Regresión

Cultura · Juan Orellana
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1 octubre 2015
La última película de Alejandro Amenábar nos sitúa en los años 90 en Minnesota. Al agente de policía Kenner (Ethan Hawke) le encargan un delicado caso: Angela (Emma Watson), de diecisiete años, acusa de abusos sexuales a su padre, John Gray (David Dencik). Este no recuerda nada, pero acepta su culpa porque cree sentirse parte de alguna trama satánica. Para ayudarle a recordar, la policía contrata los servicios del psicoanalista e hipnotista Dr. Raines (David Thewlis). Lo que va a ir saliendo en la terapia es crecientemente inquietante.

La última película de Alejandro Amenábar nos sitúa en los años 90 en Minnesota. Al agente de policía Kenner (Ethan Hawke) le encargan un delicado caso: Angela (Emma Watson), de diecisiete años, acusa de abusos sexuales a su padre, John Gray (David Dencik). Este no recuerda nada, pero acepta su culpa porque cree sentirse parte de alguna trama satánica. Para ayudarle a recordar, la policía contrata los servicios del psicoanalista e hipnotista Dr. Raines (David Thewlis). Lo que va a ir saliendo en la terapia es crecientemente inquietante.

Amenábar es de esos directores que hacen siempre la misma película, o para no ser tan maximalista, que sólo tienen un tema, declinado cansinamente en todas sus producciones. Ojalá pronto se decida a rodar guiones en los que no participe, ya que es un excelente director, y deje de sermonear sobre ciencia y religión, apasionante debate para el que parece carecer de suficiente preparación. Por eso su mejor película fue Tesis, cine de género puro y duro, sin filosofías ni moralejas. El resto de su filmografía está lastrada por un decimonónico concepto de ciencia y por una idea de la religión convertida en mera superstición fanática. En este sentido, Los otros es su película más parecida a Regresión, al mostrar el cristianismo como veneno que intoxica la razón y nubla la conciencia. El problema no es que Amenábar asuma acríticamente esos tópicos con olor a naftalina, sino que se noten tanto sus intenciones en el guión, y por tanto en la película, que la historia vaya perdiendo verosimilitud, y los personajes, veracidad.

Hay que reconocer, insistimos, que Amenábar es un gran director. Ha bebido con inteligencia en el suspense de Hitchcock, y ha sabido inspirarse en grandes como Kubrick o Shyamalan a la hora de crear atmósferas. La música de Roque Baños es eficaz, y muy adecuada la iluminación de Daniel Aranyó, que ya trabajó en proyectos difíciles como Los últimos días o Invasor. Aun así, la puesta en escena comparte la frialdad típica de la filmografía de este director. Es una pena que tanta bazofia que se estrena últimamente de películas satánicas no encuentre en Amenábar la réplica racional que él pretende hacer, sino una caricatura más, pero de signo contrario. Si Amenábar se hubiera acercado más al tono de la obra teatral Las brujas de Salem, de Arthur Miller, que también tiene un origen crítico, todos hubiéramos salido ganando, película y espectadores.

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