Reformismo de alta intensidad

España · Agustín Domingo Moratalla
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13 agosto 2013
En la conferencia que el ex-presidente Aznar impartió en el Club Siglo XXI utilizó la expresión “reformismo de alta intensidad”. La utilizó casi al final de su intervención y no debería pasar desapercibida por dos razones.

En la conferencia que el ex-presidente Aznar impartió en el Club Siglo XXI utilizó la expresión “reformismo de alta intensidad”. La utilizó casi al final de su intervención y no debería pasar desapercibida por dos razones. Primero porque aparecía entre el tercero y el quinto compromiso que pedía revitalizar, un apartado amplio entre la reforma de las administraciones y los nuevos compromisos internacionales. Un cuarto compromiso muy genérico y de fuerte calado social en el que situó la economía, el bienestar, la solidaridad, la cohesión, la descentralización, los impuestos y la educación. Fueron unos párrafos donde planteaba cierta inversión del protagonismo político para que recuperar el protagonismo de la sociedad.

En segundo lugar porque señalada que hay varios tipos de reformismo y él se situaba en el de alta intensidad. Una expresión con la que parecía resumir el cuarto compromiso y que podía leerse como un mensaje al gobierno para que evalúe el reformismo que está poniendo en marcha. Aquí es donde se plantea alguno de los problemas hermenéuticos más importantes de las reformas que está poniendo en marcha el gobierno de Rajoy, no por el hecho de la intensidad que tengan las reformas sino por el sentido, valor y horizonte ideológico en el que se sitúan. Sabemos que son reformas para ajustar, reformas para recortar y reformas para cuadrar las cifras de los correspondientes presupuestos. Se dice que son reformas para incentivar el crecimiento, disminuir las cifras de paro e impulsar la economía.

La pregunta por el tipo de reformismo que está impulsando el gobierno no es inocente porque un programa de reformas que se limita a recortar, ajustar y cuadrar las cuentas no sólo es políticamente insuficiente sino éticamente deficiente. El descontento de la sociedad española ante sus políticos, la creciente desafección de los ciudadanos ante sus representantes y la escasa credibilidad que tiene la agenda reformista debería exigir que nos preguntásemos por los valores, los fines y las metas de las reformas.

El cortoplacismo que marcan las cuentas está impidiendo plantear el tema de los cuentos, es decir, la narraciones con las que explicar, razonar, comprender, argumentar y legitimar las decisiones públicas. En cuestiones tan básicas como la vida, la sanidad, la educación, la economía familiar o los servicios sociales no sólo hace falta un proyecto político que organice los medios sino un horizonte ético que jerarquice los fines. El Excel es un programa informático espectacular que permite visualizar los ajustes presupuestarios de un determinado servicio y en un determinado momento, pero no nos dice nada de las ideas, creencias y valores de quienes lo gestionan. Y aquí está el problema, necesitamos más deliberación pública sobre los cuentos con los que se están ajustando las cuentas. Deberíamos hacerlo sin miedo a las ideologías, las utopías, las tradiciones, las creencias o las diferentes narrativas que proporcionan sentido y valor a las iniciativas. Cuando las reformas se hacen sin perspectivas, sin valores o sin horizontes ético-utópicos, el ajuste instrumental de cuentas se convierte en un reformismo cortoplacista que puede garantizar el “pan para hoy y hambre para mañana”.

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