San Benito: una regla para el futuro

Mundo · José Luis Restán
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27 mayo 2009
Joseph Ratzinger ha vuelto a la Abadía de Montecassino, la encina secular plantada por San Benito, cuatro veces destruida y otras tantas levantada como signo de que el mal no prevalecerá sobre la historia que inició Jesús. En muchas ocasiones precedentes había orado y meditado al calor de esta cuna de la gran revolución benedictina, pero ahora ha vuelto calzando las sandalias del pescador de Galilea. El propio gesto y sus mensajes encierran un gran valor para afrontar esta hora presente.    

El Papa Benedicto no tiene vocación de arqueólogo ni de administrador de museos. Es bien consciente de que la Iglesia es un sujeto viviente en la historia, donde no tiene cabida la nostalgia sino la memoria, que es cosa bien distinta. Su evocación benedictina no tiene nada de romántica, es una conciencia del valor de método que representa la experiencia de San Benito y sus monjes para la encrucijada de la Iglesia en el momento presente. Lo demostró en París con su inolvidable lección en el Colegio de los Bernardinos, en la que puso en evidencia la forma en que la fe vivida en los monasterios generó la cultura de la palabra y de la música, el amor al trabajo y una comunidad armónica y en paz. Mantener vivas esas dimensiones esenciales del alma europea, ha dicho ahora desde Montecassino, "sólo es posible cuando se acoge la enseñanza constante de San Benito, es decir el quaerere Deum, buscar a Dios como compromiso fundamental del ser humano que no se realiza plenamente ni puede ser realmente feliz sin Dios".             

Éste es el único corazón que puede bombear la savia para una nueva renovación, para una nueva siembra cristiana en el duro y reseco suelo de nuestra Europa del siglo XXI. Es decir, sólo de hombres y mujeres reunidos por la llamada de Cristo, que experimenten cotidianamente el plus de humanidad que significa vivir siguiéndole en el cuerpo de la Iglesia, podrá nacer un cambio que afecte a los diversos estratos de la sociedad europea. Durante siglos los monasterios tejieron una red de comunidades en las que la fe se anudaba con la razón, se ejercía cotidianamente la caridad, se acogía a quienes llegaban deseosos de encontrar el sentido de amar y de sufrir, y se les invitaba a recorrer un camino de educación y verificación. Hoy tampoco podemos ahorrarnos estos pasos, aunque la forma de nuestras comunidades no sea la de los robustos muros monacales, sino la que dicten las variadas circunstancias en que nos toca vivir.

Los pueblos de Europa experimentaron un auténtico rescate, ha dicho bellamente Benedicto XVI al referirse a la fecunda transformación que llevaron a cabo los monjes a lo largo de siglos de paciente labor misionera. Y si contemplamos hoy la situación de nuestras ciudades, de nuestros centros de trabajo y de cultura, de nuestros medios de comunicación, ese rescate no es menos necesario. No puede ser muy diferente el método que hoy se requiere. Precisamente estos días he releído el texto de una charla radiofónica de un joven teólogo bávaro en el muy lejano 1970: "el futuro de la Iglesia sólo vendrá de la fuerza de aquéllos que tienen raíces profundas y viven de la plenitud pura de su fe, no de aquéllos que sólo dan recetas, que sólo se acomodan, que critican a los otros y se aceptan a sí mismos como norma infalible… El futuro de la Iglesia, también ahora, como siempre, ha de ser acuñado nuevamente por los santos; será una situación difícil, porque habrán de suprimirse tanto la cerrada parcialidad sectaria como la obstinación jactanciosa… Me parece seguro que para la Iglesia vienen tiempos muy difíciles… pero florecerá de nuevo. Cuando Dios haya desaparecido completamente [de la experiencia cotidiana de las gentes] experimentarán su total y horrible pobreza, y entonces descubrirán la comunidad de los creyentes como patria que les da vida y esperanza más allá de la muerte". ¡Han pasado casi cuarenta años! Aquel joven teólogo se llamaba Joseph Ratzinger.

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