Sin emociones no hay razón. Por eso el Papa pide perdón a los jóvenes

Mundo · Federico Pichetto
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7 noviembre 2018
Cuando en marzo de 2000 Juan Pablo II se puso de rodillas para pedir perdón por los pecados de la Iglesia, se alzaron no pocas voces críticas por un gesto que –a los ojos de los comentaristas más celosos– parecía una implícita admisión de derrota por parte del Pueblo de Dios respecto a la acción misma del Divino en su cuerpo místico. ¿Cómo podía, y cómo puede, la santa Iglesia ser pecadora? ¿Cómo va a cometer errores?

Cuando en marzo de 2000 Juan Pablo II se puso de rodillas para pedir perdón por los pecados de la Iglesia, se alzaron no pocas voces críticas por un gesto que –a los ojos de los comentaristas más celosos– parecía una implícita admisión de derrota por parte del Pueblo de Dios respecto a la acción misma del Divino en su cuerpo místico. ¿Cómo podía, y cómo puede, la santa Iglesia ser pecadora? ¿Cómo va a cometer errores?

Una objeción parecida, por otro lado totalmente comprensible a los ojos de quien reconoce en la Iglesia la “compañía de Dios al hombre”, pero que está viciada por un error teológico de fondo, el de considerar la salvación introducida por Cristo en el tiempo como un pack de todo incluido, que empieza y acaba en sí mismo y carece de esa dimensión histórica que el Evangelio resume muy bien en la imagen de la levadura o la semilla. La presencia de Cristo, su misericordia –exactamente igual que la semilla o la levadura– da comienzo en el tiempo a algo nuevo, empieza en el tiempo a salvar y transformar lo humano, pero esa transformación no sucede de manera lineal y progresiva, sino más bien circular y concéntrica. Cuanto más tiempo pasa, más se libera el hombre, si se adhiere a Cristo, del peso del pecado, más se aleja de Satanás y más expresa, inexorablemente, su fuerza y sus potencialidades más remotas.

Las disculpas que presentó el Papa Francisco a los jóvenes al término del Sínodo dedicado a ellos se circunscriben dentro de este extraordinario camino de la Iglesia, que ha llegado a comprender que el mayor error, el pecado que más la puede manchar, es traicionar a la juventud. Delante de la juventud, la Iglesia se ha presentado como alguien que ya sabe, que ya ha entendido, que solo tiene que educar y tallar el espíritu que bulle en una etapa de la existencia condenada a ser superada demasiado deprisa.

Este ha sido el motivo por el que la Iglesia católica, con el tiempo, se ha encontrado luchando contra la libertad, contra el placer, contra la dimensión emotiva y afectiva del individuo. Gran parte de la confusión eclesial sobre muchos de los temas que hoy son objeto de debate social proviene de una última lejanía de la Iglesia respecto de la fuerza e irrupción de la juventud. Se ha estigmatizado a los jóvenes como rebeldes, transgresores, como si fueran cajas que hay que llenar con buenas intenciones y no como un tesoro precioso al que conviene prestar atención y escuchar. “Disculpadnos –les ha dicho Bergoglio– si a menudo no os hemos escuchado; si, en lugar de abrir vuestro corazón, os hemos llenado los oídos”.

¿Qué puede abrir el corazón de los jóvenes? ¿Qué puede salir al encuentro de la juventud, que no es tanto una edad cronológica sino ese deseo de totalidad que se burla de las reglas, de las limitaciones y de todo aquello que pueda amenazar la urgencia de su cumplimiento? Lo que puede salir al encuentro del corazón de los jóvenes, insiste el Papa, no es una teoría sino una presencia, un encuentro vivo con algo que arrastre toda la persona, su afecto y su razón, pues este es el tiempo en que las cosas se aprenden sobre todo con el corazón.

Acuden a mi mente las palabras con que el entonces cardenal Ratzinger se preguntaba si seguía habiendo esperanza para la fe cristiana en la tierra. Él respondía enseguida que sí. Porque la fe no responde a una exigencia abstracta de entender sino a ese remoto rincón en el corazón que ama la vida y desea días felices. Es n algo que está en mí y en ti donde hoy podemos volver a poner nuestra esperanza, no en algo externo, en algo de fuera que pueda llevar de algún modo a ciertas conclusiones, ciertas opciones morales, ciertos pensamientos o razonamientos. Algo que está en ti y en mí, hasta tal punto que la vida –la vida entera– no consiste en otra cosa más que escuchar, volver a escuchar, algo que ya ha sucedido porque dentro de lo que nos ha sucedido cada uno puede distinguir la mano de un padre, de esa dulce presencia que no solo es capaz de prometernos todo sino incluso de mantener sus promesas.

Todo lo que nos jugamos en este momento, lo que está en juego desde el final del Sínodo en adelante es esto: si la Iglesia quiere repetir sus certezas o si quiere ofrecer al corazón y a la libertad del hombre un camino que le pueda reconquistar, para que esas certezas puedan llegar a ser suyas, un camino que se dirija a algo que ya está dentro de nosotros y que solo espera que alguien lo despierte. Ese don del Espíritu que, no en vano, se nos entregó en el corazón, en el único momento decisivo de nuestra existencia, ese instante infinitesimal en que cada uno de nosotros fue bautizado, aferrado para siempre por un Amor que juicio definitivo sobre todas las cosas, motor definitivo para todas las preguntas que hacen grande nuestra vida, que llenan de sentido nuestra juventud.

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