Sobre el artículo de Borghesi

España · Pablo Berenguer
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9 octubre 2014
Querido director:Me refiero al artículo de M. Borghesi ´La Iglesia no necesita un partido de zelotes´, título bajo el cual se califica y critica la opción de quienes no estamos de acuerdo con que los católicos españoles deban identificar su presencia en política con el Partido Popular.

Querido director:

Me refiero al artículo de M. Borghesi ´La Iglesia no necesita un partido de zelotes´, título bajo el cual se califica y critica la opción de quienes no estamos de acuerdo con que los católicos españoles deban identificar su presencia en política con el Partido Popular.

Es un hecho que he observado a menudo el que coincidan (en el caso de M. Borghesi –por lo que he podido seguir en este periódico– de manera particularmente explícita) dos posturas que, sin embargo, me parecen contradictorias:

(1) En el plano formal, una defensa a ultranza de la libertad religiosa y la laicidad, en su interpretación más moderna, subrayando con carácter universal la conveniencia y autenticidad de un estado de cosas en que la propuesta cristiana no pueda identificarse nunca, en ningún lugar y de ningún modo con el poder político, ofreciéndose esa propuesta a todos desde la más estricta igualdad con las demás. Desde este planteamiento se juzgan severamente diversas opciones y situaciones de la Iglesia en su historia.

(2) En el plano de la realidad política presente, una correlación entre el bien de la Iglesia y de su misión con el apoyo (no público, no jurídico, no formal, sino en el plano de los hechos ´reales´, la trastienda donde se jugaría la partida) de un partido político poderoso, con capacidad de otorgar y retirar beneficios, favores y castigos y defenderla de sus enemigos.

El modo en que, quizá, esta contradicción se trataría de resolver consistiría en desplazar el foco de los valores al sujeto. Para la Iglesia no sería importante que el poder político al que se apoya y del que se recibe apoyo defienda o no (o incluso ataque frontalmente) los valores que la Iglesia más aprecia (particularmente los ´principios innegociables´ enunciados por Benedicto XVI, considerados superados por algunos). Lo decisivo en política sería que el sujeto Iglesia sea protegido por al menos una facción del poder para poder así realizar su misión en la sociedad con las mayores ayudas y menores trabas posibles. Ese amparo o apoyo, naturalmente, sólo puede ser recíproco (y así se observa en ciertas opciones editoriales partidistas de medios de comunicación católicos o en los pronunciamientos y manifestaciones de católicos frente a los gobiernos en función de qué partido gobierne).

A mi entender, sin embargo, no pueden desvincularse objeto y sujeto y creo que la contradicción fundamental sigue en pie. Y sus consecuencias reales también. Los ejemplos en la vida pública española pueden multiplicarse. La ´propuesta cristiana´ es más libre cuanto más lo es también su sujeto, la Iglesia.

A partir de ese planteamiento de fondo, mi desacuerdo con el autor se extiende a la interpretación de algunos hechos básicos de la vida pública española, de los que señalo algunos:

1) Calificar de ´maximalista´ y ´radical´ el proyecto de Gallardón no es, objetivamente, realista. La lucha era parcial y centrada en lo filosófico y terminológico: no llamar ´derecho´ a una facultad legal amparada por el Estado o reconducir los abortos terapéuticos al supuesto legal del daño psicológico de la madre. No hablo ahora de si ese enfoque es el mejor o no (meritorio el gran esfuerzo de algunos, seguro), pero conviene constatar que era ese, y no otro, el enfoque y que no tenía nada de ´maximalista´ en cuanto su contenido jurídico real y el número de abortos a evitar.

Cuestión distinta, y esta sí políticamente relevante, es que se haya perdido ante la opinión pública el debate, de manera que sobre un proyecto como este haya prevalecido la imagen que lo identifica absurdamente con lo ´ultracatólico´ o la ´ultraderecha´. Ahora bien, sorprenderse de que un debate político dado por un solo hombre entre el silencio, la oposición y la indigencia de ideas de su propio partido y de los medios de comunicación por él controlados es, también, poco realista. Estamos ante la enésima demostración de que confiar, en su vertiente política, una batalla en un partido que no la quiere y no cree en ella es estar políticamente derrotados de antemano, ya se trate de dar un paso pequeño, mediano o grande. Fuera cual fuera el contenido del proyecto habría triunfado ante la opinión pública la propaganda contraria y se habría perdido el debate por incomparecencia. Sin entrar en juicios de intenciones, abrir un debate político y no comparecer a él es, objetivamente, buscar perderlo.

Con el PP en estas materias somos políticamente derrotados siempre. Otra cosa es que le demos a esto más o menos importancia (pues todos sabemos, con mayor o menor grado de comprensión y entusiasmo, que la batalla decisiva no es política), pero constatemos el hecho: con el PP políticamente se pierde siempre porque estas no son sus batallas y no las va a dar, ni bien, ni mal, ni con realismo, inteligencia y oportunidad ni torpemente. Sencillamente, cuando gobierna (otra cosa es en la oposición o en campaña cuando se trata de utilizar burdamente a la buena gente frente al adversario) no las da nunca y a estas alturas no es realista ni razonable esperar lo contrario.

2) Considerar que la existencia o el voto a otros partidos supondría la ´legitimación de la ideología radical burguesa´ es obviar que el papel de llevar a cabo esa legitimación ya lo juega el PP, con una eficacia que ninguna otra opción imaginable puede superar. Pensar qué habría ocurrido en los últimos 30 años o que ocurriría ahora si parte del voto católico estuviera dirigido a otras fuerzas políticas que sí  presentaran una alternativa a esa ideología no deja de ser elucubración (el autor tiene su opinión, yo la mía). Pero constatar que el PP es, de hecho, la fuerza política legitimadora por la derecha de esa ideología es constatar lo que es público y notorio a través del BOE. El PP ha convalidado y consolidado todas las leyes radical-burguesas del PSOE y ha añadido algunas más (las últimas, sus leyes regionales sobre adoctrinamiento de género en las escuelas). Para confirmar esa regla sólo nos queda que se produzca una excepción.

3) Por último, aunque coincido plenamente con el autor en sus consideraciones sobre la misión de la Iglesia en este tiempo histórico, en ese ´ponerse en juego en el terreno de un encuentro de la presencia cristiana, que se dirige a todos, más allá de barreras de derecha o izquierda´, querría llamar la atención sobre otro hecho claro de la vida pública española. La misión de la Iglesia excede con mucho el terreno de lo político, pero si algo hay que decir desde este terreno, a mi juicio, es que cualquier identificación entre la Iglesia y el poder del PP no favorece necesariamente aquella misión.

Que la Iglesia, en lo político se identifique con determinados ´principios innegociables´ es una opción llena de retos y dificultades en el diálogo con quienes ya no viven, entienden o quieren tales principios. Nadie lo negará y sobre esto mucho se puede hablar y mirar. Pero que los católicos se dejen identificar en política con un puro poder sin principio alguno, neutralizador de sus propuestas y legitimador de las de la ´ideología radical-burguesa´, supone, a mi entender, mucho más que una dificultad, es una derrota (aun parcial y relativa, obviamente) de identidad, credibilidad y misión.

Reclamar, como han hecho legítimamente (¡faltaría más!) algunos obispos, líderes de movimientos cívicos y católicos ´de a pie´, la desvinculación del poder del PP (lo que necesariamente abre la cuestión –siempre censurada– de la existencia o posibilidad de otras opciones políticas), tiene poco que ver con ´confesionalismos´, ´zelotismos´, ´anatemas´, ´integrismos decimonónicos´ y demás imágenes caricaturescas que circulan. Tiene mucho más que ver con la libertad de la Iglesia en la vida pública.

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