Reconocer a las víctimas y sanar el mal

Mundo · Rafael Luciani
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22 abril 2014
Cuando alguien se arrodilla ante una ideología, cualquiera que esta sea, y cede su propia libertad, pierde la capacidad de medir las consecuencias de sus acciones. Consecuencias que no son solo personales, sino que cargan con el peso de afectar la vida de tantos otros. Quien así actúa no es capaz de ver más allá del inmediatismo de lo cotidiano, siendo más importante sobrevivir que vivir. Desfigura así su propia humanidad para seguir bajo la sombra de esa triste figura que Plautus describía como “Homo homini lupus est”.

Cuando alguien se arrodilla ante una ideología, cualquiera que esta sea, y cede su propia libertad, pierde la capacidad de medir las consecuencias de sus acciones. Consecuencias que no son solo personales, sino que cargan con el peso de afectar la vida de tantos otros. Quien así actúa no es capaz de ver más allá del inmediatismo de lo cotidiano, siendo más importante sobrevivir que vivir. Desfigura así su propia humanidad para seguir bajo la sombra de esa triste figura que Plautus describía como “Homo homini lupus est”.

Si no logramos comprender qué es lo que nos ha pasado para que en nuestra sociedad haya personas que viven del mal y se regocijan en él, entonces nunca podremos salir de la crisis y caminar hacia una verdadera reconciliación, pues esta pasa por el reconocimiento de las víctimas, por la reparación del mal causado, para que no vuelva a suceder. Este es el inicio que pone las bases para emprender un nuevo camino. Solo entendiendo que existe una vergüenza compartida y rectificando ese estado en el que hemos caído de acostumbramiento resignado con el mal, puede darse un cambio. Urge sanar al país, pero se trata de algo que no pueden proveer las empresas de análisis de datos. Sanar al país implica la convicción y voluntad férreas de recuperar el talante humano perdido para devolver la confianza en un futuro donde todos seamos reconocidos y tengamos cabida.

Es vergonzoso constatar que palabras como «tortura», «persecución», «disidencia» y «ensañamiento» resultan ajenas a los voceros de varios sectores del país. Con nuestras palabras habla el corazón. El debate sobre cuestiones pragmáticas como escasez, inflación, inseguridad y educación hay que darlo, pero no puede desplazar, ni sustituir, al hecho mayor de la continua violación de los derechos humanos y el olvido de las víctimas. Mientras los «medios y modos» en que actuemos sean secundarios en nuestro discernimiento, y nos limitemos a pensar solo en los «fines y espacios» a alcanzar, el país no sanará, y menos aún podrá desarrollarse. Solo habremos corrido un poco más la brecha del tiempo.

Esos temas que tocan los «hechos mayores» de una sociedad, cruzando el límite entre la vida y la muerte, lo humano y lo inhumano, son los que muestran cuán sana o no es una sociedad, porque son signos de su talante humano. Pero para reconocerlos, y sanarlos, hay que ver al otro como a un hermano, cualquiera que sea su posición sociopolítica o religiosa, en razón de la inviolabilidad de su dignidad humana, y de la necesidad de su custodia y defensa.

Los acontecimientos que hemos vivido claman al cielo y sonarán como eco en las conciencias de los victimarios. Sanarlos pasa por compadecernos del sufrimiento del otro, y no verlo como una cifra más de la criminalidad o la pobreza, o como un enemigo político. Para sanar al país hay que retomar el debate sobre quién es «el otro», ese prójimo o próximo a mí.

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