Quién es Kadyrov, el fidelísimo de Putin

Mundo · Mauro Primavera
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9 noviembre 2022
Con el tiempo, el líder checheno ha ido construyendo una amplia red de relaciones con los países del Golfo y se presenta como intermediario entre Moscú y Oriente Medio. Hoy es uno de los mayores defensores de la guerra en Ucrania, que valora como una yihad.

Comandante, guerrero, rebelde, pero también servidor del Estado, jefe político, conferenciante, diplomático y hasta autoridad religiosa. Todo eso es, o querría ser, Ramzan Ajmatovich Kadyrov, el general musulmán de etnia chechena que, junto al expresidente de la Federación, Dimitri Medvedev y el ministro de Defensa Sergei Soigú, está considerado por los expertos en asuntos rusos como uno de los “fidelísimos” de Putin, además de una figura clave en la invasión de Ucrania y uno de los más fervientes defensores de la guerra, junto al oligarca Yevgeny Prigozhin, líder de la compañía mercenaria Wagner. Pero a diferencia del resto, Kadyrov no es un hombre de palacio ni de negocios, todo lo contrario. Su carrera comenzó justamente combatiendo contra el Kremlin, del que se acabó convirtiendo en un valioso aliado.

Vayamos por orden. Ramzan, adaptación fonética de Ramadān, nació en 1976 en Tsentaroi, un modesto pueblo de las laderas del Cáucaso situado a unos 50 kilómetros de Grozni, capital de la entonces República Socialista Soviética de Chechenia-Ingusetia, territorio autónomo de la Unión Soviética. Su padre fue Akhmat-Khadzhi Abdulkhamidovich, nacido en 1951, miembro de un influyente clan del lugar que sufrió el dominio soviético, con la colectivización y el proceso de rusificación. Durante la Segunda Guerra Mundial, en el ámbito de una política de reubicaciones forzosas realizada por Stalin, los Kadyrov fueron deportados, junto a otras familias chechenas, a Asia central. Las consecuencias acabarán siendo dramáticas para toda la comunidad, que al final del exilio, en 1957, contará con miles de muertos y desplazados, una experiencia que marcará de manera indeleble la memoria colectiva de esta minoría étnico-religiosa.

De hecho, Akhmat aprovechará la disolución de la URSS para defender la causa del líder separatista Dzhokhar Dudayev, quien proclamó en agosto de 1991 la “República chechena de Ichkeria”. Gracias a su formación teológica –en su juventud fue a una escuela musulmana y se graduó en Estudios islámicos en la Universidad Taskent– le nombran Gran Muftí del nuevo estado. Cuando Moscú envía sus tropas a la provincia rebelde para restablecer el control del gobierno central, declara la yihad contra los rusos y manda a sus hijos a luchar, incluido Ramzan, que entonces apenas tenía 18 años.

En este punto hay que abrir un breve paréntesis para explicar la importancia que tiene para los chechenos el vínculo entre religión y conciencia nacional, por lo que esta yihad del Gran Muftí evoca un precedente histórico muy concreto. En los años 30 y 40 del siglo XIX, periodo en que el Cáucaso cae definitivamente bajo control del imperio ruso, la población chechena, situada en una zona periférica del mundo musulmán y practicante de un islam espurio, mezclado con tradiciones locales paganas, se “reconvierte” a la ortodoxia por dos figuras carismáticas: la primera es el imán Shamil, que se pone al frente de la resistencia contra las tropas del zar apelando al concepto de ghazawat, muy similar al de la yihad ofensiva; la segunda es el místico Kunta-haji Kishiev, fundador de la corriente sufí “zikrista” que, aunque se opone a los invasores, predica la no violencia y la resistencia pasiva. Como se verá, yihad(ismo) y sufismo son las dos caras del islam checheno, ligadas doblemente a la implicación política y a las instancias independentistas de esta minoría.

Volviendo a Kadyrov, el joven Ramzan sigue las huellas paternas y crece en un ambiente violento, marcado por una guerrilla contra los rusos que se prolonga durante toda la década de los 90. Los separatistas no se limitan a defender su “patria”, sino que ponen en crisis al poder central mediante una serie de atentados sangrientos, en línea con el modus operandi de las organizaciones salafitas-yihadistas. El fenómeno extremista se agrava en 1998, cuando del vecino Daguestán empiezan a llegar mujaidines simpatizantes del wahabismo, una corriente del salafismo ajena a la tradición religiosa chechena pero que encuentra terreno fértil en parte de la población local, afectada por las precarias condiciones socioeconómicas causadas por el difícil periodo post-soviético y por el conflicto.

Vladimir Putin, elegido presidente de la Federación en el año 2000, comprende que la insurrección ya no es una crisis periférica, sino un problema de seguridad nacional que hay que resolver lo antes posible. Opta entonces por un cambio de estrategia y lleva a cabo la famosa “chechenización”. Se trata de una política de contra-insurgencia orientada a normalizar relaciones entre los rebeldes y el Estado, cooptando a los líderes del aparato interno e incorporando a los batallones islamistas en los rangos del ejército regular. Kadyrov padre, una vez colgados los hábitos religiosos, es nombrado jefe de la administración, con la promesa de pacificar la región y poner frente al avance del salafismo entre su gente. La decisión del Kremlin de unirse a Kadyrov no responde solo a exigencias de carácter estratégico y de seguridad, sino que también resulta coherente con la nueva ideología de Estado, el eurasiatismo. Esta corriente, teorizada en los años 20 del siglo XX y retomada entre otros por el filósofo Aleksander Dugin para llenar el vacío ideológico post-comunista, asigna a Rusia características culturales “excepcionales” a medio camino entre el mundo occidental y el asiático. En Chechenia, su principal defensor es Khozh Ahmed Nukhaev, un gánster en contacto con antiguos miembros del KGB que en los primeros años 2000 se convierte en intermediario entre Moscú, Kadyrov y el muftí local. En sus discursos, Nukhaev sostiene la necesidad de crear una convergencia entre la identidad regional chechena y la rusa, una especie de alianza entre la ortodoxia cristiana y el islam suní que aplaque, en nombre de un espíritu euroasiático común, los sentimientos independentistas y se oponga a los dos grandes enemigos del estado y de la minoría: el Occidente globalizado y liberal por un lado, el islam extremista y wahabita por otro.

A pesar de este marco ideológico, el nombramiento de Akhmat, que instaura inmediatamente un régimen despótico basado en el culto a la personalidad, genera fuertes resentimientos dentro de la población chechena. Las facciones más radicales y pro-salafitas, irritadas por este giro religioso “moderado”, reaccionan intensificando los atentados suicidas, entre los que destaca el asalto de las “viudas negras” al teatro Dubrovka de Moscú en octubre de 2002, en el que perdieron la vida 129 civiles, y la matanza en una escuela de Beslán en 2004, con 334 muertos, muchos de ellos menores. Los clanes filorrusos, como el de los Basaev, quedan defraudados por su nuevo líder, mientras tanto elegido presidente de Chechenia, al que empiezan a ver como un traidor y un arribista únicamente interesado en alcanzar el poder. Probablemente son los mismos Basaev los que planifican el atentado en el estado de Grozni en el que el 9 de mayo de 2004 pierde la vida Akhmat, pocos meses después de su victoria presidencial.

Ramzan, deseoso de vengar la muerte de su padre y heredar su cargo, se implica en la disputa interna que surge justo después del asesinato y comienza su escalada hacia el poder, que culminó el 15 de febrero de 2007 con su nombramiento presidencial. La clave de su éxito, al margen de atrocidades y violencias, reside en su capacidad para mezclar y armonizar las diversas orientaciones presentes entre los milicianos –filorrusos, islamistas, nacionalistas– en una retórica coherente y eficaz. Como ya sucedió en la historia de la región, el factor religioso jugaba un papel fundamental en el mantenimiento del poder. Abandonada la yihad de las insurrecciones, Kadyrov se presenta como un gobernante pío y un musulmán conservador, evitando caer, al menos aparentemente, en el extremismo salafita. En este sentido resultan significativas la visita y la oración de rito sufí en la tumba de personalidades históricas como Kheda, la madre del místico Kunta-haji.

Remitiéndose al movimiento sufí del XIX, Kadyrov promulga una legislación de estampa moralizadora y devota en los valores tradicionales de su pueblo. Aprueba ordenanzas que prohíben el consumo de alcohol y los juegos de azar, hace obligatorio el hijab para las mujeres que trabajan en el sector público, anima el culto de los santos y de los antepasados, aprueba fondos para la construcción de mezquitas majestuosas (la primera fue inaugurada en 2008 y dedicada a su padre, la última es de 2019 y está considerada como “la más grande de Europa”). En realidad, tras una sutil pátina de moderación, se oculta un régimen brutal que viola los principales derechos humanos y políticos y recurre regularmente, gracias a la impunidad que les garantiza el estado, a torturas, secuestros y ejecuciones de opositores y “desviados”. Las agencias humanitarias señalan consternadas que el gobierno local se ensaña con los homosexuales que, en palabras del presidente, son nie-liudi, “no-hombres que contaminan la pureza de la sangre chechena”.

La referencia al zikrismo, aparte de suavizar la figura del líder, es premisa para otro punto fuerte de su política: la aceptación de la soberanía rusa en la región, que Kadyrov traduce en una alianza con Moscú y en el juramento de fidelidad eterna a Putin. Este, satisfecho por el proceso de pacificación en Chechenia, le confía delicadas misiones militares en el exterior. Los pretorianos de Ramzan, los llamados kadirovsky, están presentes en las crisis de Osetia y Ucrania, en 2008 y 2014 respectivamente, aunque su papel sea secundario. Cuanto en septiembre de 2015, Rusia entra directamente en el conflicto sirio, Kadyrov envía un batallón para demostrar al Kremlin el valor de sus hombres. Además, el consejero del líder y el Gran Muftí de Chechenia se acercan al país árabe, donde visitan Alepo cuando el ejército gubernamental acaba de quitarle el control a los rebeldes después de un largo y destructivo asedio, y se reúnen con el general Maher Assad, hermano del presidente Bashar, y otras figuras religiosas locales. Se instaura así una colaboración sirio-chechena que establece el envío de ayuda humanitaria a los desplazados, la puesta en marcha de cursos de formación y la aprobación de fondos para la reconstrucción de la mezquita de los Omeyas.

Paralelamente a sus implicaciones bélicas, Kadyrov abre canales diplomáticos y religiosos con los países del Golfo, que considera modelos a imitar por el compromiso alcanzado entre autoritarismo, conservadurismo y bienestar socioeconómico. A partir de 2010, realiza una serie de viajes a Oriente Medio con la (poco lograda) intención de acreditarse como líder musulmán autorizado y convertir Chechenia en un punto de unión estratégico entre el mundo árabe y Rusia. Tras un entendimiento inicial con Arabia Saudí, Ramzan rompe sus vínculos, también a nivel internacional, con el wahabismo y abre un entendimiento con los principales adversarios del “islam político”: Emiratos Árabes Unidos y Egipto. Estrategia que se hará explícita los días 25 a 27 de agosto de 2016, cuando el líder organiza en Grozni la “Conferencia Islámica Mundial”, con el objetivo de elaborar una definición clara y unívoca del sunismo. En el evento, organizado con dos instituciones de Emiratos, la Fundación Taba y el Consejo de Sabios musulmanes, participan cientos de personalidades musulmanas (entre los que destacan el Gran Muftí de Egipto, Jordania, Siria, Yemen, Cáucaso y Chechenia, y el Gran Imán de Al-Azhar). Sin embargo, no aparece ningún representante del wahabismo ni del salafismo, corrientes consideradas ajenas a la tradición islámica. Con esta conferencia, Kadyrov consolida sus vínculos con los Emiratos y desde finales de 2016 viaja en varias ocasiones a Abu Dabi, donde el jeque Mohamed bin Zayed le acompaña en eventos tanto religiosos como mundanos. Su objetivo es doble. Por un lado, crear un frente común del islam “moderado” que se oponga a los Hermanos Musulmanes y al “islamismo extremista”, ya condenado en el encuentro de Grozni; y por otro, preparar una serie de colaboraciones e iniciativas empresariales para favorecer el desarrollo de Chechenia, que en los sueños de Kadyrov debería transformarse, siguiendo el modelo de Emiratos, en una tierra de start-up, centros comerciales, rascacielos futuristas y majestuosas mezquitas. Pero lo que más le interesa a Moscú es que mantenga buenas relaciones con los países del Golfo, incluida Arabia Saudí, que apoya en la guerra civil siria a las milicias hostiles al presidente Assad. Pocos meses después de la conferencia de Grozni, Kadyrov ya había suavizado sus posiciones anti-wahabitas. En agosto de 2018 va en peregrinación a La Meca y se encuentra con el príncipe heredero Mohamed bin Salman y otros importantes líderes políticos.

A pesar de este afán de protagonismo, que a veces desemboca en auténtica megalomanía, Kadyrov posee cierto pragmatismo y visión estratégica, incluso un discreto tacto diplomático, como demuestra la vasta red de alianzas y contactos que establece durante la última década con países del Golfo y líderes del sunismo árabe. Saber conciliar los intereses de Moscú con los de Chechenia, que en los planes de su líder deberían suponer un puente entre Rusia y Oriente Medio, ciertamente ha contribuido a su ascenso político, aunque la situación está lejos de estabilizarse. A la espera del anunciado plan de modernización financiado por Emiratos y Arabia Saudí, la república caucásica sigue siendo una región pobre y poco desarrollada en comparación con el resto del país. El propio Kadyrov reconoce que su tierra natal, sin los subsidios multimillonarios del gobierno central, no podría sobrevivir ni un mes, una declaración que suena como un juramento de fidelidad a Moscú y que liquida los ímpetus independentistas.

En efecto, la relación con Putin, que siempre ha sido esencial para la suerte del presidente checheno, tras la invasión de Ucrania el pasado mes de febrero se ha convertido en algo simbiótico. Resulta emblemático el anuncio de Kadyrov de proclamar la “yihad rusa” contra toda la nación ucraniana, actuando de manera análoga, pero en dirección opuesta, a lo que hizo su padre en los años 90, cuando llamó a la lucha contra Moscú. Respecto a la campaña en Siria, los kadirovsky desarrollan un papel primordial en el Donbás y su líder parece contar con un canal privilegiado de comunicación con el presidente de la Federación, hasta el punto de permitirse criticar de manera bastante contundente la labor de los jefes del comando militar, especialmente a Shoigú. La reciente promoción a “coronel general” parece confirmar el nuevo estatus que ha adquirido, aunque la fama que lo envuelve, un tanto tétrica, con un carácter un poco incómodo, y sus frases demasiado llamativas sobre las bombas nucleares son elementos que, sumados a la lucha interna moscovita, podrían comprometer su carrera militar y política en cuanto pierda la protección del presidente ruso.

 

Artículo publicado en https://www.oasiscenter.eu/it/chi-e-kadyrov-il-fedelissimo-di-putin-guerra-ucraina-jihad

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