Sola estadística

Editorial · Fernando de Haro
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19 abril 2021
La reacción en Estados Unidos y en Europa a los inmunizadores de AstraZeneca y Janssen dice mucho sobre nosotros.

Hemos especulado durante meses sobre cómo sería el mundo después del COVID y, como siempre, el tráiler del futuro está en el presente. Lo que está ocurriendo con las vacunas de adenovirus refleja una brecha entre la capacidad para desarrollar el conocimiento y la gestión política, entre la razón científica aplicada a la inmunización y la razón práctica.

La anterior gran pandemia que sufrió la humanidad, la de 1918, fue la de la gripe del virus A (subtipoH1N1), mal llamada gripe española porque el primer caso se detectó en Kansas. Después de más de 50 millones de muertos, hubo que esperar hasta 1930 para aislar al virus y hasta 1945 para empezar a poner las primeras vacunas. Un siglo después las primeras vacunas, con un altísimo porcentaje de eficacia, han estado listas en menos de un año. Ahora el reto no es solo mejorar el remedio y acelerar la producción. Ha surgido un obstáculo inesperado: una creciente falta de confianza y el rechazo que en muchos países del sur ha generado contra AstraZeneca y Janssen. Es llamativo que se haya conseguido lo aparentemente más difícil y que un problema supuestamente “menor”, como la aceptación de los datos objetivos de la ciencia, pueda retrasar, poner en peligro el ritmo de vacunación e incluso la inmunización de grupo en amplias zonas del planeta. Ha resultado que los datos fríos y objetivos no son suficientes. Estamos redescubriendo que la inteligencia emocional de Goleman, el corazón inteligente, es decisivo.

La secuencia de lo sucedido la recordamos todos. La aparición de los trombos relacionados con la aplicación de millones de dosis de AstraZeneca provocó el primer aplazamiento de la vacunación con el producto de Cambridge. Solo después de que la EMA (Agencia Europea del Medicamento) aceptara la relación causal de los efectos secundarios y añadiera que eran mayores los beneficios que los daños, la mayoría de los Gobiernos europeos retomaron la vacunación. Era evidente, antes de que la EMA se pronunciara, que el riesgo era muy bajo. Pero los gobiernos tomaron la decisión de esperar a que otra instancia diera el visto bueno por la incapacidad para asumir responsabilidades.

Algo parecido ha sucedido con la vacuna de Janssen. Después de que las autoridades sanitarias de Estados Unidos optaran por la suspensión, tras constatar que habían aparecido algunos, poquísimos, trombos, menos incluso que en el caso de AstraZeneca, se ha producido el mismo efecto. El desprestigio de AstraZeneca y de Janssen ha aumentado desde que la UE anunciara que en el futuro prescindirá de estas dos vacunas.

En buena parte del mundo no hay otras vacunas que no sean las de AstraZeneca y Janssen. El exceso de precaución se ha convertido en rechazo por parte de algunos países en África. Vuelve el fantasma de que Occidente manda hacia el sur remedios de clase B. Las vacunas que no son buenas para los blancos sí son buenas para los negros. Las consecuencias pueden ser nefastas allí donde no hay alternativa a los remedios con adenovirus porque en la carrera contra el virus, detener la vacunación supone favorecer el desarrollo de nuevas variables. Pero no es solo en los países del sur donde ha aumentado la suspicacia. Líderes de opinión y responsables sanitarios repiten estos días una y otra vez las estadísticas para intentar superar el vértigo, o directamente el miedo que ha aparecido en torno a los remedios de AstraZeneca y de Janssen. Para el primero la probabilidad de trombo es del 0,0001 por ciento y para el segundo del 0,00008 por ciento. Se repite una y otra vez que es más probable, mucho más probable, morir por el virus que la cantidad de cero.

Pero ahora las campañas de concienciación lo tienen muy difícil. La cantidad de ceros que aleja la probabilidad no es suficiente para hacer recuperar la confianza. Es consecuencia de una nefasta gestión política y comunicativa. Pero también dice mucho de nosotros. Tenemos la memoria muy corta. Parece que nos hemos olvidado de la vulnerabilidad de la que solo hace unos meses éramos tan conscientes. Volvemos a olvidarnos de qué somos, de nuestra necesidad, de la inexistencia del riesgo cero. “Cuando la memoria se convierte en algo tan corto, se altera la relación que mantenemos con la identidad”, señala con acierto Magris. Nuestra resistencia a ser convencidos por una aplastante lógica estadística dice de nuestra corta memoria pero también refleja cómo conocemos. Debería ser fácil que nos rindiéramos a la evidencia que nos traen los bajísimos porcentajes. Pero hasta la más mínima posibilidad se nos convierte en un obstáculo difícil de superar porque no somos ni algoritmos ni calculadoras. El posible trombo por millón se convierte en una barrera si no hay un afecto, una inteligencia emocional, que nos ayude a hacer memoria de los meses que hemos vivido, a abrir la razón al bien que nos espera. Una vez más, esta dolorosa crisis nos enseña cómo estamos hechos.

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