PP: Perder el Pulso

España · José Manuel de Torres
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15 enero 2014
Son muchos los analistas que mantienen que el Partido Popular y su Gobierno le están perdiendo el pulso a la sociedad española. Y que, de hecho, muchos de sus votantes tradicionales están desconcertados ante el zigzagueo y el tancredismo popular en materias sensibles.

Son muchos los analistas que mantienen que el Partido Popular y su Gobierno le están perdiendo el pulso a la sociedad española. Y que, de hecho, muchos de sus votantes tradicionales están desconcertados ante el zigzagueo y el tancredismo popular en materias sensibles –final del terrorismo y excarcelación de asesinos, trato a las víctimas, desafío nacionalista catalán, ley del aborto– y ante el incumplimiento del programa electoral en cuestiones como la de la bajada de impuestos con la coartada sempiterna de la dedicación prioritaria a la recuperación económica y a la salida de la crisis, panacea electoral y tierra prometida de los creyentes más íntimos.

Y son muchos también los que piensan que este “perfilismo” popular es la peor de las posiciones que un partido gobernante puede adoptar ante los temporales que se suceden y las negras borrascas que se atisban en lontananza. El votante popular clásico, el liberal-conservador “de toda la vida”, está sumido en el desasosiego permanente mezclado con el estupor perplejo que le produce ver cómo asuntos del máximo calado político son despachados mediante la sutil técnica de mirar para otro lado o esperar a que escampe. Y lo peor de todo es que no escampa.

Es más, esa técnica “buenista” de encarar los problemas retrocediendo (dar media vuelta, y seguir avanzando) o ignorándolos, antaño impensable en una formación política de derechas, parece haber hecho fortuna cual barba de dos días y ser ya el paradigma que están exportando los populares a muchos de sus ámbitos de poder. ¿Cuál es la explicación si no para que el alcalde popular de Burgos, elegido democráticamente por mayoría absoluta, haya paralizado la construcción de un bulevar y un aparcamiento subterráneo en el barrio del Gamonal, proyecto que llevaba en su programa, ante los desórdenes callejeros y el envite continuado de la violencia radical? Lo único que ha faltado en este caso ha sido pedir perdón por las detenciones producidas y por la intervención de la policía. ¿O cuál es la razón profunda para que el presidente de Extremadura, vistiéndose de pseudoprogresista, se enfrente a su partido y presente una propuesta para paralizar la ley de defensa del no nacido que el PP llevaba en su programa?: ¿conservar el poder?, ¿ganar los votos de la izquierda?

Mal vamos si seguimos por este camino en el que las mayorías absolutas o relativas de los diferentes gobiernos populares deben envainarse sus decisiones y proyectos ante el poder de convocatoria de una supuesta indignación social callejera jaleada desde los medios de comunicación progresistas. Mal vamos si confundimos el diálogo con la rendición de los principios democráticos, si damos legitimidad política a la algarada antidemocrática y violenta, si creemos que el consenso consiste en la retirada vergonzante del proyecto propio, o si nos plegamos a que el imperio de la ley y el Estado de derecho le hagan un hueco a la anomia social de los indignados o de los secesionistas de turno.

El mal ejemplo no tardará mucho en cundir si la reflexión general es que el Partido Popular no es capaz de ganar ninguno de los pulsos promovidos desde la calle. Un mal ejemplo que será moneda de actuación general desde la izquierda o el nacionalismo si los graves desafíos no son enfrentados desde el poder democrático mayoritario con el cumplimiento único y exclusivo de la ley; que para eso está. De no hacerlo, efectivamente, tendrían razón estos analistas y el PP estaría perdiendo no sólo los pulsos puntuales sino el pulso social de muchos de sus votantes.

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