¿Por qué te quedaste, padre France?

Mundo · José Luis Restán
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8 abril 2014
´Nosotros amamos la vida y no queremos morir o ahogarnos en un océano de muerte y sufrimientos´. Así se expresaba hace apenas dos meses el jesuita holandés Frans Van der Lugt, en un video dramático en el que denunciaba la terrible situación de la población de la ciudad siria de Homs. El pasado lunes un grupo terrorista cuya identidad aún no está clara raptó y asesinó a este valiente religioso que se había negado a abandonar la ciudad cuando las gestiones de la ONU propiciaron la salida de 1.400 personas de aquel infierno entre dos fuegos.

´Nosotros amamos la vida y no queremos morir o ahogarnos en un océano de muerte y sufrimientos´. Así se expresaba hace apenas dos meses el jesuita holandés Frans Van der Lugt, en un video dramático en el que denunciaba la terrible situación de la población de la ciudad siria de Homs. El pasado lunes un grupo terrorista cuya identidad aún no está clara raptó y asesinó a este valiente religioso que se había negado a abandonar la ciudad cuando las gestiones de la ONU propiciaron la salida de 1.400 personas de aquel infierno entre dos fuegos. Llevaba cincuenta años en Siria, y como él mismo había dicho: “el pueblo sirio me ha dado tanto… si ahora el pueblo sirio sufre, yo quiero compartir con ellos el dolor y las dificultades”. Lo compartió hasta el final.

Van der Lugt era el único sacerdote extranjero que permanecía en el horror de Homs, una ciudad que hace poco albergaba una hermosa comunidad cristiana de sesenta mil personas, de las que hoy solo continúan allí sesenta y seis. Las cifras permiten una primera aproximación a la catástrofe, aunque sólo superficial. El corazón de este drama es el sufrimiento, el miedo, la pérdida de vínculos y raíces, el exilio… Quizás por eso hacía falta que uno estuviera dispuesto a permanecer libremente y morir, no por exhibición de la propia fortaleza (era un anciano frágil, lleno de bondad y mansedumbre) sino para mostrar el espectáculo de esa misericordia que levanta un dique frente al poder de la maldad.

Es cierto, muchos miles han muerto, y la mayoría (aunque sólo fuese por la composición de la población) eran musulmanes, unidos en el sufrimiento a sus vecinos cristianos con los que han compartido siglos de fiesta y de luto. Pero no olvidemos que los cristianos han sido expoliados, masacrados y expulsados por el hecho mismo de serlo. Y Van der Lugt, sacerdote y extranjero, tuvo mil oportunidades para salir. A diferencia de otras muchas víctimas, inocentes como él, el P. France estaba allí porque así lo decidió, quién sabe si tras su particular noche en el Huerto de los Olivos.

“Allí donde el pueblo muere, mueren con él sus fieles pastores”, ha comentado el portavoz vaticano Federico Lombardi, hermano de Compañía de este nuevo mártir de la Iglesia, en un siglo en el que la sangre cristiana fluye con un caudal que no envidia al de las persecuciones de Diocleciano. Al día siguiente de este asesinato brutal que clama al cielo, el Papa Francisco decía en su homilía de la mañana que “el cristianismo no es una doctrina filosófica, ni un programa para sobrevivir… sino una persona elevada en la Cruz, una persona que se anonadó a sí misma para salvarnos, que por nosotros se hizo pecado… Y todos nuestros pecados estaban allí. No se comprende el cristianismo, continuaba Francisco, sin entender esta humillación profunda del Hijo de Dios”. Es un misterio abismal, pero al menos podemos intuir que en la muerte terrible de nuestro hermano France está resumido y contenido todo el mal que sufre el pueblo sirio. Podemos acercarnos a esa forma de salvar que Dios señaló a su Hijo que nos sigue rompiendo los esquemas, que parte por el eje incluso nuestra buena educación.

Este fin de semana el cardenal Scola terminaba su intervención en el EncuentroMadrid diciendo que el testimonio del cristiano (lleno de razones, de simpatía y de escucha al que es diferente) siempre está en última instancia abierto al martirio. Y eso no nos lo podemos arrancar, añadía Scola, que concluye su libro “Buenas razones para la vida en común” con estas palabras: “El martirio es la derrota de cualquier eclipse de Dios… una entrega de sí que vence al mal, incluso el mal injustificable, porque reconstruye la unidad, incluso con aquel que mata. Igual que Jesús toma nuestro mal sobre sí perdonándonos de forma anticipada, también el mártir abraza anticipadamente a su asesino en nombre del don de amor de Dios mismo”. Quisiéramos comprender y seguir. Goza en la paz de tu Señor, hermano France.

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