Editorial

Primera vuelta con López

Editorial · Fernando de Haro
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23 abril 2017
Me confieso. Este domingo he faltado a mis sacrosantos deberes profesionales. Mientras Francia votaba, en unas de las elecciones más decisivas para el país y para toda Europa, al menos durante una hora y media, no he apagado mi ansiedad como se debe hacer en estos casos. No he repasado por enésima vez los últimos sondeos, el empate técnico que daban las encuestas para Le Pen, Macron, Fillon, y Mélenchon. Tampoco he repasado los efectos del atentado de 2015 en la victoria del Frente Nacional en la primera vuelta de las regionales. Ni las posibilidades de que en la segunda vuelta pueda repetirse lo que sucedió en 2002, cuando Chirac consiguió un formidable 82 por ciento de votos para frenar a Le Pen padre que se había metido en la segunda vuelta.

Me confieso. Este domingo he faltado a mis sacrosantos deberes profesionales. Mientras Francia votaba, en unas de las elecciones más decisivas para el país y para toda Europa, al menos durante una hora y media, no he apagado mi ansiedad como se debe hacer en estos casos. No he repasado por enésima vez los últimos sondeos, el empate técnico que daban las encuestas para Le Pen, Macron, Fillon, y Mélenchon. Tampoco he repasado los efectos del atentado de 2015 en la victoria del Frente Nacional en la primera vuelta de las regionales. Ni las posibilidades de que en la segunda vuelta pueda repetirse lo que sucedió en 2002, cuando Chirac consiguió un formidable 82 por ciento de votos para frenar a Le Pen padre que se había metido en la segunda vuelta.

Durante 90 minutos, quizás algo más, estuve escuchando una formidable conversación que se produjo en la edición 2017 de EncuentroMadrid. Una conversación entre el más famoso de los pintores españoles, Antonio López, y Rosa Hinojosa, una inteligente profesora de arte. Antonio López inició, junto a un grupo llamado la escuela realista de Madrid, una aventura muy arriesgada a mediados de los años 50: volver a hacer pintura figurativa después del largo viaje emprendido por el arte europeo con el postimpresionismo. La apuesta era difícil porque, como él mismo explica, a esas alturas la capacidad de representar la realidad era prerrogativa casi exclusiva del cine y de la fotografía. Ya parece que no es necesario un retrato de Inocencio X, como el de Velázquez, porque las disciplinas audiovisuales parecen darnos la representación perfecta de cosas y personas. López pinta objetos familiares, calles, vida cotidiana. Sus obras, realistas, tienen la fuerza y la discreción de un buen poema: invitan a mirar lo habitual de otro modo, es lo de siempre y ya no es lo de siempre, por algún sitio se abren a lo-no-visto.

Mientras escuchaba a Antonio López me distraje con la pregunta que me obsesionaba desde que a las ocho de la mañana habían abierto en los colegios electorales: ¿Cómo es posible que en Francia pueda haber una presidenta del Frente Nacional? ¿Cómo es posible que las encuestas otorguen a las opciones de ultraizquierda y ultraderecha, antieuropeas, un 40 por ciento en la intención de voto? Una frase del pintor me hizo volver a prestar atención a la conversación: en el arte hace tiempo que perdimos la claridad sobre cómo hacer las cosas. Antes se sabía cómo había que pintar. “Ahora –señalaba López– el arte es como en la vida, nada está claro. Es lo mismo que le pasa a la política. Te preguntas por qué no hay partidos a la altura de las circunstancias y te das cuentan de que tendrán que desaparecer, surgirán otros nuevos”.

La pintura –explicaba López– atraviesa una época de desorientación. Como la política –repetía yo para mis adentros–. Como esta política francesa y europea en las que domina el malestar. Antes de la crisis, los franceses ya votaron en contra de la Constitución europea. Y antes estaban molestos con la entrada de España en el club europeo. Y quieren mantener un Estado que acapara el 50 por ciento del PIB y no están dispuestos a reducir el gasto público. Y no hay políticos que hagan pedagogía. Y se empeñan en mantener como emblema unos valores republicanos que están vacíos, que son como los dioses romanos, en los que nadie cree y que no son capaces de integrar. Y la democracia se ha quedado como un cascarón sin nada dentro, a merced de quien busca enemigos externos, de quien alimenta el odio hacia el otro. Y López –que parecía escuchar mis pensamientos y replicar con su lenguaje de pintor– seguía hablando: yo no critico el arte abstracto (el que ha querido independizarse de la realidad como cierta política –traducía yo–), es consecuencia de una búsqueda, de mucho sufrimiento.

“Nosotros –seguía López– hemos hecho del arte algo imposible, algo que no se entiende. Antes, cuando cualquier romano entraba en la Capilla Sixtina, aunque no tuviera ninguna instrucción, podía quedarse asombrado de la belleza de los frescos de Miguel Ángel. Para entender a los pintores ahora, hay que haber estudiado mucho”. Aquí –pienso yo– la analogía es evidente: demasiada burocracia, demasiado elitismo, demasiada lejanía del pueblo-pueblo.

¿Estamos condenados? –me pregunto–. Y una nueva frase de López atraviesa en ese momento la sala como un rayo: “la belleza siempre debe estar ligada a la verdad”. El más famoso de los pintores españoles pronuncia las dos palabras impronunciables: belleza y verdad, y además vinculadas. No es un lema, es un método. “Yo todos los días dedico un tiempo a mirar cosas bonitas, a mirar láminas de arte griego o cuadros de Velázquez”. Y luego López pinta como Velázquez pintaba, con continuos “arrepentimientos”, en una lucha continua por recrear. En esas continuas aproximaciones siempre inexactas, siempre tensas, propias de la búsqueda de alguien que no se ha rendido al escepticismo. La política se parece demasiado al arte. No es mayor la corriente en descenso que López ha remontado en pintura que la que domina la escena europea. Me confieso. Este domingo falté a mis sacrosantos deberes profesionales. Pero no me arrepiento.

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