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Razón y sinrazón de los indignados que vuelven

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13 mayo 2012
Pocos minutos después de las 5 de la mañana. En la madrugada del sábado al domingo 13 de mayo. La policía, que había esperado con paciencia a que se disolviera la manifestación celebrada en la Puerta del Sol, impedía acampar a las decenas de "indignados" que se habían quedado en la plaza. Unos pocos querían volver a repetir la hazaña del año pasado, cuando se convirtieron en el referente para todos los descontentos del mundo occidental, en los inspiradores del "ocuppy".

Un año después las manifestaciones han sido muy numerosas. Pero también han sido más precisas las órdenes que ha recibido la policía y se ha evitado la "ocupación". Un año después, con el centro-derecha en el Gobierno, la instrumentación ideológica es más evidente. Pero un año después la crisis, al menos en España, ha dado la cara con más franqueza, mostrando un perfil duro, casi cruel. Y se ha hecho evidente que Europa no está a la altura y que las críticas al sistema económico y político no pueden despreciarse de forma ligera.

Las manifestaciones de los indignados han coincidido con la aprobación de la segunda reforma financiera del Gobierno de Rajoy y con la publicación de las previsiones de primavera de la Comisión Europea. El nuevo esfuerzo por enmendar las cuentas de los bancos ha resaltado las cifras de la burbuja inmobiliaria. Es inevitable enojarse al saber que hay 134.000 millones de euros de activos tóxicos, son créditos de la banca a los promotores inmobiliarios que no van a cobrarse. Causa mucho pesar ver las consecuencias de un modelo económico enfermo de especulación inmobiliaria, en el que participaron o participamos casi todos, que tiene corroídas a las entidades financieras, que requiere más emisión de deuda y que ni este ni el anterior Gobierno solucionaron a tiempo.

Provoca mucho desasosiego conocer las previsiones de Bruselas y escuchar a la Merkel recetar como una única medicina austeridad fiscal. Según la Comisión Europea, España no va a conseguir crecer nada este año y muy poco el que viene. La tasa de paro llegará al 25 por ciento y el objetivo de déficit superará en 2012 y en 2013 el 6 por ciento. O sea que los recortes hechos hasta ahora son absolutamente insuficientes. Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades y tenemos que corregir severamente el rumbo. Pero "el tratamiento Merkel" es un suicido. La canciller alemana ahora dice que en la cumbre europea de finales de mayo va a proponer fórmulas para impulsar el crecimiento y que está dispuesta a acercarse a Hollande. Esa "apuesta" por el crecimiento es bien poco: usar los fondos estructurales para ayudar a las PYMES. Europa y España están necesitadas de soluciones mucho más drásticas: un nuevo Plan Marshall, tipos de interés negativos -aunque eso suponga más inflación- y un BCE que compre deuda sin freno. Es inevitable no sentirse incómodo con la falta de altura de nuestros dirigentes europeos. Como también es normal estar muy molesto con la partitocracia que domina el panorama político. Con ese estar todos los días echándose las culpas unos a otros, sin propósito sincero de concertar voluntades y de llegar a un acuerdo que esté a la altura de las circunstancias.

Todas esas y otras son razones para estar indignados. Pero la indignación, palabra que en español significa "ira vehemente contra alguien o algo", es un sentimiento débil o incompleto. Es pasivo, subraya el enfado o la violencia por lo mal que han hecho los demás las cosas. Y, sin duda, lo decimos otra vez, hay muchos que lo han hecho muy mal. Pero quedarse sólo en echarle la culpa a otros es muy pobre. Cualquier movimiento que en este momento dificilísimo no reconozca y subraye el valor de cambio que hay en la persona, en el yo, en las comunidades que nacen desde abajo, que no genere una respuesta positiva y constructiva -eso es la responsabilidad- acrecienta la humillación. Es degradante refugiarse en la queja y en la resignación, acaso en la violencia. En estos tiempos de crisis el poder contra el que se levantan los indignados tiende a devaluar el valor del yo. Para no ser funcionales a ese poder es necesario construir incesantemente los cimientos de la persona. Sólo cuando la molestia, el enfado o la incomodidad son ocasión de recuperar el protagonismo de la persona en la construcción social, en la generación de empleo, en el desarrollo de oportunidades, en la atención al otro a través de la caridad, en una articulación de cuerpos intermedios que cuestione el excesivo protagonismo de los partidos, se resiste la corriente que todo lo arrastra, se edifica la alegría. Y el yo, es necesario decirlo sin complejos, es sed de significado, anhelo del Misterio.

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