Reconectar el voto y la experiencia social

Por una `amistad social`

Mundo · PaginasDigital
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11 abril 2019
Por su interés, publicamos el manifiesto de Comunión y Liberación con motivo de las próximas convocatorias electorales de los meses de abril y mayo, un documento que se presenta públicamente este jueves 11 de abril a las 20.30h en la Fundación Pablo VI (Paseo de Juan XXIII, 3, Madrid).

«Lo que está en crisis es este misterioso nexo que une nuestro ser con la realidad, algo tan profundo y fundamental que es nuestro íntimo sustento» (María Zambrano, “Hacia un saber sobre el alma”). Nuestra vida pública, muy ideologizada y con una violencia dialéctica exasperante, parece haber perdido ese «nexo» con la realidad, con la vida cotidiana de la mayoría de los ciudadanos. Cuando nos disponemos a afrontar varias convocatorias electorales, el debate político promueve un ambiente de fractura en nuestra sociedad que no refleja nuestra experiencia real.

Se nos dibuja un país dividido en derechas e izquierdas, invitando a caer de un lado o del otro. El que no cae de mi lado es enemigo. Y al enemigo ni agua. Pero no es así en nuestras familias, en las que un candidato de izquierdas tiene un padre de derechas o un votante de derechas tiene una hija de izquierdas. Con todo, el ambiente enrarecido consigue nublar nuestra experiencia real y separarla de unas ideas que asumimos como nuestras, y que tal vez promovemos, a pesar de que nuestra realidad las desmiente.

¿Realmente la política es esto? El papa Francisco nos recuerda que «la política no es mera búsqueda de eficacia, estrategia y acción organizada. La política es vocación de servicio, diaconía laical que promueve la amistad social para la generación de bien común. Solo de este modo la política colabora a que el pueblo se torne protagonista de su historia» (Discurso a los participantes en un seminario sobre el compromiso político en América Latina, 4 de marzo 2019).

¿Es el “bien común” un concepto demasiado abstracto? ¿Es un ideal inalcanzable? ¿Tenemos que resignarnos a definir nuestra convivencia a partir del axioma de Hobbes, “el hombre es un lobo para el hombre”? Compartimos deseos y exigencias que definen nuestra naturaleza común. Cuando ellos son nuestro punto de partida es fácil reconocer en el otro un compañero de camino y no un enemigo.

Nuestra experiencia nos enseña que somos capaces de colaborar por el bien común en contextos donde no todos piensan igual, como en la familia o en el trabajo. Y el pasado reciente nos enseña que hemos colaborado también en el contexto más amplio de nuestra sociedad: durante la Transición se dejaron atrás enemistades y se sacrificaron posiciones para salir de la dinámica de la violencia y el rencor. La política debe recuperar su vocación de servicio al bien común, que no se reduce al bien de una mayoría que legítimamente se ha impuesto con sus votos.

En el mismo discurso, el Papa afirma que nuestro protagonismo «evita que las llamadas “clases dirigentes” crean que ellas son quienes pueden dirimirlo todo. El famoso adagio liberal exagerado, todo por el pueblo, pero nada con el pueblo». Vivimos tiempos en los que la fractura entre los políticos y la gente de a pie representa una amenaza real a la libertad y a la iniciativa social. El intervencionismo y el mesianismo político viven de espaldas a la riqueza de iniciativas sociales que salen al encuentro de nuestras necesidades. La amenaza crece en la medida que esa iniciativa social no existe o no se expresa libremente.

Miremos nuestra sociedad y el diálogo real que en ella se da. Veamos lo que en ella funciona y lo que no. Resolviendo necesidades concretas encontramos compañeros de camino. Por el contrario, a partir de las ideologías nos separamos en bandos que parecen irreconciliables. Por supuesto, es inevitable que cada uno tenga “ideas”, que pueden diferir de las de otros, sobre cómo se deben resolver los problemas. ¿Y si cada uno pusiera en juego su hipótesis para verificarla en la realidad y junto a otros? ¿De qué tenemos miedo? La realidad es común a todos y nos corrige. Precisamente por ello, el Papa nos llama a estar “listos para reconocer que cada idea necesita ser verificada y remodelada confrontándola con la realidad” y “dispuestos a reconocer que es crucial poner en marcha iniciativas generando amplias colaboraciones en lugar de concentrarse en la ocupación de puestos” (Cesena, 1 de octubre 2017).

Como cristianos también nosotros deseamos partir de nuestra experiencia real y poner delante de la sociedad nuestra aportación al bien común, y por ello a la política, a partir de aquellas iniciativas que funcionan en su ámbito y así sugieren caminos para resolver problemas de todos. En tiempo de Elecciones no queremos reducirnos a elegir el color de la papeleta sino ser protagonistas de la construcción de la vida común. De hecho, los criterios para el voto se hacen más claros cuando somos conscientes de nuestro protagonismo.

Un inmigrante llega a un comedor de acogida. Un voluntario lo llama por su nombre y le pregunta: “¿carne o pescado?”. Rompe a llorar. Durante años, en su país de origen, había sido tratado como un despojo, explotado en su trabajo. Un gesto como este derriba la imagen que tenía del “Occidente infiel” y lo integra en una sociedad que ya no percibe como enemiga.

Un grupito de estudiantes catalanes de bachillerato viaja a Madrid para un encuentro con coetáneos. Llegan con muchas prevenciones, favorecidas por el clima político. Al llegar se encuentran con una acogida que les sorprende. Durante la cena, los recelos mutuos desaparecen: se habla de lo que más les importa, el deseo de felicidad, la exigencia de ser amados. Nace una amistad estrecha entre algunos. A la vuelta los problemas políticos continúan, pero se ha abierto una brecha en la ideología: “los de Madrid” o “los catalanes” ya no son un genérico grupo enemigo.

Un mediano empresario del sector industrial se encuentra con una reducción del mercado. Decide acudir a la competencia para abordar juntos trabajos que, separados, no podrían afrontar. De la sospecha inicial se pasa, a través de la relación humana, a compartir información y necesidades. Fruto de esa colaboración se convierten en los adjudicatarios de un gran proyecto industrial cuyo contrato jamás habrían obtenido ninguno de los dos por separado.

Un grupo de familias acoge niños en situación de desamparo que han sido tutelados por la administración regional. La relación con las familias biológicas es siempre un tema complejo y no es frecuente que se dé la relación entre estas y las acogedoras. Sin embargo, este grupo de familias no puede abrazar al niño sin abrazar su historia, su familia biológica. Para sorpresa de todos, establecen relaciones con los padres, los abuelos o los tíos del niño que se consideraban imposibles. Familias acogedoras como estas no se pueden inventar ni decretar. Allí donde existen se deben favorecer por el bien de los niños y de una sociedad menos violenta.

En un barrio popular de una gran ciudad española varias madres solas se levantan antes del alba para ir a trabajar. ¿Qué hacer con los hijos? Unas religiosas abren su casa para dar de desayunar a esos niños y llevarlos al colegio. Hablan con sus profesores, los recogen por la tarde, les ayudan a estudiar y esperan a que las madres vuelvan del trabajo. El ayuntamiento ha empezado a apoyar su labor, consciente de que cubren una necesidad que, de otro modo, no tendría respuesta.

Un colegio concertado en un barrio difícil, fruto de la iniciativa de unos profesores apasionados por la educación. Llega una chavala con padres separados desde pequeña. Madre alcohólica y padre drogadicto. Sin ganas de estudiar y pasada de rosca. Al principio desafía a sus profesores: “La vida es un asco, es imposible que alguien me quiera”. Acaba cediendo a la mirada de aquellos adultos que afirman que su vida tiene un valor infinito. No es teoría: uno de los profesores la ha acogido en su familia. Colegios así son una esperanza para nuestros barrios, cada vez más conflictivos.

Durante la crisis económica, un grupo de familias de un pequeño municipio decide ayudar a los que no llegan a final de mes recogiendo alimentos y llevándolos de dos en dos a las casas. De este modo, no solo se sale al encuentro de una necesidad material: se crean lazos de afecto y amistad entre familias. La necesidad material, que potencialmente podía ser ocasión de violencia, se convierte en una ocasión de estrechar lazos entre vecinos. El municipio se da cuenta y les concede un local para favorecer y ampliar sus actividades.

Cuando una sociedad se encuentra confundida y solo ve problemas sin solución o dialéctica infecunda, debe tener el coraje de mirar la vida que rebrota en ciertos lugares. Parece imposible, pero, de hecho, existe. Los ejemplos arriba citados son experiencias reales que funcionan en su ámbito y que nacen de la misma pasión de Cristo por abrazar todo lo humano. E indican una cierta política. Como estas hay muchas en nuestra sociedad. Es tarea de todos ponerlas encima de la mesa como protagonistas que somos de la vida pública. Y es tarea de la buena política identificarlas y favorecerlas, derivando de ellas líneas de acción que sirvan para todos.

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