Sin la duda no habría una decisión realmente humana

Cultura · Antonio Spadaro
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21 abril 2021
Jesús dice “paz” y los discípulos se asustan. El encuentro con el Señor, al nivel sentimental más profundo, puede suponer un impacto. Él propone paz y a nosotros nos da miedo. ¿Por qué?

Los discípulos de Jesús discutían. Dos de ellos que iban de camino a Emaús reconocieron al Maestro al partir el pan, pero leyendo el Evangelio de Lucas da la sensación de una cierta confusión. ¿Cómo es posible encontrarse por el camino con aquel Jesús que había sido asesinado? Mientras cesan los discursos, Jesús en persona se presenta ante ellos diciendo: “Paz a vosotros”. ¿Y los discípulos? Lucas nos dice que “aterrorizados y llenos de miedo, creían ver un espíritu”.

Jesús dice “paz” y los discípulos se asustan. El encuentro con el Señor, al nivel sentimental más profundo, puede suponer un impacto. Él propone paz y a nosotros nos da miedo. ¿Por qué? Jesús lo comprende y pregunta: “¿por qué surgen dudas en vuestro corazón?”. La duda es precisamente lo que impide que el miedo se diluya en la paz. Pero por otro lado, sin la duda la humanidad de los discípulos, con lo que realmente sentían, no habría llegado a encontrarse con el Señor. La escena evangélica se resolvería con un efecto teatral pirotécnico. La duda custodia el misterio de este extraordinario encuentro con Jesús resucitado. No hay que tener miedo a la duda en los momentos clave de la vida, porque sin la duda tal vez no habría una decisión realmente humana, una auténtica adhesión de corazón. Sería ideología y no fe, esa confianza que supone precisamente la superación humana de la duda.

Las dudas de los discípulos tienen que ver con la reacción de los sentimientos más profundos que su presencia desencadena en los discípulos. Entonces, Jesús sencillamente se pone a su disposición. No para explicarles sino para mostrarse físicamente. “Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo”. Diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies. La duda de un amor humano nunca se disipa por convencimientos basados en discursos, sino por una presencia, unos gestos, un modo de estar presentes los unos con los otros. Y Jesús lo sabe.

Pero la reacción de los discípulos es hiperbólica. Del miedo incapaz de recibir la paz, luego “no acababan de creer por la alegría”. La alegría les sorprende tanto que les hace incapaces de creer. Si cerramos los ojos, podremos verlos. Pasan de la guarida al vértigo. Entonces Jesús les dice algo sutil, casi irónico: “¿Tenéis ahí algo de comer?”. Le ofrecieron un trozo de pez asado, él lo tomó y comió delante de ellos.

A los discípulos no les basta con mirar, verlo, reconocer la forma de sus manos y sus pies, sus músculos y sus huesos. Tampoco les basta responder a la invitación de Jesús de tocarlo. Si ver es un acto contemplativo e implica una distancia, el tacto anula las distancias y es posesivo. Tienes al otro “en tu mano”. Jesús no teme dejarse poseer por el asombro (o incredulidad) de sus discípulos. Tocar para poseer se fundamenta precisamente en una incertidumbre radical. Jesús se abandona a sus discípulos, se pone en sus manos. Pero ni siquiera esto basta. Entonces, ¿qué hace Jesús? Decide servirse de comer. La comida es un momento de compartir, de estar juntos. Ya había invitado a los discípulos a participar con él en el banquete de la eucaristía. Además, comer es un acto radicalmente físico, el cuerpo entra en relación con algo que está fuera y le sirve de alimento. Es un gesto de relación total con el mundo. Se cumple aquí el realismo más profundo de este pasaje evangélico, a base de mirar, tocar, manos, pies, comer…

¿Por qué tanta fisicidad en un relato de resurrección y de luz? Para abolir cualquier inmaterialidad mística, para decir claramente que Jesús resucitado no es un fantasma separado de la humanidad. La misión de los discípulos se funda precisamente sobre la carne de Cristo.

Publicado en Il Fatto Quotidiano

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