¿Qué sucede en Dinamarca?

Mundo · José Luis Restán
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21 abril 2008
Sorprende el escasísimo eco de los acontecimientos que tienen lugar estos días en las frías tierras de Jutlandia en los medios de comunicación occidentales. Sorprende por la gravedad de los hechos en sí mismos y por el calado del problema que revelan. Desde que la policía danesa desbaratase un avanzado proyecto para asesinar a uno de los dibujantes de las tristemente célebres viñetas de Mahoma, las calles de Copenhague y de otras ciudades del reino se convierten cada noche en un campo de batalla, en el que sólo la policía y las bandas radicales, islámicas y de ultraizquierda, tienen salvoconducto para transitar.

Recordemos la película de los hechos. El pasado 11-F los servicios secretos daneses desarticulaban una célula terrorista que pretendía asesinar al dibujante Kurt Westergaard, uno de los caricaturistas del periódico Jyllands-Posten, que publicó en septiembre de 2005 unas viñetas ofensivas para la sensibilidad de los musulmanes. El incendio provocado por estas viñetas recorrió el mundo provocando un centenar de muertos, y puso a Dinamarca en el punto de mira del islamismo radical. Por lo que se ve, las amenazas no eran vanas. De hecho Westergaard vive escondido desde entonces y bajo estricta vigilancia policial.

Tras la captura de los terroristas, la prensa danesa decidió publicar nuevamente las viñetas en un gesto de solidaridad con el caricaturista, y para subrayar el sacrosanto principio de la libertad de expresión. Cierto es que podrían haberse encontrado otros procedimientos, porque la libertad no debería utilizarse nunca para el escarnio de las convicciones religiosas, pero la violencia desatada en las calles pone al descubierto un tremendo problema que en Occidente no se desea mirar a la cara: que hay barrios enteros en los que el estado de derecho ya no es efectivo, sino que rige de facto la sharía o ley islámica. De hecho, entre los levantiscos figuran inmigrantes de tercera generación, ciudadanos daneses que no han sabido o no han querido integrarse en la sociedad que les acoge, sino que han preferido construir un gueto. Naturalmente, esto no sucede de la noche a la mañana, se trata de un proceso que pone en evidencia el fracaso del llamado multiculturalismo y todas las políticas de integración.

Dejemos clara una cosa. No simpatizo en absoluto con los autores de las caricaturas de Mahoma. Pertenecen a esa orientación iconoclasta y nihilista que está vigente en tantas franjas de la intelectualidad europea, que entiende la libertad como ausencia de vínculos y como visa para la mofa y el escarnio de los valores. Hay base y hay procedimientos democráticos para enfrentarse a lo que muchos pueden considerar una agresión a lo más sagrado: la crítica cultural, para la que existe amplio espacio en la Europa libre, las respuestas razonadas en los medios de comunicación, el recurso a los tribunales de justicia, y el testimonio público de que lo que manifiestan las viñetas es mentira. Pues bien, nada de eso ha sido aprovechado por los supuestamente agraviados, sino que se ha justificado la violencia y la barbarie contra toda una sociedad y su sistema de libertades.

Ahora el Gobierno danés advierte que va a emplear mano dura, desde la policía hasta la retirada de determinados beneficios sociales e incluso la expulsión del país. Todo eso puede tener su razón de ser, pero el problema seguirá presente. Un flanco interesante (y preocupante) es la connivencia de células de ultraizquierda con el extremismo islámico, que se ha evidenciado estos días en las calles de Copenhague. El nihilismo occidental y el fundamentalismo islámico, irracionalidad e irracionalidad van de la mano, como ya sugería el denostado discurso del Papa en Ratisbona. Y la gran pregunta que surge es si las sociedades occidentales están en condiciones de asumir el desafío de la defensa de su propia identidad y sus valores, así como de la acogida e integración armónica de los inmigrantes, especialmente los de religión musulmana. Esto sólo será posible si Occidente dispone d e una fortaleza espiritual y moral que ahora mismo brilla por su ausencia.

Ahora se ve bien a las claras que el relativismo no puede ser fundamento para la democracia y que las mejores estructuras políticas y económicas (Dinamarca las tiene) no bastan para asegurar una convivencia civil que merezca ese nombre. No es cuestión de mano dura sino de claridad de conciencia, de construir un tejido comunitario vivo y de ofrecer una auténtica propuesta educativa, basada en el gran patrimonio que conforman la tradición judeo-cristiana, la herencia greco-latina y la mejor ilustración. En Copenhague se han encendido las sirenas de alarma.

 

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