Retos educativos en Cataluña

Mundo · Francesc Torralba
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5 enero 2011
Francesc Torralba Roselló, teólogo y filósofo examina para Páginas Digital los retos educativos a los que se enfrenta el nuevo Gobierno en Cataluña.

Con las arcas casi vacías no resulta nada fácil desarrollar una política educativa eficaz, capaz de generar un salto cualitativo, confianza en el sector, una verdadera transformación de las prácticas y rutinas educativas que han tenido lugar en Cataluña en los últimos tiempos.

La crisis educativa es profunda y requiere de una corresponsabilidad de todos los agentes educativos. No se puede esperar, ni mucho menos, que un cambio en la orientación política del Gobierno pueda curar todas las graves heridas que padece el sistema educativo. La transformación de las prácticas educativas depende, esencialmente, de dos agentes: de los maestros y de los padres.

Los retos que se vislumbran en el futuro son enormes. Por un lado, se debe mantener el gran avance social que supone la educación obligatoria universal, extendida a todos los colectivos y, especialmente, a los más vulnerables social y económicamente. Se requiere más atención a los educandos que provienen de la inmigración extracomunitaria y más apoyo a los maestros que se hallan en aulas caracterizadas por la pluralidad social, lingüística y étnica.

Por otro lado, se debe hacer un esfuerzo para desarrollar una cultura de la excelencia. No basta con garantizar unos mínimos educativos para poder competir en Europa y en el mundo entero. No basta con que todos estén en el aula; se debe, además, premiar y potenciar la excelencia, cultivar el talento y desarrollar al máximo nivel la cultura del esfuerzo. Para ello, es esencial recuperar la tan odiada meritocracia y no repetir aquellas prácticas que niegan la evidencia con una permisividad benevolente. El resultado final de esta dejadez es que nos encontramos con universitarios que no saben escribir correctamente y que padecen muchas dificultades para expresar oralmente pensamientos y sentimientos.

Entre los grandes retos que se vislumbran, no sólo está el tecnológico, también está el de los valores. Naturalmente que los educandos deben poder manejar correctamente las nuevas tecnologías de la comunicación, deben ser alfabetizados en los lenguajes del futuro, pero además deben poder asumir valores universales y perennemente válidos para ubicarse en la vida laboral y desarrollar el oficio de la ciudadanía. Lo reclama el empresariado, las organizaciones profesionales. La educación en valores tiene que ser potenciada al máximo nivel, valores como la tolerancia, la constancia, la prudencia, la solidaridad, el espíritu emprendedor y la excelencia no son meros adornos, sino vitales para el futuro colectivo, para garantizar nuestra competitividad.

No cabe duda de que esta tarea depende, también, de los padres. Necesitamos políticas educativas respetuosas con la familia, que realmente puedan hacer realidad el gran sueño de la conciliación entre la vida familiar y la vida laboral. Todavía estamos muy lejos de las políticas escandinavas. El fracaso escolar tan elevado que padece Cataluña y los desastrosos resultados en el Informe Pisa de los últimos años exigen cambios profundos en la política educativa y no simples apaños cosméticos. Para que los padres puedan ejercer de padres, para que puedan implicarse en la labor educativa de sus hijos y no sea heroico poder ayudarles a hacer sus deberes, necesitamos políticas activas a favor de la familia, escuelas de padres y de madres que sean potentes células de formación.

Finalmente, queda el reto de potenciar el espíritu emprendedor entre los jóvenes. Cataluña se ha forjado a sí misma a partir de la pequeña y mediana empresa, de ciudadanos que han generado un negocio a partir de una idea, se han asociado y han puesto tesón y laboriosidad en ello. Este espíritu emprendedor exige el cultivo de valores como la audacia, la constancia y la creatividad. Potenciar este espíritu en las aulas de primara y de secundaria es empezar a edificar el futuro.

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