Putin, el amo de los destinos de otros y su historia inventada

Mundo · Adriano Dell'Asta
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2 marzo 2022
En sus discursos, Putin apela a la historia para legitimar la guerra contra Ucrania. Pero la suya es una reconstrucción muy peligrosa

Vivimos unos días trágicos, pero aún hay quien comenta los acontecimientos sin darse cuenta de que el drama ya se ha convertido en tragedia, y en una tragedia muy concreta, que afecta a la gente, a sus posibilidades de afrontar la realidad y de sobrevivir (literalmente), de tener una auténtica vida humana.

Los discursos con que el presidente Putin precedió y acompañó la invasión de Ucrania así lo testimonian. En sus palabras del 21 de febrero, donde presentaba el reconocimiento de las autoproclamadas repúblicas independientes del Donbás, la tragedia mostró todas sus dimensiones, incluida la histórica, con una serie de análisis, reconstrucciones y afirmaciones sustituyen la historia real ucraniana, en el mejor de los casos, por lo que podríamos definir como una fantasía. Que la Ucrania moderna sería una creación de la Rusia revolucionaria, que esta nueva creación solo habría recibido de Rusia favores y mejores de todo tipo en detrimento de la propia Rusia –como dijo Putin– no son más que fantasías que no tienen otro reflejo en la realidad histórica que el marco de otra fantasía madre afirmada también por el presidente, que Ucrania no sería “simplemente un país vecino” sino que más bien formaría “parte inseparable de nuestra historia, de nuestra cultura y de nuestro espacio espiritual”. Una afirmación inquietante, por esa idea de que Ucrania sería “parte inseparable” de un único espacio espiritual, pero esa afirmación resulta angustiosa después de que este verano, en un largo artículo, Putin precisara por enésima vez que ese espacio, del que también forman parte Ucrania y Bielorrusia, existe pero en una única versión auténtica, con “la única identidad rusa”.

Lo que está pasando ahora, con toda esa violencia que niega la realidad, es algo que era previsible desde hace mucho tiempo, al menos desde 2005 con la definición del fin de la Unión Soviética como la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX. Pero la realidad histórica es muy distinta. Ucrania existía mucho antes de la revolución y, en el fondo, incluso antes que Moscú, tanto como entidad espiritual, puesto que Vladimir (956-1015) se hace cristiano siendo príncipe de Kiev cuando Moscú aún no existía, y a mediados del XVII ya hay tratados entre Rusia y entidades cosacas con todas las características propias de un interlocutor de pleno derecho, por no hablar de una lengua y una cultura independientes y de una conciencia nacional forjadas durante largas luchas seculares contra vecinos demasiado grandes (polacos y rusos).

Pero llegando al siglo pasado, a la revolución y a Stalin, no hace falta tener grandes conocimientos históricos especializados para saber que Ucrania no recibió “favores” de la Unión Soviética, a menos que se pueda llamar favor a la gran carestía de los años 30 que causó en Ucrania millones de muertos “gracias” a las políticas aplicadas conscientemente por Stalin para vencer la resistencia de los campesinos contra una sovietización forzosa. Negar una verdad semejante se sale de los límites de la controversia histórica, ni siquiera puede considerarse como un discutible revisionismo histórico, sino que cae en la pura reconstrucción orwelliana de la historia.

Esta locura va precedida del “teatrillo” que muchos habrán visto en las diversas reproducciones occidentales, cuando el gran maestro golpeó a uno de los principales miembros de su Consejo de seguridad, el jefe de los servicios secretos externos, Sergei Naryshkin, que no lograba expresarse bien sobre la cuestión que se debatía. Reconocer o no la independencia de las repúblicas del Donbas, reconocerla ahora en el futuro (magia de los aspectos verbales rusos que el presidente recordó a su pupilo), pero sin confundirla con una anexión, como se le escapó en plena confusión a Naryshkin. Una escena penosa que supone más que un teatrillo. Es su presentación como maestro de gramática, de política, de la historia narrada y de la historia consumada, porque afirma que quiere reconocer la independencia, pero todos saben que en realidad será una anexión, cosa que no se puede decir, pero luego se hace cuando uno vive creyendo ser el amo del destino de los Estados y de la historia.

Esta concepción del mundo va seguida de una serie de actos muy concretos y el drama, en vez de quedarse en farsa, se convierte en tragedia. Llega la guerra, con la locura de una “necesaria desnazificación” de Ucrania, un país donde seguramente existan grupos neofascistas (como en todas partes), pero donde por fin, después del fin de la Unión Soviética y gracias a los sucesivos gobiernos, las víctimas del genocidio nazi de Babij Jar (con más de treinta mil muertos en solo dos días, el 29-30 de septiembre de 1941), se ha logrado reconocer su identidad judía, cosa que en la época soviética nunca llegó a suceder.

Luego estalló (o continuó) también la “guerra” interna para hacer frente a un país en crisis donde la insatisfacción por el régimen y, en este caso, la oposición a la guerra es mucho más amplia de lo que se cree y de lo que una información occidental bastante superficial quiere hacer creer. Las manifestaciones contra la guerra han sido un fenómeno que hacía mucho que no se veía, la insistencia con que la guerra ha sido definida por muchos intelectuales como un “dolor”, una “vergüenza” y un “crimen” está resultando sorprendente (con una petición, aún en curso, que ha pasado de 170 firmas la primera noche a 380 a la mañana siguiente). Todo eso en un país donde posicionarse de esta manera supone correr un riesgo.

Para los que se quejan de una presunta pasividad de la opinión pública rusa, tal vez vale la pena recordar que el mismo día en que se producían esas manifestaciones, en casa de Olga Sedakova, la gran poetisa rusa contemporánea, se presentaron dos agentes para comprobar que estaba en casa y que se iba a quedar, incluso quisieron fotografiarla para dejar constancia documental.

Que no se diga que no existe una Rusia libre. Depende de nosotros testimoniar su existencia y dar ejemplo para que exista una alternativa no violenta, precisamente en el momento de la violencia más insensata e injustificada.

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