Si hablas obsesivamente del sacrificio es que estás derrotado

Editorial · Fernando de Haro
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14 junio 2025
Defendemos una educación del sacrificio para apartar la mirada de los que nos roba tanto tiempo. El problema es a qué queremos dedicar esa atención. Cuando hay algo que verdaderamente nos interesa no nos atormenta la distracción porque sabemos que volveremos a buscarlo, una y otra vez, con una tenacidad que nos sorprende.

“La atención es la gran materia prima de nuestra época”, escribía Ricardo Dudda, joven y brillante articulista español. Dudda recordaba que Elon Musk perdió 30.000 millones de dólares al hacerse con la red social Twitter, a la que rebautizó como X. Le dio igual. Estaba comprando la atención de la gente en muchos rincones del planeta y ese es un tesoro que vale mucho más que todo el dinero aparentemente tirado a la basura.

Nos quejamos porque las redes sociales nos han robado la atención, nos quejamos porque el capitalismo digital diseña algoritmos que saben más de nuestra psicología que nosotros mismos. Y no se nos ocurre más solución que hacer un llamamiento a la disciplina: defendemos una educación del sacrificio para apartar la mirada de los que nos roba tanto tiempo.

El problema no es cómo defendernos de los ladrones de la atención sino a qué queremos dedicar esa atención. ¿Sabemos dónde queremos depositar nuestra mirada? Toda ascesis está derrotada de antemano si se apoya solo en la energía de la voluntad. Un verdadero deseo es ya una forma de posesión. Por el contrario  los propósitos llevan dentro el vacío de lo inalcanzable y una derrota inapelable.

Imaginemos por un momento que no tuviéramos todas las tecnologías y a las empresas compitiendo por nuestra atención. ¿Para qué querríamos la atención que hemos perdido? ¿Para qué querríamos el tiempo libre ? “Si tuvieras pleno poder sobre tu propia atención y una especie de hiperfocalización que pudieras, a voluntad, dirigirla siempre hacia lo que quisieras, durante el tiempo que quisieras, ¿qué harías con este superpoder?”, se pregunta Chris Hayes, que acaba de publicar el libro The Siren’s Call: How attention became the world’s most endangered resource (El canto de las sirenas: Cómo la atención se convirtió en el recurso más amenazado del mundo)”. El drama es que no sabemos responder a la pregunta de Hayes o que las respondemos de un modo impreciso.

Hace unos días, una joven que se había quedado en paro en Estados Unidos tras los despidos masivos en la Administración, contaba en un periódico que había caído en un estado depresivo. En esa situación, su atención fue secuestrada por la aplicación Finch, una “aplicación de bienestar” que sirve para el autocuidado. La aplicación da órdenes “cariñosas”: “sal de la cama”, “lávate los dientes”, “bebe agua”. A pesar de su adicción, precisamente a través de Finch, el destino le regaló  un encuentro off line con un antiguo compañero de trabajo. Se enamoró de él y  dedicó menos atención a Finch. Pero pasado un tiempo no supo qué hacer con el nuevo amor. Al  final se arrepintió de haber mantenido ese relación porque le hizo “vulnerable a las angustias que le podían asaltar”. Tuvo miedo de la libertad de atención que se le había regalado.

El esfuerzo para recuperar la atención, si está acompañado de un cansancio triste, si nos sepulta bajo el  pesimismo de la voluntad, no es una virtud. El esfuerzo solo es humano cuando obedece a algo que previamente nos ha atraído y nos ha reglado las energías para empezar a movernos. Solo si conocemos el nombre y el apellido de la satisfacción que perseguimos, a la que queremos dedicar nuestra atención, se libera nuestra mirada.

Por eso, la inteligencia que nos da la vida nos lleva a tomarnos poco en serio a quienes nos hablan de forma recurrente y obsesiva del sacrificio y de las  fatigas que debemos sufrir  en nombre del deber, o de una buena causa. Cuando hay algo que verdaderamente nos interesa no nos atormenta la distracción porque sabemos que volveremos a buscarlo, una y otra vez, con una tenacidad que nos sorprende. Cuando deseamos no renunciamos, por miedo a la libertad, a esos encuentros amorosos en el mundo off line que nos regala el destino.

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