Ramy Essam, el megáfono de la revolución egipcia

Mundo · Riccardo Paredi
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29 enero 2021
Hace diez años, el 25 de enero de 2011, un joven egipcio de 23 años llamado Ramy Essam salió a la plaza de Tahrir junto a millones de compatriotas pidiendo “pan, libertad y dignidad”. ¿Qué le diferenciaba del resto de manifestantes? Su guitarra y su voz.

Hace diez años, el 25 de enero de 2011, un joven egipcio de 23 años llamado Ramy Essam salió a la plaza de Tahrir junto a millones de compatriotas pidiendo “pan, libertad y dignidad”. ¿Qué le diferenciaba del resto de manifestantes? Su guitarra y su voz. En pocos días, este joven de Mansura, gracias a sus acordes de rock y a unas letras sencillas, la mayoría un mil de eslóganes y frases revolucionarias, se convirtió en “el juglar de la revolución”.

Sus primeras piezas incitaban y “encarnaban” la revuelta. En lo que acabaron llamando un “diario musical”, Ramy vivía y describía, día tras día, lo que pasaba en Egipto. Compuso el llamado “himno de la revolución”, invitando al entonces presidente Hosni Mubarak a dimitir (febrero 2011), escribió sobre las muertes en Abbasiyya (julio 2011) y Port Said (febrero 2012); describió las degradantes condiciones de vida del pueblo egipcio, puso música a una parodia animada del régimen, denunció la violencia del ejército, pidiéndole que decidiera de qué lado estaba. Él mismo sufrió la violencia, siendo detenido y torturado en el Museo Egipcio de El Cairo.

Unos años más tarde salió de Egipto con destino a Europa, sumándose así a una numerosa diáspora árabe artística y política. Un fenómeno que revela una falta de libertad de expresión en su patria y que da lugar a relatos contrapuestos entre los que llevan adelante la causa de su país en tierra extranjera y los que se quedan, los que “capitalizan” el sufrimiento de un pueblo y los que lo comparten y lo describen con convicción, los que se dirigen a un público “occidental” por placer y los que dan la vida por su pueblo, los que son muy escuchados fuera pero son desconocidos en su patria. Numerosas cuestiones, todas legítimas, que interpelan a la música árabe actual.

De hecho, Ramy criticará desde Suecia con más libertad el poder de su tierra, primero con Morsi y luego con Al Sisi. Siguió dirigiéndose al ejército, envió una carta musical a la ONU, ha cantado por Sudán, por la violencia de género, por la convivencia entre cristianos coptos y musulmanes, por los niños de los campos de refugiados sirios en el Líbano. Se ha convertido a todos los efectos en un “artista defensor de los derechos humanos”.

Todo muy bonito, si no fuera porque estas canciones tienen un precio muy alto. Para Ramy, entre otras cosas, palizas y un exilio permanente. Para el poeta Galal El Behayry, la cárcel desde hace ya más de tres años, igual que para Shady Habash, director del video musical de la canción de Ramy contra Al Sisi, que murió en prisión a los 24 años, después de dos años de prisión cautelar sin juicio.

Nombres y rostros. En primera persona. Esa es la fuerza de las canciones de Ramy Essam. Tienen carne. Por eso sus apariciones, conciertos y reconocimientos, igual que sus palabras, no suenan vacíos sino totalmente llenos, plenos igual que su voz. Ramy Essam acaba convenciendo también por su lema, “La música es el arma más pacífica y poderosa del mundo”. No hay nada más retórico pero, en su caso, no hay nada más verdadero.

Oasis

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