Santa inseguridad

Editorial · Fernando de Haro
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4 septiembre 2022
El presidente de la mayor petrolera privada rusa se ha “suicidado”. Es uno más de los oligarcas, opuestos a la invasión de Ucrania que se ha quitado “voluntariamente” la vida.

Putin es un genio en el uso de la postverdad, en el manejo estratégico de la confusión que consigue hacer desaparecer el sentido de la realidad.

El mundo liberal se ha hecho consciente del valor de distinguir lo falso de lo cierto. Durante mucho tiempo se defendió que sin relativismo no había democracia. Ahora ese relativismo es percibido como una amenaza. Alan Rusbridger, ex director de The Guardian, defiende que “no puede haber leyes, ni votos, ni Gobierno, ni ciencia, ni democracia sin una interpretación común de lo que es verdad y de lo que no lo es”.

Vuelve la verdad, al menos como aspiración. Pero hay un problema. La mayor parte de los defensores de la verdad son apóstoles de una verdad sin historia. Les acompaña una santa ignorancia, no quieren saber cómo se construye una certeza. Es “una santa inseguridad”, una desconfianza manifiesta hacia la libertad. Sostienen, de hecho, que siempre hace falta una autoridad externa para evitar la confusión. Aspiran, quizás sin ser conscientes, a contar con el apoyo del poder para que “los derechos de la verdad” tengan espacio.

Esto ocurre mientras se extienden las “religiones puras” en las que la tensión entre fe y cultura, entre fe e historia, ha desaparecido. En el islam, por ejemplo, triunfa el salafismo. Sus defensores, en nombre de la vuelta a “la autenticidad”, imponen prácticas de los tiempos de Mahoma que tienen poco que ver con el corazón del Corán. En el cristianismo la fórmula se propaga con un evangelismo que hace abstracción de las circunstancias y de un catolicismo protestantizado. Se defiende que la verdad tiene que ser proclamada “pase lo que pase”. No se puede renunciar a principios elementales, todo lo que sucede debe ser juzgado con unos criterios claros para ofrecer un servicio a la sociedad. Son fórmulas, como dice Olivier Roy, que no responden, más bien, materializan la secularización. Presuponen que esos juicios y esos criterios pueden ser asumidos, o incluso entendidos, por una sociedad que no conoce el cristianismo, que no lo ha experimentado. Separar el acontecimiento cristiano de sus consecuencias es el origen de la secularización, separar la verdad del modo con el que se abre paso en el tiempo es privarla de la belleza. Estamos ante la expresión de una desconfianza. No se está seguro de la atracción que suscita esa verdad, de la capacidad que tenemos de reconocerla.

No fue así al principio. ¿Qué hubiera sucedido si Pablo le hubiera escrito una carta a Filemón para explicarle, en nombre del juicio que la verdad exigía, que era necesario abolir la esclavitud? Los primeros pensadores cristianos dialogaron no con la religión sino con la filosofía griega en el punto en el que esa filosofía había llegado en su búsqueda de la verdad. Ese trabajo sirvió para comprender mejor el valor de la verdad recibida.

La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de la Revolución Francesa era verdad desde la primera palabra hasta la última. Pero no expresaba una convicción que se hubiese conquistado en ese momento. Por eso se convirtió en un esquema que se quiso imponer. Sabemos todos lo que sucedió después. Los padres fundadores de la democracia estadounidense tuvieron, sin embargo, paciencia para asegurarse de que los valores que inspiraban la Constitución de 1787 habían sido asumidos. Es una Constitución que sigue vigente.

Vivimos en un mundo con nostalgia y necesidad de verdad, pero muchos de sus defensores, con su santa inseguridad, le hacen un flaco servicio.

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