¿Por qué vivir?

España · José María Gutiérrez Montero
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8 febrero 2014
Durante el verano escuché una nana rusa que verdaderamente me emocionó, y quiero compartirla con quien sigue este blog. Las sorpresas son así, inesperadas. Uno cree haberlo visto todo, y un canto despierta de nuevo el torrente que había creído que podía contener.

Durante el verano escuché una nana rusa que verdaderamente me emocionó, y quiero compartirla con quien sigue este blog. Las sorpresas son así, inesperadas. Uno cree haberlo visto todo, y un canto despierta de nuevo el torrente que había creído que podía contener.

Es verdaderamente apasionante el pueblo ruso. La nana cosaca que encabeza este post, además de ser una canción bellísima por su música, lo es también por la letra, que expresa a través de la ternura de una madre hacia su hijo la profundidad del alma de un pueblo guerrero y su profunda relación con el Misterio. Es algo que desplaza totalmente el corazón duro, que lo mueve hacia sus preguntas más grandes. En medio de las tempestades de este mundo, en medio de los sufrimientos, o de las injusticias, en medio de la barca agitada en todas las direcciones ¿Por qué vale la pena vivir?

Duerme, niñito mío, prenda mía

¡Arrurú, arrurú!

La luna silenciosa está mirando

Dentro de tu cuna.

Te diré cuentos de hadas

Y te cantaré cancioncitas.

Pero debes dormir, cerrados tus ojitos.

¡Arrurú, arrurú!

Llegará el tiempo, entonces conocerás la vida de guerrero

Pondrás valientemente el pie en el estribo

Y tomarás el fusil.

La manta de la silla para tu caballo de batalla,

La coseré de seda para ti.

Duerme ahora, querido hijito mió.

¡Arrurú, arrurú!

Parecerás a un héroe

Y serás un Cosaco en el alma.

Me apresuraré para acompañarte,

Te despedirás con la mano.

¡Cuántas lágrimas amargas

Lloraré aquella noche!

Duerme, ángel mío, calma y suavemente

¡Arrurú, arrurú!

Me moriré de languidez,

Esperaré desconsolada,

Rezaré todo el santo día,

Y por la noche, haré adivinaciones.

Pensaré que estás en apuro

A lo lejos, en tierra extranjera.

Duerme ahora, mientras no conoces penas

¡Arrurú, arrurú!

Te daré un icono santo

Para tu camino,

Y cuando reces a Dios

Bien delante de ti la pondrás.

Cuando te prepares para un combate peligroso,

Te ruego recordar a tu madre.

Duerme, hijito mió, prenda mía

Arrurú, arrurú.

Mikhaïl Iourievitch Lermontov

(1814-1841)

¿Por qué vivir?. Es una pregunta que no solo es para las madres, para las que abrazan a su hijo o para las que lo esperan. Es una pregunta que necesariamente debemos responder para seguir viviendo. La realidad nos habla de esta pregunta en todas sus facetas. Una canción bella, un arco-iris, un amanecer, o el propio yo sorprendido, ya nos abren hacia ´otra cosa´. Una alteridad, que no puede ser suprimida, ni siquiera en medio del desierto.

Nunca queremos responder a esta pregunta, pero la pregunta sigue ahí. No estamos solos, todo nos indica una relación. Antes de la pregunta de ´¿Por qué las cosas son como son?´ está otra, más radical, y más necesaria de responder para seguir viviendo. ´¿Por qué las cosas son?´. Esta pregunta, que se vuelve definitivamente dramática cuando se aplica a uno mismo, nos revela la estatura de nuestro ser.

No pretendo pontificar, ni dar lecciones de moral a través de este blog. Pontífice, gracias a Dios, ya tenemos uno, y si alguna vez se me escapa alguna lección de moral en el blog, os invito a cerrarlo y no abrirlo hasta el siguiente post, porque está destinado a ser un auténtico tostón. Pero la música de la que se habla, la música que nos rodea, los sonidos con los que nos encontramos, pueden convertirse en recuerdo de una sensación estética pasajera, o ser vehículo que abra hacia la relación que hace nuestra vida, el Tú del que dependemos, que nos está haciendo constantemente y que jamás nos deja solos.

¿Por qué vivir? ¿Por qué merece la pena vivir? ¿Es que merece la pena traer un hijo al mundo?

´Dejar que este niño nazca es como una nueva edición del mundo. A través de él, las nubes y el agua y el sol y las casas y el dolor de los hombres existirán una vez más. Vas a recrear el mundo, va a formarse como una costra espesa y negra alrededor de una pequeña conciencia escandalizada que vivirá ahí, prisionera en el centro de la costra, como una larva. […] Tener un niño es aprobar la creación en el fondo del corazón, es decirle al Dios que nos tortura: Señor, todo está bien y te doy gracias por haber creado el universo. ¿Verdaderamente quieres cantar ese himno? ¿Puedes asumir decir: si este mundo pudiera volver a hacerse, lo reharía exactamente como es?´ (Jean-Paul Sartre, Barioná, el hijo del trueno, Voz de papel, Madrid, 2004).

Necesitamos volver a hacernos esta pregunta, todos los días. Antes de entrar en batallas de manera abstracta, de discutir hasta la extenuación con palabras que quedan en el aire, necesitamos responder a esta dramática pregunta. Porque sobre el sentido de la vida de otro podemos hablar con certeza si conocemos el de la nuestra. Si conocemos que este mundo maravilloso está hecho para nosotros, para mí. Si la realidad es verdaderamente positiva, podremos dar, de nuevo, una oportunidad a este mundo. Y quizá, el hecho de que este Tú bueno, que me hace y que hace todas las cosas, se haya convertido en nuestro compañero de camino, pueda ayudarnos a mantenernos vivos delante de esta pregunta.

´BARIONÁ: ¿Quieres darle como patria una Judea esclavizada? ¿Por morada esta roca helada y ventosa? ¿Por cobijo este montón de arcilla agrietada? ¿Por compañeros estos viejos amargados? ¿Y por familia nuestra familia deshonrada?´

´SARA: Quiero darle también el sol y el aire fresco y las sombras violetas de las montañas y la risa de las niñas. Te lo ruego, deja que nazca un niño, deja que el mundo tenga, de nuevo, una oportunidad.´ (Ídem)

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