las bengalas de colores que encienden los estudiantes le dan un toque estético a la protesta. En su cara hay excitación, parecen estar contentos de luchar juntos por una buena causa. Es el gusto de hacer con otros. Los organizadores, que cuentan con el apoyo del Partido Laborista, esperaban a 10.000 participantes. Al pasar por Russell Square, los movilizados no llegan a 1.000. El vínculo de la causal social ha movido a pocos.

También el pasado miércoles. También en el barrio de Bloomsbury. Oficinas de la sede de Google. Ambiente informal, oficina de cristal. Reunión de los responsables de estrategia de YouTube. Un puñado de jóvenes directivos, con una media que no supera los 30 años, educados en las mejores escuelas de negocios del mundo, estudian el tiempo máximo y el tiempo mínimo que pueda durar un anuncio en cada una de las regiones del mundo para que el “vinculo” entre los anunciantes, los usuarios de la red social y los productores de contenidos no se vea perturbado. Están decidiendo el vínculo virtual que unirá a millones de personas en el planeta, vínculo de segundos, vínculo que no es vínculo.

Tercera escena. David Davis sale de Downing Street y anuncia que el acuerdo del Brexit se someterá al examen del parlamento. Es lo que exigían muchos diputados. El viernes Davis asegurará que el Reino Unido ya ha sido todo lo flexible que puede ser en su oferta de divorcio para separarse de la Unión Europea. El presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, le contestará que debe estar de broma. La Unión Europea lleva semanas exhibiendo dureza. La ruptura del vínculo entre el Reino Unido y los 27, que iba a traer el paraíso, se ha convertido en un infierno para la política británica. Tras la arrogancia de los primeros meses se ha hecho evidente la división entre los miembros del Gobierno, entre la clase dirigente y los políticos, entre los londinenses y el resto del país. El proyecto nacional que siempre estuvo claro ahora no aparece por ningún lado.

De lo micro a lo macro. La ruptura de vínculos, más que la crisis ética denunciada por los moralistas, parece ser lo que caracteriza el momento. Es una epidemia que afecta a los vínculos elementales y a aquellos más vertebrados que constituyen el capital social. La enfermedad es global. Y la palabra enfermedad no es una metáfora. Hace unos meses se ha publicado un estudio (Advancing Social Connection as a Public Health Priority in the United States) de varias universidades estadounidenses que pone de manifiesto los efectos nocivos que tiene para la salud la destrucción de las conexiones sociales. Los datos procesados no se refieren solo a Estados Unidos, incluyen también Europa y Asia. Datos de Eurostat de este verano reflejan que un 12 por ciento de franceses y de italianos ya no tiene a nadie con quien hablar. Los vínculos primarios desaparecen o son inestables. En los 70 del pasado siglo, en la mayoría de los países europeos cada año se casaban entre 7 y 9 personas por cada mil, en algunos hasta 10 personas. Hoy la media está entre 3 y 5 personas (al año) por cada mil.

La falta de vínculos elementales se traduce en lo que el profesor de Harvard Robert David Puntnam empezó a denunciar hace ya más de 25 años con su trabajo “Blowing Alone: America`s Declining Social Capital” (Soplando solos, el declive del capital social estadounidense). La tesis de Putnam es sencilla: desde los años 60 se ha producido una “mutación social”. Han desparecido las relaciones estables. Se ha destruido lo que el profesor denomina el “capital vínculo” (relaciones entre semejantes), también el “capital puente”, el que permite socializar con los que no son tus semejantes (los otros).

Está en marcha la nueva Encuesta Social Europea que examinará los valores del Viejo Continente, también de los británicos. La última edición mostraba que la participación en alguna forma asociativa estaba en la mayoría de los países europeos por debajo del 20 por ciento. En el Reino Unido era solo del 6 por ciento.

Sin tener presente que son ya muchos los europeos (continentales e insulares) y los estadounidenses que soplan solos, no se entiende ni la crisis antropológica ni política que sufrimos. Nuestras instituciones, nuestra democracia, nuestra vida se organizaron hace 200 años dando por supuesto que existían ciertos principios (que han desparecido). Principios que estaban en pie gracias a unas relaciones, a un capital social, a un pueblo (que tampoco existe). No se puede pensar ni sentir con acierto, mucho menos formular respuestas, sin escuchar al hombre concreto que sopla en soledad.

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