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Razón de la (in) dependencia

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21 octubre 2012
El nacionalismo con pretensiones deindependencia que ha estallado en España esta vez va en serio. Artur Mas, elactual presidente de la Generalitat, y Urkullu, el líder del PartidoNacionalista Vasco (PNV), han confesado que se han puesto de acuerdo en hacerde Cataluña y del País Vasco dos nuevos Estados en Europa.

¿Por qué se pisa ahora el acelerador de la secesión en este momento? El propio Artur Mas ha asegurado que la crisis es una circunstancia propicia para impulsar la independencia porque el "Gobierno de Madrid" está más débil, enredado en la maraña de la reducción del déficit y el inminente rescate. Pero el momento es también "oportuno antropológicamente" y de esto se habla poco.

Expliquemos rápidamente qué significa "antropológico" en este contexto. Lo antropológico es lo que tiene ver con la condición humana, con el significado que se le da a la existencia. Una crisis tan severa como la que sufrimos acelera las preguntas sobre el sentido de las cosas. Ante los recortes, el desempleo o la incertidumbre todos acabamos dándonos algunas respuestas. Nos hacemos ideas de lo que más nos conviene. Eso es lo que ha pasado con el secesionismo. Los políticos lo han enarbolado como solución y no son pocos los que están dispuestos a aceptarla y defenderla.

El nacionalismo secesionista es la estación de llegada de una determinada forma de usar la razón. La razón si se convierte en medida de todas las cosas, y deja de ser una herramienta de apertura, acaba absolutizando la diversidad. Y esa diversidad termina, en algunos casos, exigiendo un Estado propio. Lo sintetizaba claramente, en La derrota del pensamiento, Finkielkraut: "desde siempre, o para ser más exacto desde Platón hasta Voltarie, la diversidad humana había comparecido ante el tribunal de los valores, apareció el nacionalismo e hizo condenar por el tribunal de la diversidad todos los valores universales".

En esta evolución sin duda influye el romanticismo. Oímos a diario argumentos historicistas sobre la preexistencia de la nación catalana y de la nación vasca. Pero lo más determinante no es el pasado, que no siempre se invoca con rigor, sino la voluntad de ser independientes. "La existencia de una nación es un plebiscito cotidiano". La frase podría ser de Artur Mas, pero en realidad es de Renan, el gran teórico del nacionalismo contemporáneo. La escribió a finales del siglo XIX. Los alemanes acaban de arrebatar Alsacia-Lorena a Francia. El territorio era de tradición germánica. Y para reivindicar su carácter francés Renan argumenta que lo que hace la nación es la voluntad, la decisión de ser nación.

Se cierra así un proceso. Los tiempos modernos se habían iniciado buscando la verdad en franco rechazo de la Revelación. Luego buena parte de la modernidad convierte la racionalidad técnica en el método general de conocimiento. Y acaba identificando la madurez humana con la capacidad de romper con todo. También con la comunidad nacional. Ese tipo de nacionalismo no tiene que someterse ni a las razones de la historia, ni a las razones económicas, ni a las razones constitucionales. La nación desde esta perspectiva se asocia a lo religioso, con las características que tenía antes de la aparición del cristianismo. En los tiempos antiguos lo religioso y lo nacional estaban indisolublemente unidos y no podían someterse a examen crítico.

Como los planes secesionistas tienen una clara dimensión antropológica cualquier respuesta que no tenga en cuenta este nivel es insuficiente. Dicho de otro modo, se trata de proponer como alternativa un uso de la razón más abierto. Capaz de tener en cuenta todos los factores históricos, políticos y económicos en juego. Hasta ese vértice en el que la razón se hace verdadera religiosidad. La razón se usa bien cuando al afirmar algo particular es fiel a su vocación universal.

En el siglo III de nuestra era se produjo un interesante debate entre Celso y Orígenes que es muy pertinente para lo que está sucediendo en España. El pagano Celso criticaba al cristiano Orígenes porque con su nueva fe había puesto en entredicho el viejo nacionalismo, en el que la nación era un valor absoluto, religioso. Orígenes le contestaba que trabajar por el bien de la patria es abrirla y someterla a un bien superior: Dios hecho carne. 

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