Recreando España

España · Jorge Martínez Lucena
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11 octubre 2016
El proyecto secesionista del parlamento catalán no se arredra ante el Tribunal Constitucional. Cuando éste acababa de remitir a fiscalía la posible desobediencia de la presidenta del Parlament catalán, Carme Forcadell, la cámara catalana aprobó, con el apoyo de los diputados de Junts pel Sí y los de la CUP, y con la abstención de Catalunya Sí que es Pot (coalición en la que confluyen Podemos, Iniciativa per Catalunya-Verds e Izquierda Unida), una moción para que se celebrase un referéndum, no más tarde de septiembre de 2017, preguntando a los catalanes si quieren o no la separación del Estado español, sea con el improbable beneplácito del Congreso de los Diputados o sin él.

El proyecto secesionista del parlamento catalán no se arredra ante el Tribunal Constitucional. Cuando éste acababa de remitir a fiscalía la posible desobediencia de la presidenta del Parlament catalán, Carme Forcadell, la cámara catalana aprobó, con el apoyo de los diputados de Junts pel Sí y los de la CUP, y con la abstención de Catalunya Sí que es Pot (coalición en la que confluyen Podemos, Iniciativa per Catalunya-Verds e Izquierda Unida), una moción para que se celebrase un referéndum, no más tarde de septiembre de 2017, preguntando a los catalanes si quieren o no la separación del Estado español, sea con el improbable beneplácito del Congreso de los Diputados o sin él.

La mayoría de los parlamentarios catalanes sigue optando por el camino de la eufemística desconexión, siguen en su desacato de la soberanía del pueblo español, lo cual nos va a llevar, progresivamente, a una judicialización de la vida política catalana. En este escenario, el Estado tiene todos los ases en la manga a nivel legal. Sin embargo, a nivel moral la cosa no es tan cristalina, especialmente en el horizonte específicamente catalán.

Como hemos ido viendo en el paso de los diversos dirigentes de Junts pel Sí por los tribunales, los mártires (Mas, Homs, Forcadell, etc.) ya están dispuestos a inmolar sus carreras personales a la nación catalana y a adornar la “cuatribarrada” con la sangre renovada de los mártires, que no harán sino sembrar la “catalana terra” con la fértil semilla del independentismo. Como ya hemos visto, cuanta más cerrazón y más exhibición de músculo por parte de la administración española, más se alimenta una visión heroica del catalanismo, lo cual potenciará al “català emprenyat” y el “Madrid ens roba”.

Nos puede gustar más o menos la propuesta de Puigdemont y sus adláteres. Lo que ya no va tan a gusto del consumidor son los efectos de la estrategia inmovilista del PP, que considera la Constitución poco menos que un texto sagrado. Es verdad que esa actitud poco menos que parmenídea le permite cosechar votos a corto plazo, polarizando al electorado según los ejes izquierda/derecha y separatistas/unionistas. Sin embargo, previsiblemente, en un futuro no muy lejano, y si no cambian las cosas, la implosión del PSOE, el tiempo pasando impávido y el mismo ciclo de la vida y la muerte, no solo le darán alas a Podemos, sino también al independentismo.

Por ello quizás ha llegado el momento de despertar y dejar de ponerse de perfil. Sorprendentemente, Mariano Rajoy mostró la semana pasada una singular generosidad desmintiendo al portavoz del PP. Este había declarado que impondrían condiciones al PSOE para no ir a las terceras elecciones: si no se garantizaba la gobernabilidad durante toda la legislatura no habría trato. Rajoy lo desdijo de un modo para muchos inesperado.

Partiendo de ese punto de esperanza, me atrevería a recordar ahora que la Constitución no es sagrada. El hecho de que sean mayoría los partidos representados en el Congreso de los Diputados que consideran que hay que retocar este o aquel artículo de la Carta Magna, es un indicador de que toca moverse.

Por eso, si finalmente se produce la investidura, valdría la pena que Rajoy acopiase coraje y por lo menos intentase pactar una reforma de la Constitución con PSOE y Ciudadanos. ¿Por qué ahora? Porque va a haber que tocarla tarde o temprano. Porque para reformarla se necesitan tres quintos del Congreso y tres quintos del Senado y no está claro que vuelva a darse la oportunidad, en el medio plazo, de que los escaños sumen un acuerdo. Porque el PP demostrará que hay vida más allá de la mayoría absoluta. Porque quizás el catalanismo más pragmático puede desactivarse electoralmente si se atienden sus reivindicaciones más justas. Y porque lo están pidiendo buena parte de los españoles y sería una lástima desechar la oportunidad de partir del diálogo en esta ineluctable recreación de España.

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