¿Qué defensa de la vida?

España · Fernando de Haro
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13 octubre 2009
Sucedió el 7 de octubre. Por la mañana, atentado contra nuestra tropas en Afganistán. Cristo Ancor Cabello moría después de haber sido bautizado. Por la noche, en una de las tertulias políticas de una de las radios con más audiencia del Reino de España se analizaba la actitud del Gobierno de Zapatero hacia la no reconocida guerra de Afganistán, se desgranaban las implicaciones de una guerra sobre la que Obama no acaba de decidirse. 

Uno de los analistas quiso agradecer el sacrificio supremo del soldado y aseguró: "ahora Cristo Ancor Cabello está ante la misericordia de Dios, ante Él que puede reconocer completamente el valor de su vida". Por un instante se hizo el silencio, el embarazo que produce hablar de un tema del que no se habla. Aparecía la perspectiva del destino, del sentido de la existencia y de la muerte. No era fácil seguir con la conversación después de que se hubiese roto por un momento ese velo de censura tan frecuente en la España del siglo XXI.

¿Pero en qué se quedan todas las decisivas implicaciones geoestratégicas de la guerra de Afganistán o la defensa de los valores occidentales en tierras de integrismo sin ese punto de vista que siempre se calla? ¿En qué se queda la denuncia de la actitud vergonzante del Gobierno del Reino de España? Todo el análisis político, si no puede afirmar o al menos preguntarse si la vida de Cristo Ancor, muerto a los 25 años, ha sido justa, produce distancia de la realidad, hastío. Da la sensación de que todo es pretexto para afirmar una ideología: valores e ideas buenos, pero abstractos e impermeables.

Más fresca se antojaba dos días antes de la muerte de nuestro cabo la cita que Gabriel Albiac hacía en su columna de ABC ("Juegos de Guerra"). Recordaba unos versos de Píndaro: "¡Seres de un día! ¿Qué es uno? ¿Qué no es? El hombre es/ el sueño de una sombra". Y cuando aparece, por fin, desnudo y claro el vértigo de la nada -como una ventana abierta en el mundo de la convención-, el columnista recurre a la vieja respuesta de Aquiles en los versos del clásico, a la de los héroes muertos en el campo de batalla: "¿por qué rumiar sentado en la tiniebla sin objeto hasta una oscura vejez? El que vence consigue para el resto de su vida una muy dulce placidez" y la gloria.

¿Será suficiente? No, ciertamente no. Pero como dice Frabrice Hadjadj en su libro La fe de los demonios (recién publicado por la editorial Nuevo Inicio), "en el fondo, sólo merece la invectiva el que no busca. Su inteligencia tiene hambre de verdad, su corazón aspira a la bienaventuranza y, no obstante, por huir frente a la angustia de una muerte que parece golpearlo todo con la nada, sucumbe ante el prestigio de lo virtual, intenta abolir en él esa tensión propiamente humana entre la conciencia de una muerte espantosa y el deseo de una dicha perfecta". Este joven judío converso denuncia, sobre todo, a los que se han quedado quietos "estando en la verdad misma", a esa actitud la considera "lo demoníaco".

Un amplio sector de la  sociedad civil española saldrá el próximo sábado a la calle para denunciar la tropelía que supone la reforma de la regulación del aborto. Ya es mucho defender unos valores justos. Pero es más humano si además, como dice Hadjadj, se tiene en cuenta, hablando de la vida, "el deseo de una dicha perfecta". Afirmar la vida sin ese deseo puede acortar mucho las piernas de la causa. Pero atención, porque tras el deseo y la búsqueda hay algo aún más interesante. Hadjadj advierte que "la invectiva debe desperezar especialmente al que se envanece de ser un supuesto buscador de sentido" que corre "para ahogar una llamada que le haría descubrir que, a decir verdad, el buscado desde siempre es él".

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