Rostro de mujer

Mundo · José Luis Restán
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30 noviembre 2010
En un par de semanas me ha golpeado la muerte de dos mujeres fuertes, dos mujeres del pueblo de la Iglesia que a través de distintos hilos se han cruzado en mi vida. Ambas han fallecido temprana e imprevistamente, llenando de misterio y de preguntas el corazón de muchos. Una era la teóloga alemana afincada en Navarra Jutta Burgraff, a la que he leído y entrevistado con gusto en varias ocasiones. La otra Manuela Camagni, miembro de la asociación Memores Domini, que junto a tres compañeras atendía al Papa en su apartamento. Me ha impresionando contemplar a Benedicto XVI de rodillas ante el féretro de esta mujer, en silencio, conteniendo las lágrimas.

El Papa lleva muchas semanas seguidas presentando en la catequesis de los miércoles las figuras de mujeres como éstas, mujeres en el corazón de la Iglesia. Por el momento son diez las que ha perfilado y glosado con su genial maestría, pero vendrán más, porque esto no es casualidad. Las hay vírgenes y casadas, trotamundos y sedentarias, en el silencio denso de los monasterios y en los pasillos de los poderosos del mundo; mujeres de cultura, de oración, de gobierno, místicas y reformadoras. Y no hemos hecho más que empezar.

El tema de la mujer en la Iglesia es recurrente en los últimos tiempos. Nunca falta una tribuna mediática, una agenda renovadora, un párroco listillo o una asociación feminista que le afee a la Iglesia la postración secular de las mujeres. Y aunque esta preocupación la mayoría de las veces es más falsa que Judas, reconozcamos que no siempre la respuesta está a la altura. A veces se responde a la frivolidad con frases hechas, con demasiada ligereza. Pero es preciso ir al fondo. No basta ese esquema según el cual las mujeres son importantes (y lo han sido desde el principio) porque suelen ser más  protagonistas del servicio, de la transmisión de la fe, de la acogida maternal. Esto tiene bastante de cierto, pero no es suficiente. Desde la otra orilla se suele responder que todo eso está muy bien, pero que al final quienes gobiernan y deciden son los hombres. Veamos. Bonito esquema de poder, aunque esto no autorice a esconder una especie de última insatisfacción. Una vez más Benedicto XVI coge el toro por los cuernos.   

En primer lugar es falsa esa distribución que adjudica la acción a los varones y la contemplación a las mujeres, el gobierno (entendido como organización y gestión) a los hombres, mientras la caridad y la transmisión de la fe recaerían principalmente en las mujeres. La historia está ahí para desmentirlo, pero además, ni el gobierno es sólo ministerio ni se puede separar del testimonio. El Papa se ha referido al tema (un tema de su preferencia) en su libro-entrevista Luz del mundo, distinguiendo la cuestión de la ordenación sacerdotal de la cuestión del protagonismo esencial de las mujeres en la vida de la Iglesia. Por un lado, la Iglesia, explica Benedicto XVI, no tiene la facultad de ordenar a mujeres, porque el Señor le dio una figura constitutiva con los Doce, y después con sus sucesores, con los obispos y los presbíteros. Por otro, la experiencia cristiana ha sido el factor más potente de liberación de la mujer que se haya dado en la historia (echemos un vistazo al atlas de las culturas y comprobemos) y si se contempla en particular la historia de la Iglesia, "la importancia de las mujeres -desde María, pasando por Mónica y hasta llegar a la Madre Teresa- es tan eminente que en muchos sentidos las mujeres plasman la imagen de la Iglesia más que los hombres".

Este es el punto decisivo. ¿Quién puede sostener que Catalina de Siena, Teresa de Jesús, Brígida de Suecia o Teresa de Calcuta no han tenido una incidencia real y concreta plasmando el rostro de la Iglesia, impulsando su renovación y vitalidad más allá de los planes de reforma que pudieron establecer en su tiempo los propios obispos? Lo que es evidente es que la Iglesia no puede vivir y realizar su misión sin el genio femenino, del que habló fantásticamente Juan Pablo II. Porque como él mismo explicaba la mujer está especialmente dotada para la espera, para la acogida, para la paciencia y el cuidado de la vida. Y a fin de cuentas el cristianismo es eso, vida que es preciso generar y custodiar, educar y transmitir. No creo que Jutta y Manuela estuviesen preocupadas por la ordenación de mujeres. En el pensamiento y en el servicio, en el magisterio y en la caridad, ellas construían día a día el hogar de la Iglesia. Su lugar estuvo en el corazón, pero también en la cabeza. Gracias amigas.

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