¿Por qué el Pulga es tan molesto?

España · Giuseppe Frangi
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16 julio 2014
Se podría decir que estaban esperando este momento. El momento de herir al Pulga. De verle derrotado, humillado, destruido. De decir de una vez por todas que él no es ni Maradona ni Pelé. Que tres de sus Balones de Oro son un despropósito. Que el que recibió al terminar el partido de Maracaná como mejor jugador del Mundial solo se explica por razones de marketing.

Se podría decir que estaban esperando este momento. El momento de herir al Pulga. De verle derrotado, humillado, destruido. De decir de una vez por todas que él no es ni Maradona ni Pelé. Que tres de sus Balones de Oro son un despropósito. Que el que recibió al terminar el partido de Maracaná como mejor jugador del Mundial solo se explica por razones de marketing.

A Lionel Messi le tocó así, avergonzado tras una final perdida por una amnesia defensiva en el minuto 113, sufrir el rito perverso de la trituradora mediática. Ese rito por el que con un cierto gusto un tanto sádico un ejército de observadores da rienda suelta a secretos rencores. ¿Pero por qué contra Lionel Messi? Porque era el hombre esperado en su cita con la historia, dicen. Y faltó de forma clamorosa a su cita. ¿Pero eso basta para explicar tal ensañamiento? ¿Basta para justificar, por ejemplo, esa malvada insistencia en las imágenes de sus arcadas provocadas por el estrés y la fatiga?

En realidad, da la impresión de que con Messi había otras cuentas pendientes. Que tienen que ver más con sus condiciones físicas un poco imperfectas, un poco feo, un poco rechoncho, no muy alto (1,69), con ese peinado que le hace parecer un colegial de tiempos pasados, con esa nuez tan poco elegante… Parece que tiene más que ver con el hecho de verle siempre tan comedido en sus actitudes, por no saber vestir como un divo. Messi es un campeón global que no consigue liberarse de una cierta torpeza suya, que incluso cuando llega a Milán, invitado por Dolce & Gabbana a su boutique, parece realmente un pez fuera del agua.

Hay muchos que, inconscientemente o no tanto, nunca han digerido el hecho de que con un cuerpo tan poco atractivo, Messi pueda hacer maravillas como las que le hemos visto hacer todos estos años. Evidentemente muchos habrán acumulado montañas de envidia al ver la velocidad con que este chaval del 87 mueve las piernas, sortea al adversario y llega a puerta con una facilidad irrisoria, y su resistencia, como si estuviera hecho de goma. Él, tan poca cosa, tan pequeño, pero sobre todo con esa cara tan insoportablemente normal.

¿Queréis compararlo con esa efigie impoluta de Cristiano Ronaldo, que terminó fuera del Mundial de un modo verdaderamente impropio, sin que nadie le haya implicado en el más mínimo proceso de acusación? ¿Uno que ha ganado mucho menos que el Pulga pero que no en vano gana publicitariamente mucho más que él? Ronaldo es glamour pero Messi no. Como glamour es el extra pagado Neymar, que el destino quiso preservar del desastre de Brasil, pero al que tampoco nadie ha acusado después de llegar a un Barcelona que lo ganaba todo y que no ha ganado nada, a pesar de los 28 goles de Messi.

Lionel es un fuera de serie culpable de no ser nada más allá de lo que es. ¿Qué se puede contar de él? ¿Qué interés tiene contar que Tito Vilanova quiso que él, y solo él, le visitara en sus últimos días? ¿Qué placer puede dar describir ese grito de alegría, propio de un niño en su primera victoria, cuando Romero, su portero, detuvo el último penalti de Snejder abriendo así las puertas hacia la final. En el fondo, la culpa de Messi es ser alguien demasiado normal. No ser carne de escándalo ni de leyenda. Es uno que está en la media. Tal vez lo más difícil de perdonarle sea la evidencia de que incluso estando en la media se pueden hacer maravillas…

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