Desde el escaño

Réquiem por el juez estrella

España · Eugenio Nasarre
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14 febrero 2012
No, este réquiem no es en memoria de un determinado juez de carne y hueso, de cuyo nombre no quiero acordarme, sino más bien es en memoria de un modelo de juez, que en realidad es su contra-modelo. La ejemplar sentencia del Tribunal Supremo debería constituir el acta de defunción de un tipo de juez que, arropado por su popularidad, convertido en una figura del "universo de los famosos", se ve investido de tal poder que le hace creer que está por encima de la ley. Me estoy refiriendo, claro está, a lo que se ha venido llamando "juez estrella", cuya personificación en grado máximo la ostenta el juez de quien no quiero acordarme.

El "juez estrella" es una anomalía para cualquier democracia liberal. Es la corrupción suma de cualquier régimen democrático. Decía Clemenceau que "el juez es el hombre más poderoso de Francia". Y se refería a cada juez, tanto al instructor de un modesto juzgado como al miembro del más Alto Tribunal. Eso es así porque depositamos en el juez la garantía de nuestra libertad, de nuestro honor y de nuestros bienes. Por eso es esencial para cualquier régimen de libertades preservar un modelo de juez, cuyo poder no se convierta en arbitrario y exorbitante, y sirva para lo que es su misión: hacer justicia.

Esa figura de juez es la clave de la bóveda del Estado de Derecho. Montesquieu lo definió como "la boca que pronuncia las palabras de la Ley". Por eso, lo consideraba un poder "neutro", ya que no podía tener otro margen de actuación que su escrupuloso sometimiento a la ley, fuera ésta benévola o severa. Por el contrario -escribía- "en los Estados despóticos no hay ley: el juez mismo es la regla".

El modelo de justicia que aplica la ley exige, en efecto, un determinado tipo de juez: independiente, profesional del Derecho, discreto, honesto, anónimo, "mudo" lo llamó Montesquieu, porque sólo habla a través de sus sentencias. Todos nosotros lo hemos conocido, no sólo en los libros sino en nuestros pueblos y ciudades. Es el juez en quien se puede confiar. Es el juez que consagra su vida a su vocación y que cumple el aforismo británico: "el juez que se quita la peluca no se la vuelve a poner".

El "juez estrella" está en las antípodas de este ideal. Sabemos ya cómo actúa: abandonando su neutralidad, entra en la arena de la política. Busca la fama con métodos perversos, filtrando los sumarios, buscando apoyos mediáticos. A veces, cuelga la toga para volvérsela a poner. Sus sentencias son jaleadas por unos y denostadas por otros. En los últimos tiempos nuestra sociedad ha ido fabricando varios "jueces estrella". Todos hemos caído en la trampa: los mismos jueces, al reproducir en sus asociaciones esquemas ideológicos; los periódicos, cuando informan sobre las sentencias etiquetando a cada juez. Somos en cierto modo culpables de esta degradación de la justicia. La verdad es que este modo de actuar tiene su morbo, es hasta divertido, pero tiene sus consecuencias. Es, para decirlo brevemente, irresponsable y letal para el conjunto de la sociedad.

La impecable sentencia del Tribunal Supremo hace triunfar el principio del sometimiento de todos a la ley. Apartar de la honorable función jurisdiccional a quien la ha transgredido en el ejercicio de sus funciones merece el aplauso… aunque haya merecido la atención de las portadas de los principales periódicos del mundo. Pero, a la postre, es la derrota del "juez estrella", que es lo más saludable para la justicia misma.

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