Sin tierra y con fe: una nueva evangelización en Brasil

Mundo · Jorge E. Traslosheros (México D.F.)
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1 julio 2010
Durante la década de los setenta, una versión latinoamericana de la teología secularizante europea se apoderó del pensamiento y acción de la Iglesia en Brasil. Un oxímoron que deja en claro un suicidio intelectual. Así, se confundió el evangelio con un programa, la Iglesia con un partido y el reino de Dios con un sistema político. La acción del católico se redujo al activismo social, de preferencia revolucionario. Estuvo lejos de ser una teología de la liberación pues el evangelio es la mejor de todas. Lo que se vivió fue la usurpación política del trabajo teológico.

El resultado fue un naufragio pastoral. La gente se acerca a la religión en busca de Dios y no para seguir un programa político pues para ello existen otras organizaciones. Cuando la Iglesia deja de proponer a Dios, la gente se va a otro lugar. La confusión entre los católicos favoreció el crecimiento de otras confesiones cristianas y también del secularismo que fue alimentado por los católicos que perdieron el sentido de Dios.

En esos años surge el movimiento de los trabajadores sin tierra de Sao Paulo, bajo el liderazgo de Marcos y Cleuza Zerbini. Sus éxitos dieron la vuelta al mundo y, a pesar de ello, el movimiento vino a menos. Les faltaba lo mismo que a los movimientos católicos que rápidamente perdían su identidad y se ponían al servicio de algún político de moda. Se dieron cuenta de que la ausencia de fe creaba un vacío tan profundo que los esfuerzos se reducían a un activismo inmediatista. Una vez alcanzado un objetivo era necesario inventar otro más y así sucesivamente hasta el agotamiento. El resultado era que el proyecto se apoderaba de la persona reduciéndola a un simple instrumento para alcanzar los objetivos. Un atentado contra su dignidad. Un éxito político y un fracaso humano.

Entonces nació en ellos la necesidad de Cristo y, con Cristo, una amistad con Julián Carrón, líder de Comunión y Liberación. Hoy en día los "sin tierra" son acompañados por el P. Julián de la Morena. Suman cerca de cien mil familias que han conseguido un hogar y varios miles de jóvenes que tienen acceso a la universidad. Sólo emprenden acciones dentro de la legalidad y se niegan a las "dádivas generosas" del financiamiento internacional y nacional, pues todo debe partir del trabajo propio.

Sin embargo, su más importante logro es que han aprendido el arte de ser una comunidad desde la dignidad de cada persona. Según su testimonio, parten de reconocer la necesidad de una mirada definitiva que los justifique, de un amor que los dignifique y otorgue sentido a su vida; una necesidad infinita que sólo Dios puede saciar. Lo dicen muy clarito, al construir una casa con sus propios recursos, en solidaridad con otros y sin importar el tiempo que tome, se construyen a sí mismos, a la familia, a la comunidad y a la Iglesia. Algo que, curiosamente, Gaudí comprendió al emprender la construcción de la Sagrada Familia. Se trata de un modo de evangelizar y de ser Iglesia. El mismo que un carpintero de Nazaret propuso a sus discípulos. Así de sencillo.

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