¿Quién hará justicia?

Editorial · Fernando de Haro
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18 junio 2022
Rohan Bolt lleva desde hace un año tratando de rehacer su vida después de haber entrado en la cárcel en 1996. Fue condenado junto a dos hombres más por haber cometido un doble asesinato en vísperas de una lejana Navidad.

La libertad de la que disfruta es la libertad en un mundo muy diferente al que vivía hace más de dos décadas. También él ha cambiado mucho. Ya no es aquel hombre todavía joven que defendía su inocencia, ahora ya ha entrado en esa fase de la vida en que todo empieza a verse de otro modo: ha cumplido 60 años. Bolt es una de las muchas víctimas de un “error judicial” en Estados Unidos. La fiscalía ocultó información determinante sobre el verdadero autor del delito. Bolt intenta rehacer su vida. Carlos de Luna, un hispano de 23 años condenado a la pena de muerte en 1983 por un crimen que nunca cometió, ya no puede rehacerla. ¿Quién hará justicia a Bolt y a De Luna? ¿Quién hará justicia a las víctimas de los errores judiciales, a las víctimas de la iniquidad?

En la conferencia que pronunció la semana pasada Marta Cartabia, con motivo de su doctorado honoris causa por la Universidad Complutense, señaló el gran cambio que supuso para la cultura griega el paso de una justicia marcada por la reactividad y la rabia a una justicia administrada tras un proceso equilibrado. La ministra de Justicia italiana, apoyándose en Esquilo, subrayó la diferencia que supone un juicio “en el que domina el logos, la palabra, el razonamiento, la persuasión y la prueba. La calma y la reflexión ocupan el puesto de la reactividad, la argumentación y la motivación ocupan el lugar del misterio. Las pruebas y la verificación de los hechos y de las circunstancias ocupan el puesto de la ritualidad performativa”. Hay mucho que aprender de ese inicio de la civilización occidental marcado por el “Audiatur et altera pars: las reglas procedimentales del juicio justo están basadas en la actitud de escuchar al acusador, de escuchar a la defensa, de escuchar a las partes, de escuchar a los terceros interesados (…) Escuchar es lo primero porque, como dice Arendt, en la escucha hago experiencia del mundo, es decir, de cómo el mundo aparece a otros puntos de vista. En cualquier doxa se manifiesta el mundo, esta no es solo opinión”.

Ni Bolt ni De Luna tuvieron un juicio justo. Imaginemos que hubieran sido culpables. Imaginemos que la condena hubiera estado perfectamente justificada. ¿Quién haría justicia a las víctimas? Una sentencia fundamentada no libera por completo del mal sufrido. La intervención del Estado de Derecho es necesaria pero no suficiente. La insatisfacción –señalaba Cartabia– y el resentimiento frente al pronunciamiento del tribunal tiene su origen en la necesaria imperfección de la justicia humana. La liberación no llega más que a través “de una justicia que mira más allá, que está orientada al futuro, que no se petrifica en hechos del pasado que son incancelables”. Es necesaria una justicia enfocada a “re-staurar, re-comenzar, re-construir, re-componer”. Solo si la justicia está marcada por el prefijo “re”, que alude a la posibilidad de un renacimiento, abre una perspectiva nueva para las personas y las sociedades.

Es necesario imaginar el despertar de Bolt entre rejas durante 24 años, o el insomnio perpetuo de una viuda de una víctima de ETA. Es necesario recordar a Nelson Mandela en su celda. Sabemos, porque nos sucede a todos, que es inútil negarse a escuchar entre todas las voces una que pide una re-paración completa, exhaustiva. Esa voz no reclama un retorno al momento anterior al que se sufrió el daño sino un momento nuevo. Es inútil querer dar respuesta a esa voz con un monólogo voluntarista que se construye con materiales viejos. Es inútil incluso dejarse abandonar a una desesperación y a un olvido que parecen dulces. La voz reaparece, entre todas las voces, constante, insistente. Pide una re-construcción inalcanzable. Y lleva a la víctima, nos lleva a todos, porque todos en cierto modo somos víctimas, a una situación contradictoria. No hay modo de callarla y no hay modo de responderle seriamente.

Lo llamativo es que esta contradicción puede ser una luz en la noche de insomnio de quien ha sufrido el mal. La falta de una reparación definitiva nos hace comprender cómo estamos hechos. Las soluciones intermedias o la idea de la reparación (no la realidad de la reparación) nos deja todavía encadenados al mal del que queremos liberarnos. Intuimos que ni un viaje con todos los gastos pagados por todas las galaxias del universo, ni un cielo lleno de dulces huríes callaría la voz que suena entre todas las voces.

En realidad no hay que callarla, solo esa voz nos permite reconocer la reparación cuando llega. Solo esa voz nos permite comprender una y otra vez la dimensión (falta de límites) de una auténtica reparación.

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