“Ser solidario es incompatible con ser solitario”

Entrevistas · Ángel Satué
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24 marzo 2021
Entrevista con Antonio Rubio Plo, autor de Solidarios. La vida más allá de uno mismo, un retrato de Svetlana Alexievich, Antonio Guterres, Mahamat Saleh Haroun, Andrea Riccardi y Antoinette Kankindi.

Después de leer este ensayo, uno se pregunta por qué estos cinco, y si no te ha costado seleccionarlos. ¿Cuáles podrían haber sido otros cinco?

La selección no se agotaría en esos cinco, ciertamente. Pero hacer una selección, hoy en día, de personas que hayan ido más allá de sí mismos, en una cultura que considera el individualismo como expresión de libertad e incluso de éxito, no resulta sencillo. No es fácil seleccionar porque en los últimos tiempos han surgido muchos ídolos caídos, bastantes reputaciones que se han venido abajo de repente. En época de deconstrucción nadie quiere tomar como referencia a nadie. Pese a todo, yo he querido hacerlo. He buscado lo que estas personas deseaban transmitir y que se resume en que nadie puede construir su vida al margen de los demás. Es preciso implicarse con ellos.

Pones el acento en la palabra solidaridad. ¿Qué has buscado con el título, Solidarios? ¿Qué has visto en ellos que quieras destacar sobre todas las cosas?

Ser solidario implica no ser solitario. Es algo incompatible. Pero a veces han intentado convencernos de que es mejor ser un “mal samaritano”, en expresión de una socióloga española. El “mal samaritano” se deja llevar por la emoción del momento, puede dar su dinero a causas benéficas, pero no desea darse a sí mismo. El resultado es un “asistencialismo” frío y distante, sin corazón. Es la paradoja de una emotividad que no se mete en la piel de los demás. Se puede ser muy caritativo, o muy filantrópico, y al mismo tiempo carecer de empatía. El test de la auténtica solidaridad pasa por querer dar a los demás uno de nuestros bienes más preciados: un poco de nuestro tiempo. Todos los protagonistas del libro tienen en común que sus vidas, junto con sus obras y aportaciones, han sido un continuo encuentro con los otros. Todos podrían decir aquello de que “ningún hombre es una isla”, el inicio del conocido poema del clérigo anglicano John Donne.

La idea que aparece en el ensayo de Europa como “ananké”, destino histórico, y la importancia de la historia, así como la idea de un orden mundial basado en la justicia, como antesala de la paz, es muy sugerente. ¿Es alcanzable?

Aquí viene bien recordar que el pasaje de Isaías, tantas veces citado, de que la paz es obra de la justicia, es cierto, pero al mismo tiempo hay que ir más allá. De hecho, la Revolución francesa difundió la tríada libertad, igualdad y fraternidad. Pero quizás insistió más en los dos primeros lemas, y descuidó el tercero. Y lo mismo hicieron otras ideologías posteriores. Esto significó reducir la fraternidad a tratar bien a los suyos, aunque no a todas las personas. Pusieron demasiado énfasis en el concepto de “enemigo”, sin querer explorar cómo veían el mundo los otros. En definitiva, las ideologías contemporáneas descuidaron, y siguen descuidando, la empatía hacia los otros. Una victoria política, ideológica o militar sería la base para crear un “nuevo mundo”. El tiempo ha demostrado, y seguirá demostrando, que eso siempre será una victoria pírrica, una amarga victoria. No se ha querido ver que el otro no es tan diferente a mí mismo. En ese sentido, Europa, la de los valores humanistas, no la del colonialismo e imperialismo que creía en el darwinismo social, tendría mucho que transmitir al mundo. Pero poco puede transmitir si cuestiona los propios valores que la construyeron, si niega su historia y se refugia en sí misma. En mi opinión, quien rechaza su propia cultura, rechaza todas las demás culturas. Si no veo nada positivo en mí mismo, difícilmente podré verlo en los demás.

Llama poderosamente la atención la influencia del cine en los “cinco solidarios”.  Las narrativas, la manera de contar historias, vemos que generan un impacto real. De alguna manera, esto nos avisa de los riesgos de la manipulación, o del uso geopolítico del cine, pese a todo su valor cultural, como portador de valores y ejemplos. ¿Puede explicarnos si hay un hilo conector en las películas que llamaron la atención de sus “cinco”?

El cine es un arte y a la vez un entretenimiento, aunque en los últimos tiempos se ha buscado reducirlo a un entretenimiento banal y efímero. Un objeto de consumo de usar y tirar, un regalo que se desenvuelve y se arrincona al poco tiempo. Una buena historia expresada en imágenes y en palabras es una obra tan perdurable como otras de las creaciones artísticas, la música y la literatura. Respecto al hilo conector del cine, lo he buscado yo mismo en obras cinematográficas, grandes películas o cortometrajes, con que las personalidades de este libro pudieran sentirse identificadas. En el caso concreto de Andrea Riccardi, he encontrado una destacada sintonía entre su percepción del cristianismo y El evangelio según san Mateo de Pier Paolo Pasolini. Por citar otro ejemplo, en el caso de Antonio Guterres he considerado que el drama de los refugiados, tal y como lo ha planteado desde los tiempos en que estaba al frente del ACNUR, se ajusta bastante a las situaciones presentadas en la película Terraferma de Emanuele Crialese.

Educar a la mujer, buscar lo que nos une, apostar por el derecho, retratar la realidad… todo es lo opuesto a huir de la realidad, como parece acontecer hoy día en Occidente. Es como si el tempus fugit o el carpe diem, sus “cinco solidarios” lo aplicaran para hacer el bien, para conectarse con la realidad del sufrimiento humano. Diría que lo que tienen en común es una confianza extraordinaria en el hombre, tienen esperanza, son conscientes de un destino compartido, pero, sobre todo, de una fraternidad universal. ¿Es Dios la explicación?

La fraternidad universal está presente en la vida y las obras de estas personas. No hace falta que la proclamen expresamente, ni que la sustenten en una fe religiosa. La mayoría proceden de culturas y religiones diferentes, pero todos ellos tienen ojos para el ser humano, para la gente corriente, los que sufren. Consideran que la vida no se reduce a una sucesión de éxitos individuales o de evasiones que ayuden a escapar de la monotonía. Su trayectoria vital está salpicada de relatos, porque los relatos tienen mucho que ver con la cercanía hacia los demás. En cambio, el relato, que hoy tanto se practica en la comunicación política y social, es algo artificial, sin raíces, una construcción efímera. Detrás del relato, puede haber algo de empatía, pero sin profundidad, pues oculta un fin interesado. En los relatos hay proximidad, hay “projimidad”, porque no son monólogos y se admite a los otros en la escena.

Usted, entre otras muchas cosas, es un gran experto y conocedor de los asuntos globales. ¿Su obra adelanta alguna forma de globalización de la solidaridad, como antídoto a una globalización demasiado financiera y materialista, de escala poco humana?

Apunto aquí un detalle significativo. Entre las muchas conmemoraciones de Naciones Unidas, una relación tan prolija como a menudo olvidable, se ha admitido un día de la Fraternidad Humana, a celebrar el 4 de febrero, en recuerdo del viaje del papa Francisco a Abu Dabi en 2019, donde suscribió el Documento sobre la Fraternidad Humana. El que esta iniciativa se haya aprobado por unanimidad en la organización universal supone que todos los países consideran que es algo importante, pese a que en muchas ocasiones los hechos puedan desmentir los propósitos.

¿Cómo quiere terminar esta entrevista?

Me limitaré a transcribir esta cita de Andrea Riccardi. Está presente en el libro y es un buen recordatorio para todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo: “Vivir para uno mismo se convierte en una lógica totalmente mercantil. Pero a fuerza de vivir para uno mismo, un hombre y una mujer mueren; a fuerza de vivir para uno mismo se apaga una nación, se apaga una comunidad”.

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