Sobre la Iglesia y el diálogo con los Castro

España · Pablo Pacheco (Cárcel provincial de Canaleta, Ciego de Ávila, Cuba)
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21 junio 2010
La política es el arte de lo posible. Razón por la cual decidí apoyar desde el primer momento el encuentro entre el general de ejército Raúl Castro y el cardenal Jaime Ortega Alamino. Este último apeló a la inteligencia y buena fe, intercediendo por las Damas de Blanco y los presos políticos y de conciencia. El arzobispo de La Habana, máximo representante del Vaticano en la isla, ha ignorado las críticas hechas desde dentro y desde fuera del país. En honor a la verdad, cualquier ataque a esta iniciativa podría hacerla terminar en resultados estériles, sin la liberación de los presos políticos y de conciencia, y eso Jaime Ortega lo sabe perfectamente.

Su compromiso con Cuba es una orden de Dios y nace también de un fuerte llamado de su propia conciencia. Simpatizo con el cardenal, no lo niego. Confío plenamente en Ortega Alamino. Si por esto me gano algunas críticas, bienvenidas sean. Si me equivoco lo reconozco y punto. Además tengo ese derecho y no voy a renunciar a ejercerlo para complacer a nadie. Siempre he dicho que primero debo quedar bien con mi conciencia y después con la de mis semejantes. Por supuesto que sin dañar o afectar mis principios. En política a veces parece que se está muy lejos de alcanzar un objetivo y sin embargo el horizonte de su solución está frente a nuestras propias narices. También es cierto que en los momentos de mayor fragilidad y tensión pueden estar muy cerca de concretarse las metas que soñamos.

Pero el traslado de Antonio Díaz Sánchez primero, de Adolfo Fernández Saínz y Félix Navarro Rodríguez después, me ha dejado un sabor agridulce difícil de explicar. A pesar del férreo control sobre nosotros, los presos políticos y de conciencia manteníamos una fluida comunicación, burlando el asedio de los militares. Ahora sólo quedamos Pedro Argüelles Morán y yo, el futuro de ambos es incierto, pero sea cual sea el destino de cada cual, será difícil -muy difícil- volver a tener un equipo como el que formamos en esta cárcel provincial de Canaleta en Ciego de Ávila. No dudo que en otras prisiones suceda lo mismo, pero nuestra camaradería nos permitió sobrevivir y protegernos.

Éstos han sido mis amigos durante estos largos siete años: Tony, indomable e incomparable a la hora de buscar iniciativas; Félix Navarro, único por su inteligencia y ecuanimidad e imposible de igualar en la tolerancia de cualquier idea; Adolfo Fernández Saínz, dueño de sí mismo y con un criterio de mucho peso a la hora de tomar una decisión colectiva. Pedro, contestatario por naturaleza pero noble de corazón y lector a la máxima potencia, a pesar de la escasa visión que le queda por la enfermedad que padece en sus ojos. Nadie puede imaginarse la influencia que cada uno ha tenido en mí y cuánto me aportaron sus siempre sabios consejos.

Mañana puede suceder cualquier cosa, pero mientras quede en cautiverio un solo preso político y de conciencia, no hay nada -absolutamente nada- que celebrar. Además, si nos guiamos por las propias leyes vigentes, muchos de ellos deberían estar en régimen de mínima seguridad o en libertad. Del lobo un pelo, me suena a conformismo. No dudo que las autoridades cubanas aún guardan bajo la manga su última carta. El as de oros, quizás. Aunque a estas alturas del juego no creo que nada de eso les ayude a ganar a partida.

Hoy doy más valor a las sabias palabras de Adolfo y Félix: "paciencia Pablito, paciencia, pero siempre firme pues ante nuestros verdugos eso nos aporta poder". No sé cuándo pueda volver a ver a estos excelentes y dignos hombres, cada uno de ellos dejó su huella en su corazón. Espero que también ellos recuerden mi frase favorita: "cuídense, que aún es mucho lo que debemos y podemos hacer por Cuba".

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