Prisioneros de la tolerancia

Mundo · Giuseppe Frangi
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26 septiembre 2014
Según datos de la ONU, en 2013 hubo en el mundo 232 millones de migrantes. Lo que significa que el 3,2% de la población mundial ha cambiado de país, por necesidad o por decisión propia. Es un fenómeno en continuo e impresionante crecimiento, si tenemos en cuenta que la cifra del año 2000 era de 175 millones.

Según datos de la ONU, en 2013 hubo en el mundo 232 millones de migrantes. Lo que significa que el 3,2% de la población mundial ha cambiado de país, por necesidad o por decisión propia. Es un fenómeno en continuo e impresionante crecimiento, si tenemos en cuenta que la cifra del año 2000 era de 175 millones.

Es verdad que en estos números hay que distinguir entre los que emigran por propia decisión y lo que emigran por la fuerza: estos últimos, siempre en 2013, habrían sido más de 50 millones, 6,5 más que en 20112. La mayor parte de este pueblo de migrantes forzosos se encuadra en la categoría de los “migrantes internos”, es decir, personas que a causa de un conflicto o de persecución se ven obligadas a abandonar sus casas y ciudades pero sin salir de su país. Las estadísticas nos dicen que su incremento es dramáticamente el más llamativo. En 2013 alcanzó también una cifra récord el número de refugiados: más de 16,7 millones, procedentes principalmente de Afganistán, Siria y Somalia.

Esta humanidad migrante “forzosa” es un fenómeno de dimensiones impresionantes, gente que cada día experimenta la desesperación de abandonar su tierra, con el ansia de una vida mejor, la incógnita del presente más acuciante que la del futuro. Es un fenómeno ante el cual es evidentemente imposible adoptar una posición defensiva, como si fuese posible contenerlo, o permanecer inmunes.

El hombre migrante no solo cambia su propia vida, cambia la vida de todos. Esta conciencia está en el Mensaje que el Papa ha escrito con motivo de la próxima Jornada Mundial del Emigrante. “Las migraciones interpelan a todos”, escribe Francisco. Empezando naturalmente por la Iglesia, que es “sin fronteras, madre de todos, extiende por el mundo la cultura de la acogida y de la solidaridad, según la cual nadie puede ser considerado inútil, fuera de lugar o descartable”. Con ese estilo concreto que le caracteriza, Francisco visitó el año pasado el Centro Astalli en Roma, un centro donde los jesuitas acogen a extranjeros. Allí lanzó su desafío: si no hay lugares para acogerlos, abramos los conventos y monasterios que han quedado vacíos. Una palabra que no ha quedado sobre el papel. Muchas comunidades religiosas han puesto a disposición los espacios de sus propias estructuras para hacer frente a la excepcional y dramática oleada migratoria de este 2014.

Pero ahora el Papa añade otro desafío. Dice que la tolerancia ya no es suficiente: “no basta la simple tolerancia, que hace posible el respeto de la diversidad y da paso a diversas formas de solidaridad entre las personas de procedencias y culturas diferentes”. ¿Qué quiere decir la simple lógica de la tolerancia? Dice el Papa: no solo hace falta la cultura sino también el gusto del encuentro.

El Papa ya tocó este tema en la exhortación apostólica Evangelii Gaudium. Y lo hizo dándole un vuelco, es decir, mirándolo no como un problema sino como una oportunidad. “¡Qué hermosas son las ciudades que superan la desconfianza enfermiza e integran a los diferentes, y que hacen de esa integración un nuevo factor de desarrollo! ¡Qué lindas son las ciudades que, aun en su diseño arquitectónico, están llenas de espacios que conectan, relacionan, favorecen el reconocimiento del otro!”.

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