¿Qué debe suceder para que el “gran inquisidor” se convierta?

Cultura · Giovanna Parravicini
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8 abril 2022
Qué fácil es perder el sentido de la realidad incluso ante algo tan crudo, trágico y sobrecogedor como la guerra a la que estamos asistiendo.

Qué fácil es esconderse tras la palabrería geopolítica, con consideraciones pseudopacifistas baratas o recriminaciones por otras guerras injustas que pasaron al olvido de Occidente. Curiosamente, la única recriminación que no he visto es un mea culpa por los refugiados procedentes del continente asiático o africano, habituados a las travesías, rechazados y marginados…

Tal vez porque, a diferencia de las otras, esta última recriminación no vale para tranquilizar conciencias, sino que nos interpela personalmente. Sin embargo, en esta catástrofe el único elemento positivo es justamente la pregunta que me planteaba los primeros días del conflicto un amigo ruso que siempre ha defendido la política de su país y nunca había creído –como todos nosotros–en la posibilidad real de una invasión armada. “¿Es que Dios necesitaba una desgracia así para que yo pudiera abrir los ojos?”.

¿Abrir los ojos a qué? No al mal en primer lugar –mal que tenemos ante nuestros ojos aunque nos obstinemos en no mirarlo, divagando en nuestros prejuicios– sino a la sorprendente posibilidad de vivir por fin a la altura de nuestra humanidad, dejando a un lado la búsqueda de nuestro propio provecho como finalidad de nuestras jornadas para abrir espacio a la compasión, la solidaridad y el compartir. Se trata de una experiencia que habrá podido vivir cualquiera que estos días haya acogido o ayudado a refugiados. Como escribió recientemente Vladimir Zelinski, párroco de una iglesia ortodoxa rusa en Italia, ante el despliegue de iniciativas a favor de Ucrania, “no solo se trata de la puesta en marcha de la caridad habitual, casi automática, sino de algo más profundo que responde al reproche del Apocalipsis: ‘Has abandonado tu amor primero’ (Ap 2,4). Lo has abandonado, pero de pronto has recordado lo que habías olvidado, lo has reencontrado donde menos esperabas, lo has reconocido esta fisonomía eslava. Y te has vuelto a enamorar. Porque el primer amor de Occidente, sea cual sea el modo en que se conciba, es la libertad”.

Tras el fracaso del orden mundial basado en los equilibrios financieros, en los tratados que regulan los armamentos, en la realpolitik, tal vez ha llegado el momento de aceptar el desafío, no con la sonrisa irónica de quien solo considera reales los lenguajes de la fuerza o el dinero (ambos actualmente en default), sino con el corazón contrito de quien recoge los frutos de décadas de violencia, de “tercera guerra mundial combatida a pedazos”, buscando humildemente una vía de salida de esta “selva oscura… tan amarga que algo más es muerte”, donde la humanidad parece haber quedado atrapada.

En los debates infinitos de estos días se ha hablado mucho del discurso del patriarca Kirill sobre el significado “metafísico” de una guerra que sería un ataque contra la perversión moral de Occidente. Todavía hay muchos que piensan que Putin es el campeón de esta batalla por los valores de la tradición, el defensor del “territorio de la verdad en la tierra”, como afirma Zelinski, que observa: “Esta indivisibilidad de la fe en kilómetros cuadrados de territorio, que ha anidado en el subconsciente, es lo que determina incluso el apoyo de los que deberían poner en primer lugar el mandamiento del ‘no matarás’. En cambio hay quien exclama alegremente: ‘¡mata, mata!’ porque está en juego lo más sagrado, ¿y cómo admitir que en territorio sagrado pisen armas ajenas o una gay parade?”.

Lo que está en juego, en la conciencia de muchos cristianos en Occidente y en Rusia, es en realidad la concepción de un cristianismo y una Iglesia que durante demasiados siglos ha confiado en el brazo secular, eligiendo la vía del Gran Inquisidor en vez de la de Cristo, prefiriendo al riesgo de la libertad la imposición de normas éticas que seguir, con el auxilio del Estado golpeando a quien las derogase. A quien se rasga las vestiduras ante el discurso de Kirill se podría responder que las jerarquías de la Iglesia han hablado así durante siglos, incluso en Occidente, por desgracia, al menos hasta la Primera Guerra Mundial, con luminosas excepciones, como el ignorado Benedicto XV.

El compromiso con el poder es un pecado secular que ha asumido múltiples formas históricas y, volviendo a la actitud de los líderes de la Iglesia ortodoxa rusa, hiere y escandaliza de manera especialmente dolorosa a sus fieles. Pero esa “caída ucraniana”, como la llama Zelinski, “ha mostrado en virtud de su gravedad el fracaso del concepto de Iglesia tal como se planteaba en el pasado. Aquí hemos tocado fondo en cierto modo. Y no digo estas cosas para volver a acusar al patriarca con gusto maligno o encarnizamiento. Lo digo porque podemos dar la espalda a todo lo que queda atrás. Porque el cristianismo solo está al principio. Y comienza volviendo nuevamente a la persona creada a imagen de Dios y nunca abandonada por su amor”. El primer amor. Y la libertad de Dios hacia nosotros.

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