Quiero Religión, no preguntas

Sociedad · Pigi Banna
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29 noviembre 2022
¿Debe ocurrir necesariamente la tragedia para que volvamos a hablar del sentido de la vida y de la dificultad de encontrar ese sentido? ¿Hay alguien que pueda hacerse cargo de la totalidad de la humanidad, de sus infinitas aspiraciones y de esos repentinos y descorazonadores contratiempos?

Unicef  ha publicado un informe sobre la situación de los adolescentes. Bastan tres cifras: un adolescente de cada siete sufre problemas de salud mental, cada once minutos un adolescente en el mundo se quita la vida, el suicidio es la quinta causa de muerte entre los jóvenes (la segunda en Europa).

Para no quedarme en la superficie del comprensible shock que suscitan estas estadísticas, me gustaría leerlas a la luz de un episodio ocurrido hace unos días en un instituto científico de Milán. El profesor de Religión discutía qué tenía que ver el cristianismo con las cuestiones últimas de la vida, como por ejemplo con las que se supone que surgieron tras la reciente y trágica muerte de Luke. Era un  contemporáneo y conciudadano de los presentes, que murió atropellado por un tranvía, en una mañana como tantas otras, mientras iba al colegio con su bici, como hacía también ellos. La reacción de uno de los más brillantes de la clase no se hizo esperar: «Disculpe, yo curso Religión, en cambio tú hablas de preguntas, mencionas las noticias del tranvía… No veo la conexión… por favor, háblanos sobre el cristianismo». Para mí, esta respuesta es emblemática de un fastidio, de una situación, de una misión que nos puede ayudar a entender el informe de Unicef en su contexto.

El fastidio es el de los chicos que sienten que su malestar o el cansancio de vivir se enfoca sólo cuando se traspasa el límite. Muchas veces no queda más remedio que comentar y profundizar en el trauma. ¿Debe ocurrir necesariamente la tragedia para que volvamos a hablar del sentido de la vida y de la dificultad de encontrar ese sentido?

Tratemos de empatizar con nosotros mismos: ¿cómo nos sentiríamos si nuestra condición fuera atendida solo cuando hay problemas y se desencadena un estado de emergencia? La respuesta se podría encontrar en una canción de Bleachers y Taylor Swift, Anti-héroe : «A veces me parece que todos son bebés sexys / Y yo soy un monstruo en la colina /… Soy yo, hola, yo, el problema soy yo».

Aquí está el fastidio: uno siempre es tratado como un problema que hay que resolver,  alguien con desórdenes que hay que solucionar. La concepción de la razón como medida, que nos hace identificar la felicidad con el angustioso control de una situación, revela toda su incongruencia cuando las personas que más queremos se niegan a ser tratadas como problemas a resolver.

El alarmismo, por tanto, no es la forma más adecuada de leer los datos que ofrece Unicef. En efecto, casi se podría decir que precisamente este alarmismo dictado por el miedo —retomando un lema que he oído muchas veces en labios del padre Julián Carrón— es más parte del problema que de la solución.

La respuesta franca y mordaz del adolescente milanés apunta a una  fragmentación de la vida, para  la que se necesita  a un experto para cada área: el profesor para el rendimiento académico, el entrenador para la dimensión física, los amigos para la diversión y el tiempo libre, el psicólogo para los traumas y además… ¡y es justo que el profesor de Religión nos hable sólo de Religión! Pero, ¿hay alguien que pueda hacerse cargo de la totalidad de la humanidad, de sus infinitas aspiraciones y de esos repentinos y descorazonadores contratiempos? Esta fragmentación no se asienta a medida que creces, y los más sensibles de los más jóvenes ya lo notan sutilmente. El riesgo es que con el tiempo no solo haya un experto para todo, sino unas reglas para  cada ámbito, un perfil para cada situación (trabajo, familia, tiempo libre, deporte…), ¿Dónde acaba la verdad sobre uno mismo, quién la conoce por entero?

La respuesta podría encontrarse en una conmovedora canción de Demi Lovato, Cualquiera : «Estoy cansada de conversaciones vacías/ Porque ya nadie me escucha/… Me siento tonta cuando canto/ Nadie me escucha/… Por favor mándame a alguien/ Señor, ¿hay alguien?». Lo sabemos bien, necesitamos a alguien que escuche profundamente, que abrace la totalidad del yo en su verdad. Necesitamos a alguien a quien no tengamos miedo de decir que estamos en crisis. A alguien en quien no veremos como la agitación domina su rostro en el momento en que se lo digamos. Por una vez, podemos admitirlo: la necesidad de escuchar y ser sinceros es lo que todos los jóvenes adultos tenemos en común. Y es quizás, a partir de esta necesidad que rompe las brechas generacionales, cómo debemos leer los datos que nos brinda Unicef.

La misión a la que cada uno de nosotros está llamado —adultos o mayores, en este sentido no hay diferencia— es, por tanto, reconocer cómo cada ámbito de la vida (desde la salud mental hasta la física), cada sentimiento (desde la exaltación hasta el desánimo), cada circunstancia (desde la dificultad de crecer hasta la muerte súbita) tienen que ver con la verdad de nosotros mismos y de quien pueda comprenderla.

Lorenzo Cherubini, de una forma ciertamente original, elaborando las conclusiones del JBP2, un Informe legal, decidió poner en la última página una foto de una niña con un cartel que dice: «Soy feliz y me estoy dando cuenta». La fuerza estaba toda en la segunda parte de la frase. Una cosa es sentirse momentáneamente feliz y otra descubrir algo de uno mismo gracias a esa experiencia: «no estamos hechos para la tristeza» ― vuelve a decir Jovanotti. La solución al problema comienza cuando un hombre, pequeño o grande, aprende algo de la verdad de sí mismo a partir de lo que vive, sea lo que sea. Esta es la misión a la que todos estamos llamados: poder descubrir de nuevo, en medio de la crisis, quién nos hace crecer, qué y quién se muestra como una presencia capaz de abrazarnos en todo lo que somos, hasta el punto de hacernos estallar de entusiasmo por el camino de la vida.

«¿Por qué diablos la Iglesia ya no puede hacer hoy […] lo que pudo hacer espléndidamente hace dos mil años?» ― se preguntaba Antonio Polito hace unos días en Sette (ndr: semanal del Corriere della Sera). Cuando la Iglesia comienza a hacer sólo «Religión», se convierte en una difusora de información sectorial, tendencialmente moral y en su mayoría bastante aburrida, pero sobre todo no hace crecer la vida, a lo sumo intenta con resultados limitados enderezarla. El poder educativo de la Iglesia, en cambio, se ha mostrado desde hace dos mil años en generar hombres que no se alarmen por suscitar molestias en sus interlocutores, que abracen la totalidad del yo que escuchan, pero sobre todo que sepan indicar quién los ha regenerado y los genera en cada crisis.

Así lo atestigua una alumna que escribe a su profesora al final de sus estudios: «A veces me gustaría desaparecer. Dormir para siempre, pero la idea de gente como tú me tranquiliza y tal vez permanecer despierto no sea tan malo». Como reconoció el Papa Francisco hace un mes, esta fue la fuerza del método educativo de don Giussani, «servidor de todas las angustias y situaciones humanas que iba encontrando», precisamente porque se basaba totalmente en esa experiencia que nunca abandonó desde el día en que hizo el descubrimiento: «el asombro y la fascinación de este primer encuentro con Cristo».

Aún hoy, gracias a Dios, el método no cambia para estar delante de provocaciones como la del informe de Unicef: se necesitan hombres que sepan proponer nada menos que aquello que les generan en las entrañas de su propia humanidad.

Por eso, un día ese muchacho agradecerá tener un profesor de Religión que más que «hacer su trabajo» tenga la osadía de desafiar precisamente esas preguntas incómodas con las que pocos tienen el coraje de enfrentarse. La pregunta de ese profesor es la mayor contribución para responder positivamente a la alarma lanzada por Unicef.

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