San Agustín y la música

España · José María Gutiérrez Montero
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26 septiembre 2013
Voy a celebrar el día de San Agustín hablando un poco sobre él, y sobre la música que en él despertó un gran interés. No es que sea un experto. Por lo tanto, en la sección de abajo se me puede corregir, añadir o quitar, esto no deja de ser mi hipótesis.

Voy a celebrar el día de San Agustín hablando un poco sobre él, y sobre la música que en él despertó un gran interés. No es que sea un experto. Por lo tanto, en la sección de abajo se me puede corregir, añadir o quitar, esto no deja de ser mi hipótesis.

Una de las cosas que me impresionaban cuando estudiaba esta época de la historia de la música, es el camino de discernimiento que hizo sobre este tema, debatiéndose (a grandes rasgos) entre el gusto por la música propiamente dicho, y la música como reveladora de una belleza que trasciende a lo humano, aunque esta forma de describirlo es artificiosa y falsa, como explicaré a continuación. Este texto lo ilustra mejor.

´Cuando evoco las lágrimas que he vertido ante las canciones de Tu Iglesia, en el principio de mi fe recobrada y cómo aún ahora me siento conmovido no por el canto, sino por lo que se canta, cuando se canta con una voz clara y hábilmente modulada, entonces reconozco la gran utilidad de esta costumbre. De esta suerte, vacilo entre el peligroso placer y la pureza a que aspiro y antes bien me inclino (aunque no pronuncio una opinión irrevocable acerca de este asunto) a aprobar el uso del canto en la Iglesia, pues de ese modo, en virtud de las delicias del oído, las mentes más débiles pueden sentirse estimuladas hacia un marco de devoción.

Sin embargo, cuando ocurre que me siento más conmovido por el canto que por lo que se canta, me confieso a mí mismo que he pecado de una manera criminal y entonces quisiera no haber oído ese canto. ¡Ved ahora en qué situación me hallo! Llorad conmigo y llorad por mí, vosotros que reguláis vuestros sentimientos internos de modo que sus resultados sean buenos. En cuanto a vosotros, que no obráis así, estas cosas no os conciernen. Pero Tú, oh Señor, Dios mío, presta oído, mira y ve, ten piedad de mí y sálvame; Tú, en cuya contemplación me he convertido en un enigma para mí mismo; y ésta es mi dolencia.´ (S. Agustín, Confesiones, X 33)

Muchos que hoy se encuentran en nuestras universidades o en nuestros conservatorios han querido ver en esta problemática, sobre todo en el último párrafo, un dualismo, una batalla entre la carne y el alma. En definitiva, una batalla entre dos centros de la realidad, un dualismo descontextualizado que en nada se parece a la concepción de la realidad positiva que proviene de la tradición judeo-cristiana y que San Agustín asume y encarna. Esta interpretación manipula a San Agustín y pone en sus labios de forma falsaria algo que jamás pronunció.

San Agustín, buen conocedor del maniqueísmo y del gnosticismo, y habiendo superado concepciones dualistas de la realidad, aporta luz sobre un tema que no era evidente en aquellos tiempos. Había en la Iglesia quienes querían desterrar el canto por considerarlo una obra de la carne. San Agustín, tomando este enigma en serio, responde desde la experiencia (todo lo que se dice en las Confesiones es una experiencia vivida en los primeros siglos del cristianismo, idéntica a la que se puede vivir actualmente), acusando el golpe que la belleza produce en él, con una gran sensibilidad que juega a su favor, reflejando, no tanto una lucha entre el Bien y su ausencia (por cierto, fue San Agustín quien identificó el mal como ausencia de bien), sino como una lucha de la propia Verdad por desvelarse, en el corazón de San Agustín. En última instancia, una petición, una súplica a la fuente única y orígen de todo bien.

La lucha que identifica San Agustín no es, por tanto, una lucha entre dos centros de la realidad, es la Verdad del corazón humano, que lucha por salir a flote, que lucha hasta que encuentra la fuente suprema de su ser ´Nos hiciste, Señor, para Tí, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Tí´. Una lucha que es cotidiana, en la que el Sí de ayer no vale para hoy. Una lucha que se repite en el corazón de cada hombre de todos los tiempos, en la que la Belleza siempre antigua y siempre nueva, busca hacerse visible, reconocible y palpable, como sucedió y sucede a lo largo de la historia.

Y si la música desvela esta verdad única del corazón, desvela la positividad de la realidad, la verdad de lo creado y la bondad del Creador, se entiende que la Iglesia haya privilegiado la belleza a lo largo de los siglos. Se entienden dentro de esta tradición las palabras de Benedicto XVI en la consagración de la Sagrada Familia: ´La belleza es la gran necesidad del hombre; es la raíz de la que brota el tronco de nuestra paz y los frutos de nuestra esperanza. La belleza es también reveladora de Dios porque, como Él, la obra bella es pura gratuidad, invita a la libertad y arranca del egoísmo.´

Me despido, de nuevo, con las Confesiones de San Agustín, donde se describe de forma más clara, el desvelarse del rostro del Amado. El mostrarse de la Presencia única y deseada, el conmoverse de cuando el corazón está en casa y descubre su verdad. Aquello de lo que habla la música, la buena música, es del rostro de un hombre vivo, Jesucristo, ante el que San Agustín se conmovía hasta las lágrimas cada vez que lo veía pasar.

Cuanto lloré entre los himnos y los cánticos, vivamente conmovido por las voces de tu Iglesia suavemente exultante. Aquellas voces vertían en mis oídos, destilaban la Verdad en mi corazón; me encendían sentimientos de piedad; las lágrimas brotaban y me hacían bien” (S. Agustín, Confesiones, IX 6, 14).

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