¿Qué hacemos con la Encíclica?

Mundo · José Luis Restán
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22 julio 2009
Pasadas un par de semanas, tras hablar con bastante gente y leer muchos artículos de acá y de allá sobre la última encíclica del Papa, me entra la duda. ¿Realmente, y hablo del mundo católico, nos la hemos tomado en serio? Hay una primera observación decepcionante, y es la que nace de comparar el peso y la amplitud de los análisis que ha merecido en la prensa europea, frente a la magra cosecha que ofrecen los medios españoles. Pero es que hay más: la fatuidad, el por supuesto, la falsa conformidad y el sigamos a otra cosa que advierto en las propias filas de la Iglesia.

No me refiero a comentarios patéticos sobre el giro social del pontificado, sobre el Papa verde y socialdemócrata o sobre la última majadería de Boff, que señala que al Papa le falta un poco de marxismo. No: hablo de la gente "ortodoxa", de los que sinceramente quieren sentir con la Iglesia, de los que se preguntan tantas veces con angustia (por ejemplo ante las últimas encuestas del CIS que demuestran la sangría de católicos en la adolescencia y juventud) "¿qué podemos hacer?". ¿Es la encíclica una respuesta a los desafíos del momento o es sólo un ejercicio de benevolencia más bien voluntarista? ¿Tenemos que aprender algo nuevo, dejarnos herir y corregir por lo que en ella se nos dice, o simplemente nos felicitamos porque el Papa dice "lo que ya sabíamos" y seguimos con nuestros estrechos planes de siempre?  

Con frecuencia se dice que Benedicto XVI es un Papa teólogo, un gran pedagogo de la fe, un predicador y catequista de extraordinaria altura… pero que no gobierna. Sin embargo, el eje fundamental del gobierno en la Iglesia es el anuncio de la fe y el juicio de sus implicaciones en la vida, y eso el Papa lo hace incansablemente, a corazón abierto, comprometiendo en ello no sólo su genial inteligencia sino su propio testimonio de creyente que sigue los pasos de Jesús dentro del cauce de la Iglesia. Creo que el magisterio del Papa, indisociable de sus decisiones de gobierno, es el recurso más rico, agudo y potente del que podemos disponer para afrontar esta hora del mundo y de la Iglesia. Y temo que por pasividad o banalidad, por soberbia o por ceguera, se esté produciendo un cortocircuito entre esa fuente absolutamente original que es un don de la Providencia de Dios, y la vida del pueblo sencillo. Quizás estamos tan entretenidos en despotricar (hacia dentro y hacia fuera) que no nos quedan energías para aprender de nuevo el cristianismo, para dejarnos sorprender por su inusitada capacidad de rescatar nuestra vida, de generar una cultura nueva, de proponer un camino de esperanza para tantos contemporáneos que ya no esperan de la Iglesia sino el consabido catálogo de quejas y lamentos.

Me alegro de la bienvenida general que le han tributado a Caritas in veritate la mayoría de los medios, aunque me permito aquí un deje de razonado escepticismo. Lo que me preocupa es la incapacidad de los propios católicos de acusar el golpe, de sorprendernos, de corregir estrategias y de transmitir educativamente lo que el Papa nos está diciendo. Amar a la Iglesia significa seguir con inteligencia y disponibilidad la conducción histórica que realiza el Sucesor de Pedro. De hecho hay un modo de repetir formalmente lo que dice Benedicto XVI pero privándolo de alma, de gracia, de gusto y de inteligencia, en definitiva convirtiéndolo en algo superfluo y prescindible. Y eso que continuamente nos vemos obligados a confesar que nuestros planes fracasan y que no encontramos la forma de responder al avance del nihilismo.  

Si, como dice el Papa, la fuerza que genera el verdadero desarrollo es la caridad en la verdad, empecemos por lo principal. Generemos comunidades en las que se viva la fe dentro de las circunstancias históricas que nos tocan, aceptemos el riego de verificar que la fe nos permite vivir el ciento por uno en todo: en el afecto, en el trabajo, en la política y en el tiempo libre. Apostemos por educar en esta experiencia y por facilitar el testimonio de la humanidad que de ella nace. Busquemos con tanto ahínco como humildad a cuantos se sienten solos, heridos y desesperanzados, esos mismos que Jesús contemplaba como ovejas que no tenían pastor y que esperan el gran sí de Dios a los hombres. Elaboremos con paciencia y rigor un discurso capaz de dialogar con esta cultura escéptica que sin embargo nos muestra sus grietas como si fueran heridas que esperan ser curadas. Si hacemos todo esto ganaremos en alegría y libertad, gozaremos de un amplio respiro a pesar de la hostilidad ambiental, y empezaremos a suscitar en muchos la pregunta sobre el origen de una vida tan singular como la cristiana. ¿Acaso no ha sido éste, desde siempre, el método de la misión?

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