Prometía todo

España · F.H.
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27 octubre 2017
Lo peor de lo sucedido este jueves en Cataluña es que ha encarnado de forma hiperbólica la arbitrariedad y la inconsistencia de un poder que pretende intermediar, cuando no encauzar o responder, al destino, incluso la felicidad, de un pueblo. Se les ha pedido a los catalanes que entregaran todo a un proyecto de autodeterminación, un proyecto que les iba a dar todo, les iba a dar grandes dosis de satisfacción personal. Y cuando llegaba el momento culminante, uno más, su líder convocaba una comparecencia en la que parecía que se iba a echar hacia atrás con unas elecciones autonómicas, luego la aplazaba para finalmente suspenderla y retomarla solo horas después. Cuando por fin comparecía Puigdemont decía todo lo contrario de lo que parecía que iba a anunciar. Ni paso adelante ni paso atrás, ni elecciones autonómicas que hubieran suspendido la aplicación del 155, ni salto hacia el abismo, hacia la declaración unilateral de la independencia. Puigdemont no aceptaba una solución que hubiera sido buena.

Lo peor de lo sucedido este jueves en Cataluña es que ha encarnado de forma hiperbólica la arbitrariedad y la inconsistencia de un poder que pretende intermediar, cuando no encauzar o responder, al destino, incluso la felicidad, de un pueblo. Se les ha pedido a los catalanes que entregaran todo a un proyecto de autodeterminación, un proyecto que les iba a dar todo, les iba a dar grandes dosis de satisfacción personal. Y cuando llegaba el momento culminante, uno más, su líder convocaba una comparecencia en la que parecía que se iba a echar hacia atrás con unas elecciones autonómicas, luego la aplazaba para finalmente suspenderla y retomarla solo horas después. Cuando por fin comparecía Puigdemont decía todo lo contrario de lo que parecía que iba a anunciar. Ni paso adelante ni paso atrás, ni elecciones autonómicas que hubieran suspendido la aplicación del 155, ni salto hacia el abismo, hacia la declaración unilateral de la independencia. Puigdemont no aceptaba una solución que hubiera sido buena.

La desproporción entre la promesa, entre el carácter casi sagrado del momento en el que se iba a recibir todo, y el titubeo, la falta de rumbo, la discrecionalidad del líder ahondaba la crisis. No solo la crisis institucional. Sino esa crisis que debe afrontar todo creyente al que se le ha pedido todo y está dispuesto a darlo, y el que, de pronto, se empieza a cuestionar si su credo no será una sublimación. Desde luego Puigdemont ha prestado un gran servicio: ha acelerado este proceso crítico tan necesario cuando se afirma cualquier tipo de convicción político-religiosa.

Todavía hay tiempo. El 155 es un remedio extremo, no se podrá aplicar bien. Hay utopía en el independentismo. Hay utopía en pensar que un artículo de la Constitución devuelve la realidad a su sitio.

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