¿Por qué no quieren Religión?

Mundo · Fernando de Haro
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21 octubre 2015
La laicidad y la asignatura de Religión han entrado de lleno en la pre-campaña electoral. Los socialistas han propuesto una reforma de la Constitución para eliminar la mención a la Iglesia católica y para sacar de los colegios una materia que consideran incompatible con la aconfesionalidad del Estado. La posición de los partidos de centro y de izquierda en España, cuando se afronta esta cuestión, suele estar anclada en esquemas más propios del siglo XIX que del siglo XXI. Y eso a pesar de que la Constitución del 78 consiguió una solución inteligente. La polémica revela que la mayoría de los políticos no parecen conocer las nuevas tendencias que desde el mundo laico valoran la aportación de lo religioso a la vida democrática. Pero también parece indicar una importante debilidad de la presencia católica.

La laicidad y la asignatura de Religión han entrado de lleno en la pre-campaña electoral. Los socialistas han propuesto una reforma de la Constitución para eliminar la mención a la Iglesia católica y para sacar de los colegios una materia que consideran incompatible con la aconfesionalidad del Estado. La posición de los partidos de centro y de izquierda en España, cuando se afronta esta cuestión, suele estar anclada en esquemas más propios del siglo XIX que del siglo XXI. Y eso a pesar de que la Constitución del 78 consiguió una solución inteligente. La polémica revela que la mayoría de los políticos no parecen conocer las nuevas tendencias que desde el mundo laico valoran la aportación de lo religioso a la vida democrática. Pero también parece indicar una importante debilidad de la presencia católica.

En este debate es ya una costumbre citar a Habermas. No es el único. Muchos otros han indicado que el ciudadano religioso puede aportar mucho a la construcción ciudadana en una sociedad plural. El Estado es laico, pero no lo es la sociedad. La sociedad es plural, acoge en su seno tanto la religión como otras creencias e identidades. Si esas identidades hacen el esfuerzo de formular su experiencia en términos civiles (hay que “relatarse”) y de ponerla a disposición de todos, mejora la calidad de una democracia que no puede sostenerse solo con las leyes y los procedimientos. La clase de Religión, de librepensamiento o de cualquier otra hipótesis sobre el sentido de la vida, si transcurre dentro del cauce de la Constitución, es una riqueza.

Pero precisamente es la capacidad de “relatarse” la que parece faltarle a la presencia católica. Se produce una provocadora paradoja. El 70 por ciento de los padres eligen todos los años la asignatura de Religión para sus hijos. Pero en el campo político sucede lo contrario. El centro derecha, el PP ha incluido la asignatura en el currículo, pero de forma vergonzante. El centro, Ciudadanos, la rechaza. Como la rechaza el PSOE y la izquierda-izquierda. Es muy difícil encontrar en España a alguien de izquierda o alguien no creyente que reconozca el valor de la asignatura. Muchos de los políticos y de los hombres de cultura que la rechazan la han cursado. Siempre se puede argumentar que los otros están encerrados en su ideología. Pero también podemos preguntarnos qué relato hemos hecho de la Religión, qué inteligencia nos ha faltado para que se perciba como enemiga de la libertad y no como un bien social. Cada uno es responsable de lo suyo. Y en este caso la responsabilidad es mostrar la utilidad y la belleza del cristianismo, desterrando cualquier sospecha de que se quiere imponer algo. El pasado pesa mucho. La ruta la ha marcado con claridad el Papa en su discurso a los obispos de Estados Unidos: no se puede “llorar por un tiempo que no volverá” ni empeñarse en recuperar “una hegemonía aparente”. El camino de los cristianos es la “cultura del encuentro”.

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