Principios mutados

Editorial · Fernando de Haro
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26 septiembre 2022
Las palabras más bonitas, los principios más justos, las verdades más necesarias, los valores más evidentes siempre están a punto de mutarse en ideología. Lo confirma el resultado de las elecciones de este domingo en Italia.

El uso que se le da a la palabra pueblo es un caso claro de esta colonización ideológica. Un pueblo no es un polo dialéctico definido por oponerse a otro polo. No es una etnia, ni una muchedumbre, ni una masa. No es un fenómeno sociológico ni una categoría partidista. Es un fenómeno positivo, es la raíz de la comunidad política en sus primeras expresiones, es un mundo compartido, un cierto sentido de la realidad. Es algo necesario, solo dentro de un pueblo se puede ser humano y vivir como un ser humano entre humanos.

El pueblo es lo dado y lo aceptado, no es un a priori, es un fenómeno, es algo que sucede. Pero con la palabra pueblo se puede hacer lo que hizo Perón, en la Argentina de los años 50 y lo que hizo  Giovanni Gentoli a comienzos del siglo XX en Italia.  Perón convirtió el pueblo en una categoría personalista, sentimentalista, antimperialista,  nacionalista. El argentino inspiró a Ernesto Laclau que, a su vez, es el inspirador de todos los populismos latinoamericanos. Para Laclau construir pueblo es “construir fronteras antagónicas dentro de lo social” para conquistar el poder y no perderlo. En el caso de Gentile, inspirador de Mussolini, “el espíritu del pueblo” se realiza en un Estado que tiene derecho a todo.

Otro ejemplo de colonización ideológica es cierto uso que se hace del principio de “protagonismo social”. No hay nada más conveniente que un Estado dispuesto a dar espacio y a fomentar la iniciativa social. Eso no impidió  que,  en nombre de alentar “más sociedad”,  se justificara hace veinte años la primacía absoluta del mercado sobre la política. El principio del protagonismo social se puede convertir en pretexto para la defensa de los intereses que representan a una parte de la sociedad, a un determinado grupo. Es lo que pervirtió a la izquierda estadounidense en los años 70 del pasado siglo. El bien de todos no puede ser la suma de los intereses de cada una de las minorías o de las mayorías relativas. La libertad de iniciativa de una parte de la sociedad tiene sentido si supone más responsabilidad hacia toda ella.

De igual modo que hay un “Estado de poder“, que sofoca a la persona y al pueblo, hay una “sociedad de poder” que absolutiza intereses particulares. Los más sanos principios pueden convertirse, y de hecho a menudo se convierten, en un proyecto político que analiza y utiliza la realidad en función de una concepción preestablecida. Este ejercicio analítico se suele realizar en laboratorios bien desinfectados.

Solo es posible evitar la ideologización si se le da primacía a la vida. A la vida no pensada, no proyectada, no programada. A la vida que afronta y da respuestas a todo tipo de necesidades. La vida y los principios parecen lo mismo, de hecho utilizan las mismas palabras. Pero la vida es de otro orden, es cualitativamente diferente. Se acredita por su capacidad de generar, de movilizar, de cambiar sin violencia, libremente. Los justos principios que en un tiempo alimentaron el cambio, casi imperceptiblemente se alejan de la realidad y acaban justificando los aparatos. La vida, siempre frágil e imprevista, se nutre del deseo y del milagro. Los Estados de poder y las sociedades de poder quieren gobernar los deseos del hombre, reducirlos. La vida los ensancha.

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