Pregunta despierta, cristianismo despierto

Carrón · Julián Carrón
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12 enero 2024
Este año hemos llegamos a la Navidad en un contexto que nos es familiar. Debemos ser conscientes de ello si queremos entender la conexión entre los desafíos personales, sociales y globales que estamos viviendo y este anuncio que llega a cada uno de nosotros en la situación histórica concreta en la que vivimos.

1) El vacío omnipresente

Si tuviera que utilizar una palabra para definir el momento al que nos enfrentamos, utilizaría la palabra vacío. Percibimos los factores constitutivos de nuestro yo, es decir, de nuestra persona, cuando estamos comprometidos en la acción, de lo contrario son indetectables. Cuanto más comprometido está alguien con su vida, más percibe en cada experiencia cuáles son sus factores. De hecho, cuanto más comprometido está alguien, más conciencia adquiere de su propia necesidad. Es sorprendente la facilidad con que las personas detectan los factores de su «yo» si están atentas. El cantante Marracash es un ejemplo de ello. Después de una gira, en la que tiene un éxito rotundo, publica un mensaje en Instagram que resume lo que surge en  su conciencia tras la experiencia de esos días:  «la gira ha terminado y me ha dejado un vacío y un silencio antinaturales en mi interior».[1]

Todo lo que hace falta para sorprender este vacío es una mirada aguda, como la de Marina Corradi, que escribió hace unas semanas: «Milán los domingos está viva en el centro, o en los centros comerciales del extrarradio que son las nuevas catedrales. Muchos van allí a comprar o sólo a distraerse con los niños. Intentan llenar con cosas ese lugar que tenemos en medio de nuestros pechos. En vacaciones,  de otro modo, libres de la ansiedad del trabajo, temen al vacío’. [2]

¿Cuál es el lugar situado en el centro de nuestro pecho? El corazón. El corazón tiene miedo al vacío cuando está libre de la ansiedad del trabajo. El escritor estadounidense Wallace también dijo algo parecido: «es verdaderamente aterrador estar en el mundo y ser humano. […] El rostro que le doy a ese terror es la conciencia de que nada es suficiente, ¿me entiendes? Que el placer nunca es suficiente, que cada logro nunca es suficiente. Que hay una especie de insatisfacción extraña, un vacío, en el núcleo de nuestro ser, que no puede llenarse con algo externo. […] Y el reto que nos espera, en particular, reside en el hecho de que nunca ha habido tantas cosas y de tan alta calidad, procedentes del exterior, que parezcan tapar temporalmente ese agujero, u ocultarlo».[3] Al fin y al cabo, todo ese «material» es incapaz de llenar el vacío.

El vacío no es simplemente el registro de la carencia de algo. La profundidad de este vacío se revela por las consecuencias que produce en quienes lo experimentan. De ello da buena cuenta la crónica diaria de la violencia entre los jóvenes. Sergio Belardinelli ha escrito, después de que un chico matara a su ex novia: «ante episodios recurrentes de violencia, en los que son protagonistas jóvenes considerados hasta ese momento ‘como todo el mundo’, […] se produce  una sacudida en la opinión pública que parece llamar a todos, al menos por unos días, a una responsabilidad a la que quizá ya no estamos  acostumbrados […]. Pero esto no suficiente. […] Tanto es así que sigue prevaleciendo una sensación de vacío”.[4]  Este vacío incluso lleva a la guerra. Pero el vacío no se puede llenar ni siquiera atacando a otro país. George Orwell lo anticipó en 1984: «se dio cuenta de que lo que realmente caracterizaba la vida moderna no era tanto su crueldad, ni la sensación general de inseguridad que uno sentía, como ese vacío, esa apatía incolora». [5]

El vacío y la apatía de los que habla Orwell no se extienden hasta bloquear por completo lo humano. Al contrario: las preguntas que ese mismo vacío desencadena lo documentan.

2) Las preguntas

Marracash continúa: “es increíble cómo esperar mucho tiempo para (conseguir) algo, planearlo, ensayarlo, ponerlo en marcha y llevarlo a buen puerto siempre produce una sacudida fuerte. La de las grandes hazañas, la de «¿y ahora qué hago?»‘ (Instagram, 19 de octubre de 2022). Son las mismas preguntas que se hacen Bradley Cooper y Lady Gaga en la canción Shallow: ‘Dime una cosa, chica, ¿eres feliz en este mundo moderno? ¿O necesitas más? ¿Hay algo más que estés buscando? Estoy cayendo en picado. En los buenos tiempos, me encuentro anhelando el cambio. En los tiempos difíciles, me temo a mí mismo. Dime una cosa, chico. ¿No estás cansado de intentar llenar ese vacío? ¿O necesitas más? ¿No es difícil resistirse tan tenazmente?» [6]

«Todo hombre tiene momentos en los que siente su vacío, el anhelo de algo, la amargura de una ausencia», observa don Giussani.[7] Y Rilke declara: «todo conspira para silenciarnos».[8]

¿Cómo intentamos acallar la pregunta que nos suscita la realidad? Nos lo señalaba recientemente, con singular agudeza, Susanna Tamaro: “el anuncio de una conocida compañía telefónica hace algún tiempo decía: «le damos las respuestas incluso antes de que haga las preguntas». Y ése es el gravísimo estancamiento de nuestra sociedad: obtener respuestas antes de formular las preguntas». Verdaderamente todo conspira contra las preguntas del corazón». Luego explica bien la verdadera raíz del fenómeno: «la ausencia de cultura no es la ausencia de cualificación, sino la incapacidad de plantear preguntas». La pregunta construye -y constituye- al hombre. Un ser humano sin preguntas adquiere la misma fragilidad que tienen las ovejas cuando se separan del rebaño: se convierten en presas a merced del depredador de turno. Si no sabemos quiénes somos ni dónde vamos, pronto llegará alguien que nos lo diga y le estaremos agradecidos porque nos liberará del sentimiento de inseguridad; estaremos dispuestos a adherirnos a cualquier fanatismo, a hacer cualquier cosa que se nos exija porque, como ya no hay un norte y un sur, un este y un oeste, un bien y un mal, la única voz que podremos seguir es la que nos obligue a ponernos de su parte; el ser humano es por naturaleza sociable y gregario, en el momento en que el nivel de conciencia ética se disuelve, se ve inexorablemente atraído por la fuerza oscura de la manada». A continuación, Tamaro, citando a un pensador de la talla de Guardini, identifica la verdadera finalidad del poder: «en 1962, Romano Guardini, el gran filósofo germano-italiano, reflexionaba con gran lucidez sobre la tarea y el destino de Europa, partiendo de los efectos irreparables causados por la bomba atómica que había dado al hombre el poder de destruirse a sí mismo: «pero, además de la bomba atómica, no queremos olvidar esa otra posibilidad de ejercer el poder, es decir, penetrar en el átomo humano, en el individuo, en la personalidad. […] Por eso se ha encontrado una palabra que parece inocente: ‘lavado de cerebro’. Es posible cambiar en un hombre, contra su voluntad, la forma con la que se ve a sí mismo y al mundo; las medidas con las que se  mide el bien y el mal; la condición que tiene, como persona. Esta posibilidad se ha realizado y se realizará una y otra vez – de hecho, ya desempeña un papel, como invitación y propaganda, en el llamado «mundo libre» […] -. También ésta es una forma de poder humano, más sutil y menos dramática, pero quizá incluso más amenazadora que la de la bomba atómica». Este poder, proféticamente vislumbrado hace sesenta años, ha estallado finalmente […]. La persona ya no existe. En su lugar ha surgido el individuo. […] La persona vive en un universo relacional de apertura, sabe hacerse preguntas sobre las realidades más inquietantes y es impermeable a las respuestas automáticas.» [9]

Uno puede entender por qué, precisamente por la tarea que tenemos ˗ en primer lugar vivir todas estas preguntas y luego interceptarlas en los estudiantes, en los alumnos con los que nos relacionamos ˗, Rilke nos invita a tomarlas en serio: «tratad de amar las preguntas […]. De lo que se trata es de vivirlo todo. Vive las preguntas ahora. Tal vez te sea dado, sin que te des cuenta, vivir hasta el lejano día en que tengas la respuesta’.[10] Para Rilke, vivir la pregunta es un don suscitado por el encuentro con la realidad. Pero, como vemos ˗continúa el poeta˗, «tal vez te sea dado, sin que te des cuenta, vivir hasta el lejano día en que tengas la respuesta». Mantener despierta la pregunta no es inmediato. Por eso le es dado vivir hasta el lejano día en que recibirá la respuesta a su espera.

4) En espera

Precisamente como no conocemos «ese» día, estamos todos a la expectativa, como escribe Emily Dickinson: «al no saber cuándo llegará el amanecer dejo todas las puertas abiertas» «Al no saber cuándo llegará el amanecer, / abro todas las puertas». [11]

Benedicto XVI señaló: «la espera es una dimensión que atraviesa toda nuestra existencia personal, familiar y social. La espera está presente en mil situaciones, desde las más pequeñas y triviales hasta las más importantes, que nos implican total y profundamente. Pensemos, entre ellas, en la espera de un hijo por parte de los cónyuges; en la de un pariente o amigo que viene de visita desde lejos; pensemos, en un joven estudiante, en la espera del resultado de un examen decisivo, o de una entrevista de trabajo. En las relaciones afectivas, la espera del encuentro con un ser querido, de la respuesta a una carta o de la aceptación del perdón… Se podría decir que el hombre está vivo mientras espera, mientras la esperanza está viva en su corazón. Y desde su espera el hombre se reconoce a sí mismo. […] Cada uno de nosotros, especialmente en este tiempo que nos prepara para la Navidad, puede preguntarse: ¿qué estoy esperando? ¿Hacia qué, en este momento de mi vida, se inclina mi corazón?». [12]

Todo el mundo se ha sorprendido al escuchar la canción «Lela» (cantada al inicio del encuentro) : «sin ti no puedo, sin ti no puedo vivir». ¿En quién habéis pensado al oír estas palabras? Es ahí, sorprendiéndonos en acción, como se revela ante nuestros ojos  qué nos mueve en nuestra vida.

El alcance de esta espera no sólo se ve en las pequeñas cosas. La espera nos constituye porque en todo lo que hacemos buscamos algo más. Nadie lo ha dicho con tanta claridad como Cesare Pavese: «lo que el hombre busca en los placeres es un infinito, y nadie renunciaría jamás a la esperanza de alcanzar este infinito».[13] Al igual que Marracash, también Pavese percibió toda la infinitud de su deseo. Cuando ganó el Premio Strega, anotó en su diario: «has obtenido también el don de la fecundidad. Eres dueño de ti, de tu destino. Eres tan famoso como el que no intenta serlo. Sin embargo, todo esto llegará a su fin. Esta profunda alegría tuya, esta ardiente saciedad, está hecha de cosas que no has calculado. Te ha sido dada. ¿A quién dar las gracias? ¿A quién blasfemar el día en que todo desaparezca?».[14] Y el día de la concesión del Strega, añadió: «en Roma, apoteosis. ¿Y con esto?».[15] Se ve la absoluta desproporción entre lo que se consigue al recibir un premio tan prestigioso y toda la espera que hay en el corazón. Por eso Pavese también escribe: «qué grande es el pensamiento de que en verdad no se nos debe nada. ¿Acaso alguien nos ha prometido algo? Entonces, ¿por qué esperamos?».[16] Don Giussani comenta estas palabras del poeta: «quizá no ha pensado que la espera es la estructura misma de nuestra naturaleza, la esencia de nuestra alma. No es un cálculo, está dada. La promesa está en el origen, en el  principio mismo de nuestro hacer. El que hizo al hombre, le hizo «promesa». Estructuralmente el hombre espera; estructuralmente es un mendigo: estructuralmente la vida es una promesa». [17]

Somos estructuralmente gente que espera. Sin embargo, a menudo nos preguntamos: «¿tendrá respuesta esta espera?». Al ver la desproporción entre nuestro empeño y la profundidad de nuestra espera, Karen Blixen sugiere  qué nos puede hacer estar seguros de una respuesta que llegará: «Hasta el día de hoy […] nadie ha visto aves migratorias dirigirse a esferas más cálidas que no existen, ni ríos desviados a través de rocas y llanuras para desembocar en un océano que no se encuentra. Porque Dios no crea un deseo o una esperanza sin tener una realidad dispuesta a realizarlos. Nuestro deseo es nuestra certeza, y bienaventurados los nostálgicos, porque volverán a casa».[18] Así es. Pero a menudo lo damos por sentado y nos olvidamos de ello.

Si la única experiencia que tenemos es nuestro límite ¿por qué deseamos tanto? Podemos desear tanto, nos recordaba Emily Dickinson, porque es Dios quien suscita en nosotros esta expectativa. Simon Weil añade: «y si permanecemos sordos, Él vuelve y vuelve como un mendigo. Por eso el tiempo es la espera de Dios que mendiga nuestro amor».[19] Y San Agustín añade: «Dios con la espera agranda nuestro deseo, con el deseo agranda el alma, y al dilatarla la hace más capaz.[20] La hace más capaz de recibir la respuesta cuando llega. Pero la mayoría de las veces la damos por supuesta. De hecho, no es automático seguir esperando, hasta el punto de que vemos avanzar el escepticismo.

La espera es la ocupación de los santos. Hay Otro que nos despierta constantemente. Por eso «nuestro deseo es nuestra certeza». Así, la espera se convierte para nosotros en un grito. Escuchemos ahora este grito en una canción de Demi Lovato, Anyone. Es un grito tan antiguo como la humanidad. Ya los griegos decían: «Envíanos, oh padre Zeus, el milagro del cambio».[21] Es un grito que aún resuena con el mismo y quizá mayor dramatismo que antaño.

 

Demi Lovato, Cualquiera

Intenté hablar con mi piano

Intenté hablar con mi guitarra

Habló con mi imaginación

Confiado en el alcohol

Probé y probé un poco más

Conté secretos hasta que me dolió la voz

Cansado de conversaciones vacías

Porque ya nadie me escucha

Cien millones de historias

Y cien millones de canciones

Me siento estúpido cuando canto

Nadie me escucha

Nadie escucha

Hablo con estrellas fugaces

Pero siempre se equivocan

Me siento estúpido cuando rezo

Entonces, ¿por qué rezo?

Si nadie escucha

Alguien, por favor envíeme a alguien

Señor, ¿hay alguien?

Necesito a alguien, oh

Alguien, por favor envíeme a alguien

Señor, ¿hay alguien?

Necesito a alguien

Solía ansiar la atención del mundo

Creo que he llorado demasiadas veces

Sólo necesito más afecto

Cualquier cosa para salir adelante

Cien millones de historias

Y cien millones de canciones

Me siento estúpido cuando canto

Nadie me escucha

Nadie escucha

Hablo con estrellas fugaces

Pero siempre se equivocan

Me siento estúpido cuando rezo

¿Por qué coño estoy rezando?

Si nadie escucha

Alguien, por favor envíeme a alguien

Señor, ¿hay alguien?

Necesito a alguien, oh

Alguien, por favor envíeme a alguien

Oh, Señor, ¿hay alguien?

Necesito a alguien

Oh, cualquiera, necesito a cualquiera

Oh, alguien, necesito a alguien

Cien millones de historias

Y cien millones de canciones

Me siento estúpido cuando canto

Nadie me escucha

Nadie escucha

 

Esta canción me parece que describe bien el drama que vivimos nosotros y muchos  de nuestros estudiantes que intentan expresarlo, unos con el piano, otros con la guitarra, otros evadiéndose en la imaginación o el alcohol. La cantante confiesa: «estoy cansada de conversaciones vacías porque ya nadie me escucha. […] Cien millones de historias, cien millones de canciones y me siento estúpido cuando canto [porque] nadie me escucha. Nadie me escucha. Hablo con estrellas fugaces, pero nunca me entienden. […] Por favor, envíame a alguien, Señor».

¿Hay alguien que pueda captar la densidad de este grito, la profundidad de esta petición? Muchas veces vemos que nuestro drama, el de los adultos y el de los niños más pequeños, no encuentra un interlocutor a la altura de su grito. Por eso repetimos el grito que viene del pasado, desde los profetas hasta los grandes de la literatura griega y latina: «envíanos, Señor, a alguien, necesitamos a alguien».

4) Sólo la plenitud puede responder al vacío

Este Alguien ˗ he aquí el anuncio de la Navidad ˗ ha llegado: Dios ha respondido a este clamor. Pero todos sabemos en qué se ha convertido la Navidad y cómo ha perdido su significado. Para la gran mayoría ya no significa nada. Para otros es algo sentimental o una ocasión para hacer negocio. Para otros es un recuerdo del pasado. Cada cual puede elegir la interpretación más adecuada. Todo lo que vemos que ocurre a nuestro alrededor nos afecta. ¿Cuál es la situación? Como decía el cardenal Ratzinger: ‘”después de haber perdido muchas certezas que en siglos pasados no se cuestionaban, los hombres ya no consideran cierto lo que no es experimentalmente demostrable, y la Palabra de Dios se les aparece como algo incierto e inaccesible, una reliquia de siglos pasados” [22] .

Me contaba esta semana un profesor que, al intentar hablar de Jesús, le preguntaron su alumnos: “¿pero existió realmente?” Estamos a este nivel. Me ha llamado la atención lo que he visto  cuando he intentado comprender dónde estaban algunos de nuestros estudiantes, que ya no tienen la certeza de los siglos pasados, en su búsqueda de un sentido para la vida. Los he visto a la búsqueda de sí mismos. Aún quieren tomarse en serio las preguntas, necesitan vivir consigo mismos. Algunos de sus coetáneos  recurren a la astrología, a las cartas del tarot o a algún gurú para buscar una respuesta.

En esta situación, ¿tiene aún alguna posibilidad la fe, la Navidad? Si todavía puede ser interesante es porque en el hombre permanece un grito, un vacío, una espera o, como dijo Ratzinger, un «insaciable anhelo nostálgico de infinito». [23]

Puede que todos estos rasgos de nuestro tiempo sean necesarios e incluso se conviertan ˗paradójicamente˗ en un recurso para redescubrir el verdadero sentido de la Navidad. Para mostrar todo el alcance de lo que proclama, el cristianismo necesita encontrarse con lo humano que vibra en cada uno de nosotros. Lo necesita para mostrar toda su verdad, todo su potencial como respuesta a la oscuridad y al vacío, a la exigencia y a la expectativa de los hombres de este tiempo.

Insisto, el vacío, la pregunta, la espera y el grito se vuelven paradójicamente decisivos para recuperar el sentido de la Navidad. Aunque las certezas del pasado hayan sido cuestionadas y rechazadas, en el corazón del hombre, creado a imagen de Dios, permanece un grito que busca a Dios. Busca a ese Dios que es el único que llena un corazón capaz de infinito y que sólo puede encontrar descanso en un amor sin fin. Para nosotros y nuestros estudiantes, ¿vivir inmersos en esta situación es necesariamente una desgracia o puede ser una oportunidad? Hemos visto cómo, interrogándose sobre el sentido de su vida, esperan encontrar a alguien que intercepte su drama, alguien con quien entrar en relación.

Como repetía a menudo don Giussani, citando a Reinhold Niebuhr: «nada es tan increíble como la respuesta a una pregunta que no se formula».[24] Si anunciáramos el cristianismo y en nuestros interlocutores no hubiera pregunta, nuestro anuncio no tendría ningún asidero. No podemos pasar por alto estas circunstancias, no podemos evitarlas. Son precisamente las circunstancias que vivimos ˗ en las que aparece todo el desierto de sentido y al mismo tiempo el grito del corazón ˗ las que permiten percibir el anuncio. En esto radica el valor del anuncio cristiano, como tan espectacularmente lo expresó Ratzinger hace años: «La respuesta que el mensaje cristiano da a la pregunta por la existencia humana presupone precisamente esta pregunta; el mensaje cristiano sólo puede ser comprendido y, por tanto, experimentado en su autenticidad allí donde la pregunta por la condición humana ha sido previamente sufrida como pregunta». La vitalidad de la respuesta cristiana (vitalidad no retórica, sino esencialmente entendida) exige, por tanto, fundamentalmente la experiencia vital de la pregunta; el anuncio cristiano no puede sino recibir continuamente de esta pregunta su vida y su realidad en la humanidad. Por eso, por una parte, la pregunta debe ser suscitada; por otra, el mensaje cristiano debe dejarse suscitar continuamente por el «cuestionamiento real de la humanidad sobre sí misma». Sólo entonces podrá escucharse la respuesta». Ratzinger prosigue: «el diálogo será siempre, ante todo, tomar en serio la riqueza y profundidad del problema humano. [Sólo si un estudiante vive  una situación dramática, presta atención a lo que dice un profesor en clase]. Esa participación en la totalidad de la pasión de la condición humana es mucho más que un truco pedagógico (…) es necesaria para que el mensaje siga siendo siempre el mismo en circunstancias diferentes».[25] Sólo así el anuncio cristiano puede volver a ser interesante.

Qué agudeza tenía don Giussani cuando decía hace décadas: «nosotros, los cristianos, en el clima moderno, no nos hemos distanciado de las fórmulas cristianas, directamente, de los ritos cristianos, directamente, de las leyes del Decálogo cristiano, directamente: nos hemos distanciado del fundamento humano, del sentido religioso. Tenemos una fe que ya no es religiosidad. Tenemos una fe que ya no responde como debiera al sentimiento religioso [y al drama de las personas]; es decir, tenemos una fe que ya no es consciente, una fe que ya no es «autointeligente».[26] Una fe que no responde al sentimiento religioso se convierte en un formalismo, en un hábito aburrido que no durará y  esto es en lo que se puede convertir la Navidad. Si el cristianismo no se encuentra y no se percibe como una respuesta a la espera del corazón, no interesará a nadie.

Por eso, desde el principio, don Giussani resumió todo el contenido de su intento entre los jóvenes ˗que nosotros tratamos de apoyar˗ con estas palabras: «mostrar la pertinencia de la fe a las exigencias de la vida y, por tanto -este «por tanto» es importante para mí-, demostrar la racionalidad de la fe, implica un concepto preciso de racionalidad. Decir que la fe exalta la racionalidad es decir que la fe corresponde a las exigencias fundamentales y originarias del corazón de todo hombre».[27]

Don Giussani tuvo siempre presente la situación humana a la hora de formular su propuesta y en el modo de dirigirse a sus interlocutores. Al comienzo de una de sus obras fundamentales, Los orígenes de la  pretensión cristiana, dice : «al abordar el tema de la hipótesis […] de la revelación cristiana, nada es más importante que la pregunta sobre la situación real del hombre. No sería posible darse cuenta plenamente de lo que significa Jesucristo [y, por tanto, la Navidad] si antes no nos damos cuenta plenamente  de la naturaleza de ese dinamismo que hace al hombre hombre. Cristo, de hecho, se ofrece como una respuesta a lo que «yo» soy, y sólo una conciencia atenta,  tierna y apasionada de mí mismo puede abrirme y disponerme a reconocer, admirar, agradecer, experimentar a Cristo. Sin esta conciencia, incluso el de Jesucristo se convierte en un mero nombre». [28]

Esto nos permite captar la importancia que tienen el  sentimiento de vacío, la exigencia y la espera respecto a la posibilidad de descubrir la razonabilidad de la fe, que ni es ornamento ni el contenido de una estrategia. Todos los rasgos de nuestra humanidad, si tomamos conciencia de ellos, nos impiden reducir a Jesús a un mero nombre añadido a la vida, reducirlo a un formalismo incapaz de mostrar su relevancia para las necesidades de nuestra humanidad que grita y espera. Sin conciencia de nuestra humanidad, incluso la Navidad se vuelve formal, se vacía de sentido y se reduce a un recuerdo del pasado que nada tiene que ver con nuestra vida de hoy.

Por eso decía al principio que no podemos hablar de Navidad en una situación como la que vivimos sin ser conscientes de la relación entre esta situación y el anuncio cristiano. De lo contrario, el nuestro será un diálogo de sordos. El vacío, la pregunta y la espera  expresan la urgencia de encontrar una respuesta. Necesitamos algo presente para responder, como documentan nuestros estudiantes. No basta con el anuncio verbal y formal de un hecho pasado. Como dijo Benedicto XVI, «el simple enunciado del mensaje no llega al corazón de la persona»,[29] no consigue tocar el corazón.

Esto cambia nuestra mirada sobre el vacío. Sólo si se comprende el sentido de este vacío podrá revelarse su naturaleza. Este vacío no expresa un defecto de nuestra humanidad, sino una dramática espera de Alguien que lo llene. Por eso, sólo quien encuentre la respuesta podrá exclamar: «¡ah, ahora entiendo por qué tenía ese vacío dentro!». Es como cuando alguien se encuentra con un ser querido. Sólo cuando se encuentra con él se da cuenta: «¡ah, por eso sentía esa urgencia, ese deseo!». Es muy fácil reconocerlo, interceptar la respuesta y el alcance de esa presencia cuando sucede, siempre y cuando  no se renuncie a la  espera, al  deseo, a la sensación de vacío: «¡ahora entiendo por qué valió la pena nacer, ahora entiendo qué, a quién echaba tanto de menos!».

No falta una idea, no falta un pensamiento. Falta una presencia capaz de llenar el vacío con una plenitud inimaginable. Sólo quien es consciente de las dimensiones del vacío interior puede comprender el alcance de la respuesta cristiana. Cristo es la respuesta al vacío que siento en mi interior. En su misterioso designio, Dios creó un ser con todo este vacío interior, con este anhelo sin fin, con esta carencia insalvable (Luzi dice: «¿de qué es esta carencia, corazón?»[30]), para poder llenarlo con su Presencia.

Este es el significado de la Navidad. Y sólo aquellos que tienen esta espera pueden entenderlo cuando Él viene. Sólo entonces Dios puede hacernos partícipes de su plenitud enviando a su Hijo. Como dice el Concilio: «en realidad, sólo en el misterio del Verbo encarnado encuentra verdadera luz el misterio del hombre.[31] Cuando hace dos mil años se encontraron con Su presencia, en toda su plenitud, dijeron: «¡nunca hemos visto nada igual!».[32] Sólo entonces se dieron cuenta de la  plenitud para la que habían sido creados. Nosotros también fuimos creados para esto.

Cristo muestra quién es no con un discurso, no con instrucciones, no con un sermón. Él muestra quién es cuando llena el corazón, cuando llena el vacío con Su presencia. La respuesta al vacío no es una palabra, no es una explicación. Es una Presencia que llena la vida, que le da plenitud. La única respuesta al vacío, el único desafío al vacío es la plenitud. Decía don Giussani: «para darse a conocer, Dios entró en la vida del hombre como hombre, según una forma humana, de modo que el pensamiento, la imaginación y la afectividad del hombre quedaron como «bloqueados», atraídos por Él».[33] Y en otro texto escribe: «el cristianismo presenta así su gran «inconveniente»: que requiere «hombres» para ser comprendido y vivido. Hombres: es decir, ese nivel de la naturaleza en el que la naturaleza adquiere conciencia de sí misma. Toda la naturaleza del vacío, de toda la exigencia, de la urgencia de sentido, de toda la expectativa. Si la humanidad no vibra [ante el encuentro cristiano] la persuasión del  discurso religioso no podrá  sostenerse. El cristianismo no tiene otra ‘arma’ [que ésta]: el ser humano que vive como tal, y que se renueva y que hace florecer su humanidad renovada en una nueva realidad social.» [34]

5) ¿Cómo puede vibrar hoy nuestra humanidad?

Nuestra humanidad puede vibrar hoy ante el anuncio de la Navidad, si el cristianismo reaparece como un «acontecimiento», si alguien  se encuentra con una presencia, como vemos en nuestros estudiantes y como les ocurrió a los pastores, que hace dos mil años se encontraron con la presencia de aquel Niño. Entonces como ahora, «el acontecimiento de Cristo se hace presente ahora en un fenómeno de un humanidad diferente: un hombre se topa con esta (humanidad diferente)  y se sorprende  por un nuevo presentimiento de vida [como la inclinación de cabeza de un profesor en clase: un presentimiento. No la verdad manifestada, sino un presentimiento que le impulsa a hablar con ese profesor], algo que aumenta la posibilidad de certeza, positividad, esperanza y utilidad del vivir y le mueve a seguir. Jesucristo, aquel hombre de hace dos mil años, se esconde, se hace presente, bajo la tienda, bajo el aspecto  de una humanidad distinta. El encuentro, el impacto, es con una humanidad distinta, que nos golpea [y nos interpela] porque corresponde con  las exigencias estructurales del corazón [a nuestra espera] más que a cualquier modalidad de nuestro pensamiento o imaginación: no lo esperábamos, nunca lo habríamos soñado, era imposible, no se puede encontrar en otra parte. La diversidad humana en la que Cristo se hace presente reside precisamente en la mayor correspondencia, la impensable e inimaginable mayor correspondencia de esta humanidad en la que nos encontramos con las exigencias del corazón, con las exigencias de la razón”. [35]

Continúa don Giussani: «este encuentro de la persona con una humanidad distinta es algo muy sencillo”.[36] Es como enamorarse, es como tener el sentimiento de que una persona es significativa para la propia vida. Pero el enamoramiento es sólo un pálido reflejo del  encuentro cristiano. Sin él, todo lo demás deja mucho que desear. Vuelvo a preguntar: ¿qué hemos pensado mientras escuchamos Lela? ¿Qué esperamos? Basta con que cada uno se lo confiese a sí mismo. Es muy fácil, como decía Giussani, citando al entonces cardenal Ratzinger: «en realidad sólo podemos reconocer aquello con lo que se da en nosotros una correspondencia».[37] Sucede así cuando nos encontramos con algo, con alguien,  que al que estábamos deseando. Y cuando uno se lo encuentra, dice: «te estaba esperando; ¿dónde estabas antes, cómo podía vivir sin ti?».

El cristianismo no fue sólo un acontecimiento al principio. El método no cambió porque la gente se organizara para darle continuidad. Esto habría llevado a que el cristianismo dejara de ser interesante. Si no vuelve a suceder hoy como un acontecimiento ˗ exactamente igual que el primer día ˗, no hay desarrollo. Encontrarse con la presencia de una humanidad diferente no sólo ocurre al principio, sino en cada momento posterior. Un año, veinte años después, el método no cambia. Escuchemos a don Giussani: «El fenómeno inicial ˗ el impacto con una diversidad humana, el asombro que surge de él ˗ está destinado a ser el fenómeno inicial y original de cada momento del desarrollo. Pues no hay desarrollo si ese impacto inicial no se repite, si el acontecimiento no permanece contemporáneo».[38]

¿Dónde estaba la vida nueva hace dos mil años? ¿Cuál era la vida nueva introdujo aquella Presencia? «¿Qué es lo que más deseas?», le preguntan a un chico que se va a casar: «Deseo estar con ella». La nueva vida coincide con estar con ella. «Hace dos mil años la nueva vida era estar con Su presencia», que daba un «sentimiento de libertad, de consistencia de uno mismo»[39] , inimaginable. Así uno se encuentra con una ternura hacia sí mismo que de otro modo ni siquiera soñaría. Si esto no sucede en nosotros al encontrar a Cristo, Él seguiría siendo «un mero nombre». No tendría ningún interés para nuestra vida.

En cambio, cuando le dejamos entrar, se convierte en un factor presente en nuestras vidas, penetra en nuestras entrañas, en  la experiencia que tenemos. Esta es la promesa del «céntuplo», como dijo San Agustín: «cuando pueda adherirme a Ti con todo mi ser, nada será para mí dolor y trabajo, y toda mi vida estará viva, llena de Ti. Pero ahora que no estoy lleno de Ti, soy una carga para mí mismo. Al que se llena de Ti, Tú lo levantas».[40] También nosotros tenemos la prueba de  esto: si el cristianismo es una experiencia que eleva nuestra vida, si nos interesa todo lo que decimos, es sólo para llevar a la vida el anuncio de su Presencia, para poder responder a todas las exigencias de esta vida que nos corta las piernas a diario, para responder al drama de nuestros estudiantes. Pero sólo si lo experimentamos primero, podremos comunicarlo ˗ lo llevaremos en la cara ˗ y los demás lo interceptarán. ¿Cómo? Encontrándonos con algo nuevo que colma la vida llenándola de alegría.

El Papa Francisco nos recordaba recientemente que «el mensaje cristiano, como escuchamos en las palabras del ángel a los pastores, es el anuncio de una ‘gran alegría’ (Lc 2,10). ¿Y el motivo? ¿Una buena noticia, una sorpresa, un buen acontecimiento? Mucho más, una Persona: ¡Jesús! Jesús es la alegría. Es el Dios hecho hombre que ha venido a nosotros. La cuestión, queridos hermanos y hermanas, no es, pues, si anunciarlo o no, sino cómo anunciarlo, y este «cómo» es la alegría. O anunciamos a Jesús con alegría, o no lo anunciamos, porque cualquier otro modo de anunciarlo no es capaz de llevar la verdadera realidad de Jesús.» [41]

Como dice la liturgia ambrosiana: «Haré evidente Mi presencia por la alegría de sus corazones». [42]

 

*Intervención en la Convención de la Fundación San Michele Arcangelo, 22 de diciembre de 2023

 

[1] Instagram, 19 de octubre de 2022.

[2] M. Corradi, ‘El reto de la soledad. Para qué debemos vivir’, Avvenire, 16 de noviembre de 2023.

[3] «La última confesión de Foster Wallace», la Repubblica, 9 de septiembre de 2011.

[4] S. Belardinelli, «El abismo de este mundo», Il Foglio, 29 de noviembre de 2023.

[5] G. Orwell, 1984, Oscar Mondadori, Milán 1983, p. 97.

[6] Lady Gaga y Bradley Cooper, Shallow, del álbum Ha nacido una estrella, 2018, © Interscope Records.

[7] El yo renace en un encuentro, Bur, Milán 2010, p. 247.

[8] Cf. R.M. Rilke, «Elegia II», vv. 42-44, en Liriche, Sansoni, Florencia 1942, p. 379.

[9] S. Tamaro, «Nos estamos volviendo incapaces de hacer preguntas», Corriere della Sera, 11 de noviembre de 2023.

[10] R.M. Rilke, «Carta al joven poeta Franz Kappus», 6 de julio de 1903.

[11] E. Dickinson, Todos los poemas, J1619 (1884) / F1647 (1884).

[12] Ángelus de Benedicto XVI, primer domingo de Adviento, 28 de noviembre de 2010.

[13] C. Pavese, Il mestiere di vivere, Einaudi, Turín 1973, p. 190.

[14] Ibid, p. 341.

[15] Ibid, p. 360.

[16] Ibid, p. 276.

[17] L. Giussani, Il senso religioso, Bur, Milán 2023, p. 71.

[18] Cf. K. Blixen, Capricci del destino, Feltrinelli, Milán 2003, pp. 50˗51.

[19] S. Weil, La espera de Dios, Rusconi, Milán 1972.

[20] San Agustín, Comentario a la Primera Carta de Juan, 4.6: PL 35, 2009.

[21] Cf. Al Dios desconocido. Oraciones de los antiguos, Rizzoli Bur, Milán 1998, 47.

[22] J. Ratzinger, La enseñanza del Concilio Vaticano II: formulación, transmisión, interpretación, Opera Omnia 7/1, Ciudad del Vaticano 2016, p. 116.

[23] J. Ratzinger, Fe, verdad, tolerancia, Cantagalli, Siena 2003, p. 143.

[24] Cf. R. Niebuhr, Il destino e la storia. Anthologia degli scritti, Bur, Milán 1999, p. 66.

[25] J. Ratzinger, La enseñanza del Concilio Vaticano II: formulación, transmisión, interpretación, Opera Omnia 7/2, Ciudad del Vaticano 2019, pp. 419-420.

[26] L. Giussani, La coscienza religiosa nell’uomo moderno, Chieti 1986, en A. Savorana, Vita di don Giussani, Bur, Milán 2014, p. X.

[27] L. Giussani, Il rischio educativo, Rizzoli, Milán 2005, pp. 20˗21.

[28] L. Giussani, All’origine della pretesa cristiana, Rizzoli, Milán 2001, p. 3.

[29] Benedicto XVI, Encuentro con los Obispos de Portugal, Fátima, 13 de mayo de 2010.

[30] M. Luzi, «Di che è mancanza…», en Sotto specie umana, Garzanti, Milán 1999, p. 190.

[31] Concilio Vaticano II, Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et Spes, 22.

[32] Mc 2, 12.

[33] L. Giussani ˗ S. Alberto ˗ J. Prades , Generar huellas en la historia del mundo.

[34] L. Giussani, «Nota para la segunda edición» en C. Martindale, Santi, Jaca Book, Milán 2018, p. 28.

[35] L. Giussani, «Algo que viene antes», en Dalla fede il metodo, Coop. Edit. Nuovo Mondo,, Milán 1994, pp. 39˗40.

[36] Ibid, p. 40.

[37] El sábado, 30 de enero de 1993.

[38] L. Giussani, «Algo que es lo primero»…, cit., p. 40.

[39] Luigi Giussani en los Ejercicios espirituales de los universitarios de Comunión y Liberación, Riva del Garda, 5 de diciembre de 1976, en «Ya no falta ningún don de la gracia», Tracce Litterae Communionis, 2021, n. 9.

[40] Agustín, Confesiones, X.

[41] Francisco, Audiencia general, Plaza de San Pedro, 15 de noviembre de 2023.

[42] Confratorio della IV Domenica d’Avvento Ambrosiano, en Messale Ambrosiano, op. cit., p. 78.


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