Recuperar la responsabilidad

España · Francisco Medina
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27 abril 2021
La campaña para las elecciones autonómicas de Madrid, en plena efervescencia, no nos exonera de nuestra responsabilidad. Y, sin embargo, parece que seguimos en la confusión.

Es un fracaso. Utilizar lo que está sucediendo en España, y que nos afecta a todos, como arma arrojadiza para ganar unas elecciones y “destrozar” al enemigo es el fracaso de la política como pluralidad, como un “estar-entre-los-hombres”. El triunfo de una política Netflix, en la que los discursos tan rígidos, esquemáticos y unilaterales, tan pobres de imaginación, del avance de la ultraderecha; esas poses un tanto ridículas de dignidad de los demócratas (muy de la política estadounidense) mueven a risa. Como mueve a risa también ese intento de apropiación del cristianismo cultural y de los símbolos nacionales por parte de los discípulos de Steven Bannon, orgánicos del Yunque, que acaba siendo obsceno.

Los discursos que están cundiendo en estos días constituyen una abdicación palmaria de nuestra responsabilidad como seres humanos: el hecho de que muchos lo estén comprando es un signo de que la capacidad de juzgar, de ejercer nuestro sentido crítico, de comparar lo que sucede con lo que más deseamos, está mermando y, por ende, se está perdiendo conciencia de nuestra condición de ciudadanos (exigimos nuestros derechos al Estado y a la sociedad… a cambio de nada). Tan es así que, en el fondo, esperamos que alguien nos “sugiera” (los amigos, la Conferencia Episcopal u otras instancias… da lo mismo) qué votar, cuando es una decisión que entra en el campo de nuestra responsabilidad personal. ¿Acaso no tenemos dentro de nosotros el criterio para poder discernir? ¿Es que la dimensión de nuestras exigencias profundas es menos solvente que los tan manidos “valores cristianos”, que, curiosamente, para muchos, se identifican con la bioética, pero no con una economía más humana, más justa, ni con otras dimensiones derivadas de nuestro estar en el mundo?

Debemos reconocer que seguimos abordando los problemas nuevos con criterios viejos: por ejemplo, la cuestión de la libertad en base a un discurso estatalismo-subsidiariedad unilateral muy nutrido de ciertas iniciativas que, en su día, se beneficiaron de la etapa del gobierno autonómico de Esperanza Aguirre (llegando a desempeñar cargos en la Administración autonómica) y de la concesión de los conciertos educativos, fomentando, indirectamente, el retraimiento del compromiso con la realidad social por parte de los propios católicos, hecho que no parece que cambie en una eventual victoria del PP en las próximas elecciones.

El discurso de los valores cristianos es evidente que está más que agotado (aunque siga aún muy asumido). Nuestra propuesta no puede ser identificada en exclusiva con el liberalismo ni con ninguna otra opción política. La realidad es que no podemos desentendernos del mundo en que vivimos: los que sufren las consecuencias de la pandemia, los que cruzan el océano en busca de una vida mejor en Europa, los mayores, las personas objeto de trata, las personas solas, y un largo etcétera de retos que nos van a obligar a reflexionar –por activa, por pasiva o por perifrástica– acerca de qué significa hablar de libertad. Qué dimensiones tiene el tener derechos; qué exigencias y compromisos asumimos cuando pedimos al Estado que nos deje hacer. Porque son numerosas las ayudas que los diversos actores sociales y las obras del mundo católico reciben de las diversas Administraciones Públicas (consúltese la Base de Datos Nacional de Subvenciones del Ministerio de Hacienda y más de alguna sorpresa se encontrará). Si pedimos estar en el espacio público, tendremos que someternos al escrutinio de la polis: se nos dirán muchas cosas que no nos gustan, pero que nos ayudarán a crecer. Así recuperaremos el ejercicio de la responsabilidad.

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