Profilaxis

Editorial · Fernando de Haro
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24 enero 2022
La pandemia ha agravado uno de los grandes problemas de este comienzo de siglo: la violencia sexual. Un tercio de las mujeres del mundo sufre este tipo de agresión alguna vez en su vida y los confinamientos del Covid han incrementado los abusos en el entorno familiar.

Hace ya mas de seis años, todos los recordamos, que estalló el movimiento #MeToo a raíz del caso Weinstein. Ha sido una reacción que, sobre todo en Occidente, ha servido para sensibilizar. Hemos confirmado lo frecuente que es, incluso en ámbitos supuestamente muy modernos y desarrollados, el uso del poder para conseguir favores sexuales. La forma en la que se ha materializado el #MeToo, en su lucha por una causa justa, no ha estado exento de polémica. Hay quien lo ha acusado de ir demasiado lejos estableciendo un neo-puritanismo. La carta firmada por Catherine Deneuve y cien mujeres más acusaba al nuevo movimiento de incitar al «odio hacia los hombres y la sexualidad» y de «hablar de la liberación y protección de las mujeres, solo para sentenciarlas a un estado eterno de víctima». El asunto no se puede banalizar porque hay muchas, muchísimas mujeres, que siguen siendo víctimas.

Pero ha sido llamativa la reacción pendular que se ha producido en los últimos años. La lucha contra los abusos ha instaurado en muchos ámbitos una especie de cultura de la “profilaxis” en las relaciones humanas. Ya en 2018, en el World Economic Forum, Silvia Ann Hewlett, directora de un centro para el desarrollo del talento, presentaba un estudio llamativo: el 64 por ciento de los hombres con larga experiencia profesional evitan en sus empresas tener relación con las mujeres jóvenes por miedo a que cualquier gesto sea malinterpretado. Esta reacción impide la transmisión de un conocimiento y de una experiencia muy beneficiosas para el desarrollo de las compañías. Se extiende la sospecha y el miedo a las relaciones demasiado intensas, a las preferencias personales, a las historias compartidas. Para “prevenir” el peligro se busca una neutralidad asfixiante e irreal. Y todo esto en un momento en el que la soledad se ha convertido en una epidemia. El virus de la soledad narcisista, consecuencia de una impotencia afectiva, es ya endémico. Mal momento para el desarrollo de lo que, en su en su famoso artículo The Coddling of the American Mind, Haidt y Lukianoff describían como una cultura neurótica y puritana, dominada por el pánico moral. Una cultura que intenta preservar de todo posible daño por la relación con lo diferente. Una cultura que abusa de los trigger warnings (avisos de contenido) para evitar que te conviertas en víctima. Una cultura, en fin, que pretende construir safe spaces (espacios seguros) donde sea imposible sufrir cualquier tipo de micro agresión o los roces que inevitablemente surgen cuando el trato con una persona se prolonga en el tiempo.

La vía de escape ante esta soledad esterilizada es el auge creciente del mercado de citas a través de aplicaciones de internet. Un estudio de la Universidad de Ohio de hace unas semanas mostraba que el uso compulsivo y ansioso de estas aplicaciones es directamente proporcional al aislamiento de los jóvenes. Los que quieren algo más “suave” pueden encontrar en el New York Times una guía para hacer amigos.

Son tiempos estos en los que sería imposible una correspondencia como la que mantenía en el siglo XVI Teresa de Jesús, doctora de la Iglesia, con una de las religiosas de su congregación: María de San José. Es verdad que eran dos mujeres, y eso supone un atenuante. Pero Teresa era superiora de María. Y le escribía: “Aunque yo la quería mucho, es ahora tanto más que me espanta, y así me dan deseos de verla y abrazarla mucho”. Para añadir en otro momento: “yo le digo que, si me quiere bien, que se lo pago y gusto de que me lo diga. ¡Cuán cierto es de nuestro natural querer ser pagadas! Esto no debe ser malo”. No tenía tampoco la santa ningún empacho en expresar su preferencia por la casa donde vivía María: “Acá dicen que quiero más a las de esa casa que a ningunas, y cierto que no sé qué lo hace, que yo las cobré mucho amor, y así no me espanto que vuestra reverencia me le tenga, que siempre se le tuve, aunque me es regalo oírlo”. Poca profilaxis hay en tan encendidas letras. Hoy seguramente haría saltar muchas alarmas. Lo que no impide que su biógrafa comunista, Rossa Rosi, la haya canonizado en un altar laico.

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