¿Por qué los Magos se pusieron en camino?

Mundo · José Miguel García
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5 enero 2011
La fiesta de los Tres Reyes Magos, aunque sea la que cierra las vacaciones de Navidad, suele ser muy esperada por chicos y grandes: es el día tradicional de recibir regalos. A los personajes que se esconden detrás de esta denominación se les conoce popularmente con los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar. En realidad, el relato más antiguo que los menciona, el evangelio de Mateo, ni dice que sean tres ni les atribuye ningún nombre, ni tampoco los califica como reyes. En el texto evangélico se lee solamente: "Después de nacer Jesús en Belén de Judea, en tiempos del rey Herodes, he aquí, unos magos del oriente llegaron a Jerusalén" (Mt 2,1).  Probablemente se quiere designar con el término "magos" a unos hombres que estudiaban el firmamento, más en concreto los astros. Aunque no se especifica tampoco la región de donde procede, normalmente se los relaciona con Mesopotamia. En las antiguas representaciones aparecen con vestiduras persas, como muestra el mosaico de San Apolinar de Rávena (Italia). Este pequeño detalle salvó la basílica de la Natividad (Belén) de su total destrucción, como ocurrió con el resto de las otras iglesias, durante la invasión persa de la Palestina cristiana en el año 614.

El número tres seguramente se impuso a causa de los regalos señalados por el evangelista Mateo: "Y entrando en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose le adoraron; y abriendo sus tesoros le presentaron obsequios de oro, incienso y mirra" (2,11). En la tradición cristiana estos tres dones han adquirido un valor simbólico: el oro representa la dignidad real, el incienso declara la naturaleza divina y la mirra anuncia la muerte del niño que adoran. Interesante observar que estos hombres venidos de oriente no encuentran a María con el niño en la gruta que servía de establo de la casa donde fueron acogidos a su llegada a Belén, sino en la casa donde vivían María y José con el niño. Aunque celebremos este hecho poco días después del nacimiento de Jesús, muy probablemente tuvo lugar varios meses después, cuando la familia llegada de Nazaret había decidido instalarse en el pueblo originario de José.

La cristiandad designa esta fiesta con el expresivo nombre de "Epifanía", que significa "manifestación". Dado que los magos venidos del oriente no tienen nada que ver con el mundo judío, este modo de calificar la fiesta quiere subrayar el hecho de que también los pueblos gentiles fueron llamados a conocer al recién nacido: Jesús ha venido para traer la salvación a todos los hombres. Esta verdad se expresó también artísticamente representando en estos hombres las diferentes razas o continentes conocidas en la antigüedad: Asia, África y Europa. En cualquier caso, en aquellos peregrinos están simbolizados todos los que buscan, movidos por los deseos radicales que residen en el corazón humano.

Siempre me ha interrogado el hecho de que aquellos magos recorrieron muchos kilómetros dejándose guiar por un fenómeno astronómico mientras que los sabios de Israel, que conocían las profecías y estaban cerca del lugar donde éstas se habían cumplido, no se movieron de sus casas. El año pasado, en su homilía de la Epifanía, Benedicto XVI respondía justamente a esta paradoja: "¿Cuál es la razón por la que unos ven y encuentran, y otros no? ¿Qué es lo que abre los ojos y el corazón? ¿Qué les falta a aquellos que permanecen indiferentes, a aquellos que indican el camino pero no se mueven? Podemos responder: la excesiva seguridad en sí mismos, la pretensión de conocer perfectamente la realidad, la presunción de haber formulado ya un juicio definitivo sobre las cosas hacen que su corazón se cierre y se vuelva insensible a la novedad de Dios. Están seguros de la idea que se han hecho del mundo y ya no se dejan conmover en lo más profundo por la aventura de un Dios que quiere encontrarse con ellos. Ponen su confianza más en sí mismos que en él, y no creen posible que Dios sea tan grande que pueda hacerse pequeño, que se pueda acercar verdaderamente a nosotros".

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