El fin del zapaterismo

Será transversal o no será

España · Fernando de Haro
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18 mayo 2010
Las encuestas acusan un fuerte desgate de Zapatero después de que Bruselas haya corregido su política económica. Pero el cambio no está garantizado. Ya sucedió en el 93 con González: la descalificación de su gestión no supuso una derrota. La tarea de la oposición social vuelve a exigir trabajar para propiciar un cambio de mentalidad sin obligar a nadie a renunciar a su identidad, tampoco a la izquierda.

Es un tipo simpático, con gran capacidad de comunicación, sin complejos. Habla bien del matrimonio, usa a menudo citas evangélicas, algo impensable en un líder de la derecha europea. Pero no es una meapilas. Se entiende, escuchándole, porque Sebastián Piñera ha conseguido poner fin a los gobiernos de la concertación y, al mismo tiempo, no caer en las garras del viejo pinochetismo. Destila ilusión. Todo el Madrid que cuenta se apresuraba este lunes para atravesar la puerta giratoria del Hotel Ritz y llegar a comer con el nuevo presidente de Chile. Sin distinciones ideológicas. A la mesa, la cúpula del empresariado español: Alierta, González, Polanco junior… Y Esperanza Aguirre, Javier Rojo, José Bono y varios cientos más de periodistas, directivos, abogados. Todos deseando escuchar al hombre que pasó de la Universidad a los negocios y de sus empresas a la política cosechando éxitos. Muchos en busca de un mercado menos agostado que el hispánico. Y Piñera, después de lanzar algunos mensajes contra el castrismo y el chavismo, se permite darle consejos a Zapatero. "Ya le he dicho al presidente del Gobierno que para hacer frente a la crisis española hay que hacer dos cosas. Cuando uno engorda, y a España le sobran los kilos de su excesivo déficit, hay que ponerse a dieta, recortar gasto, y también hacer ejercicio, reformas estructurales".

Ya no son ni Bruselas, ni Obama, ni Jimao -el primer ministro chino- los que le dicen al presidente Zapatero lo que tiene que hacer. Piñera aprendió mucha economía en Harvard, ha conseguido cerrar el ciclo político chileno tras la marcha de Pinochet, está apoyado por Aznar y muy coordinado con él, preside el país más competitivo de América Latina. Pero habría sido impensable que ofreciera recetas no solicitadas si no es porque ya todo el mundo sabe que, desde la semana pasada, Zapatero está sometido al protectorado económico de Alemania y Francia. Este martes Salgado, tras la reunión del Ecofin, pronunciaba una frase que pone de manifiesto hasta qué punto el Gobierno socialista ha quedado bajo tutela. "Esperamos que nuestras medidas (de recorte) puedan ser evaluadas correctamente", aseguró la vicepresidenta económica. Dudosa, casi suplicante, consciente de que Bruselas puede no darse por satisfecha con el recorte de 15.000 millones anunciado el 12 de mayo. Horas antes de las declaraciones de Salgado había sido necesario duplicar la rentabilidad de las letras a un año y a un año y medio para colocarlas en el mercado. En medio de la cumbre UE-América Latina, el presidente del Gobierno se apresuraba a afirmar que ahora, reforma laboral. Su cara reflejaba la indigestión de la encuesta de El País: más de 9 puntos de diferencia para el PP y rechazo abrumador de la congelación de las pensiones.

Rechazo no supone cambio

Pero ese amplio rechazo no supone ni por asomo que el cambio esté garantizado. Algún analista ha indicado, con acierto, que Zapatero es el presidente de la democracia con más resistencia psicológica. Quizás porque es el más ideológico de todos, es el que menos se deja golpear por la realidad. Todos los grupos parlamentarios huyen en este momento de él, pero eso no significa que no pueda sacar adelante los presupuestos de 2011. A última hora siempre puede llegar el apoyo del PNV. Y con las cuentas aprobadas, y sin desplome en las catalanas y en las municipales y autonómicas del año que viene, puede resistir. El nuevo proceso de paz con ETA va a suponer, además, un importante reto para la opinión pública española. Si viene acompañado de la renuncia a las armas y una cierta petición de perdón no será fácil sostener que se trata de una trampa.

Por eso hay que refrescar la memoria y recordar lo sucedido en 1993. Entonces la tasa de paro era del 23 por ciento y ya habían estallado muchos de los escándalos del felipismo. Las elecciones que le dieron la victoria a González "fueron una sorpresa para todos", como explican Belén Barreiro e Ignacio Sánchez Cuenca en su trabajo "Análisis del cambio de voto hacia el PSOE en las elecciones de 1993" (http://www.reis.cis.es/REISWeb/PDF/REIS_082_09.pdf). Desde enero de 1992 los sondeos el CIS atribuían la victoria al PP. Y sin embargo, el 6 de junio el PSOE se impuso por una diferencia de 4 puntos. Un grupo reducido de votantes inclinó la balanza a favor del felipismo, que agonizaba. ¿Por qué? "Los electores que decidieron en el último momento votar al PSOE valoraban negativamente la gestión gubernamental", explican Barreriro y Sánchez-Cuenca. No eran socialistas convencidos, pero siguieron los debates televisivos y en el último momento votaron por Felipe. "Eran personas que se relacionaban principalmente con electores socialistas: su pareja y/o persona de más confianza votaba al PSOE. (…) Por ser gente de izquierda con alta estima hacia González, cuyos vínculos familiares y sociales más sólidos se producían con el electorado socialista, creyeron que el voto al PSOE constituía la manera más natural o más coherente de proceder, sin que el descontento tuviera fuerza suficiente para inhibir la decisión de votar al partido socialista".

Es una descripción del pasado pero puede ser también un pronóstico. Si el sentimiento de pertenencia al centro-izquierda, a la izquierda, y a la izquierda-izquierda, sigue capitalizado por Zapatero, los evidentes desastres de gestión no van a ser suficientes. Es necesario un cambio cultural como el que se produjo a partir del 93. Entonces, precisamente porque la fidelidad de unos centenares de miles de votantes a la izquierda estaba viva, se impuso el rechazo a González. La transversalidad en el rechazo a Zapatero todavía no se ha producido. Su victoria en 2004 se debe a un estado de opinión, en gran medida inducido e incrementado tras los atentados de 11-M, que pensaba que Aznar era un enemigo de las libertades y de la paz.

La España de hace seis años consideraba un derecho adquirido el Estado del Bienestar, el alto crecimiento proporcionado por el ingreso en el euro. Era la España en la que muchos pensaban que el nuevo reto era el talante, echar a la derecha enfada. Zapatero gana en 2004 y en 2008 porque el zapaterismo es la cultura dominante para un amplio sector que va desde el centro a la izquierda. También entre la izquierda que normalmente se abstiene. El cambio no será posible en 2012 si el zapaterismo no es derrotado previamente en el campo de la mentalidad. Y para eso es necesario que una parte de la izquierda, desde su pertenencia y sin renunciar a ella, entienda que la estabilidad del Estado del Bienestar está en peligro. O sin que el centro-izquierda caiga en la cuenta del riesgo que supone destruir los consensos básicos que han hecho posible la convivencia democrática de los últimos 30 años. Esto último es más difícil porque la necesidad de reescribir la Transición ha calado profundamente.

En cualquier caso la inestabilidad del euro y el duro ajuste que vamos a sufrir en los próximos meses supone una ocasión para revisar, también en el amplio sector que se identifica con la socialdemocracia, los presupuestos de una prosperidad que están seriamente condicionados por la política realizada desde 2004. Si alguna parte de la izquierda no rechaza a Zapatero, bien absteniéndose o bien votando a otras formaciones, no hay cambio posible.

Tarea social

Durante la primera legislatura de Zapatero se produjo una intensa movilización que repudiaba su sectaria política social y educativa. La libertad de los padres, la defensa del valor jurídico del matrimonio entre personas del mismo sexo, la denuncia de una posible claudicación ante ETA han sido causas que han despertado una energía hasta ahora dormida. Si hubiese que hacerle alguna crítica a aquella movilización habría que señalar que en algunos momentos tuvo tintes demasiados "defensivos", estuvo demasiado presente la necesidad de sentirse unidos, consolarse y protestar frente a las agresiones de "los otros".

La defensa de la vida ha propiciado también un movimiento, que en clave positiva no sólo ha denunciado los excesos del poder sino que ha ofrecido alternativas constructivas. Tuvo y tiene, porque sigue vivo, la gran virtud de generar una cierta, todavía muy tímida, transversalidad. Consiguió según las encuestas que algunos votantes de izquierda rechazaran la nueva ley del aborto. Ése es sin duda el camino para conseguir el fin del zapaterismo. Frente a la ideología que nos ha llevado a la ruina económica, más que una respuesta en el terreno ideológico (oponiendo liberalismo, conservadurismo o incluso valores católicos al radicalismo), lo que permitiría propiciar el cambio sería un movimiento mucho más pegado al terreno.

En realidad la buena política es siempre hija del realismo. Para eso es necesario partir de la experiencia de necesidad que tenemos: no hay empleo para nuestros jóvenes, perdemos capacidad competitiva, nuestro sistema educativo ha fracasado, nuestras empresas están sofocadas. No hace falta que nadie renuncie a sus pertenencias ideológicas. Los movimientos sociales se parecen a las personas, en la primera adolescencia suelen necesitar una afirmación de su identidad algo inmadura, cerrada. Se adquiere madurez cuando esa identidad se despliega con seguridad, sin miedo al otro, cuando la relación con el que es diferente permite descubrir más la riqueza de uno mismo. El fin del zapaterismo depende en gran medida de la madurez. Es la que permite dedicar energías no a la afirmación cerrada de lo propio sino a generar transversalidad entre los que se reconocen en la concretísima necesidad de un cambio de Gobierno. Sin exigir carnets ni etiquetas.

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