¿Qué laicidad para Francia? Sobre el discurso de Macron a los obispos

Mundo · Jean Duchesne
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8 mayo 2018
El presidente francés Emmanuel Macron visitó el pasado mes de abril el Colegio de los Bernardinos, centro cultural de la diócesis de París en un magnífico edificio medieval restaurado, al que llegó invitado por la Conferencia Episcopal francesa. Allí pronunció un discurso de más de una hora que marcó un punto de inflexión, si no en la historia al menos sí respecto al papel de la Iglesia en la sociedad francesa.

El presidente francés Emmanuel Macron visitó el pasado mes de abril el Colegio de los Bernardinos, centro cultural de la diócesis de París en un magnífico edificio medieval restaurado, al que llegó invitado por la Conferencia Episcopal francesa. Allí pronunció un discurso de más de una hora que marcó un punto de inflexión, si no en la historia al menos sí respecto al papel de la Iglesia en la sociedad francesa.

Rechazando claramente un laicismo intransigente, que querría relegar a todas las religiones a la esfera privada, marginadas y excluidas del espacio público, el presidente se presentó como “garante de la libertad de los creyentes y no creyentes”, pero no como “el inventor o promotor de una religión de Estado que sustituya a la trascendencia divina con un credo republicano”. Afirmó que “los vínculos entre la nación francesa y el catolicismo son indestructibles”, y que “Francia se hace más fuerte con el compromiso de los católicos”.

El objetivo de Macron era claramente el de “reparar” el vínculo “dañado” entre Iglesia y Estado, no como hizo Nicolas Sarkozy en 2007 recordando simplemente que la historia daría derechos a los católicos, sino afirmando que “la linfa católica debe contribuir ahora y siempre a mantener viva nuestra nación”, aunque “este país siga manteniendo las distancias con las religiones”. El presidente Macron señaló que “la política se ha dedicado a instrumentalizar e ignorar” a los católicos, mientras estos se han hecho portavoces de “cuestiones que nos afectan a todos, al país entero, a la humanidad entera”, así como “en el diálogo con otras religiones”.

El presidente también animó a los creyentes a no atrincherarse en guetos y seguir actuando como lo están haciendo, para ayudar a aliviar la miseria en todas sus formas, “en un momento de gran fragilidad social”. Esta no es la visión de un líder de partido sino de un hombre de Estado consciente de que las religiones ayudan a vivir y a veces incluso a sobrevivir en un mundo donde los progresos no impiden que las cosas funcionen mal y favorezcan el individualismo más que la solidaridad. Macron invitó a los católicos a participar en los debates, a hacerse notar, a no temer ser “inoportunos” y a presentarse como “voz que sabe ser incómoda”.

El jefe de Estado también marcó límites. La Iglesia, dijo, puede hacer “recomendaciones” pero no “requerimientos”. Macron declaró firmemente que es competencia de las instancias democráticas, de su gobierno y de sí mismo deliberar y emitir las leyes que todos deben respetar. Así el presidente tomaba distancias de monseñor Pontier, arzobispo de Marsella y presidente de la Conferencia Episcopal, que al recibirlo se refirió al problema de la inmigración y la bioética.

En el primer caso, afirmó que hay que conciliar los “principios de humanidad” con la cautela necesaria frente a los “flujos masivos” migratorios. Respecto a la fecundación asistida, los “vientres de alquiler” y la eutanasia, pero también sobre las familias “en sentido amplio” y las parejas homosexuales, señaló que no se pueden dar respuestas simples en nombre de principios abstractos. Macron añadió que la Iglesia debería ser consciente de esto cuando acompaña a personas en situaciones complicadas donde el desafío es encontrar el mal menor y establecer empíricamente lo esencial a preservar.

Tal vez sobre este punto fue donde el presidente se mostró más audaz o innovador, pero a la vez más frustrante. En efecto, llegó mucho más lejos que sus predecesores, incluso de aquellos que no ocultaban ser católicos practicantes, como Charles de Gaulle o Valéry Giscard d’Estaing, y de los no católicos “por tradición”, como Georges Pompidou, Nicolas Sarkozy y el mismo François Mitterrand. Se arriesgó a mencionar lo que, desde su punto de vista, implica la fe digamos desde dentro y no solo desde fuera a propósito de su papel social. Respecto a los inmigrantes, se refirió al Papa Francisco para justificar lo que definió como “humanismo realista”, un equilibrio difícil de alcanzar y revisar constantemente, entre el ideal de una apertura incondicional, las capacidades concretas de integración y la necesidad de “mantener el orden republicano”.

Análogamente, por lo que se refiere a los problemas éticos que plantean las nuevas tecnologías de manipulación de la vida y la evolución de las costumbres, el presidente subrayó las tensiones que en su opinión deben o deberían sentir los creyentes entre sus convicciones y su visión del hombre por un lado; y lo “real”, la prohibición de juzgar al otro y las apuestas cuyo riesgo no puede evitarse, por otro. Esta es la razón por la que terminó diciendo que “nuestro intercambio no debe fundamentarse sobre la solidez de ciertas certezas, sino sobre la fragilidad de lo que nos interpela y a veces nos deja desconcertados”.

El “nosotros” es desconcertante. Es inevitable que no nos toque eso que indudablemente es la “confusión”, tan personal y razonable a la vez, de una espiritualidad bastante informada sobre el cristianismo y probablemente compartida por muchos pero cuyo fondo es una crisis perpetua, considerada normal, incluso sana, aunque incómoda. A los católicos les toca decir hasta qué punto la tensión que viven entre el Viernes Santo y la mañana de Pascua les hace distintos de los no creyentes que, como el presidente Macron, se declaran tan cercanos a ellos.

Oasis

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