Por qué el Líbano lleva dos años sin presidente

Mundo · Rolla Scolari
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15 junio 2016
Hay un pequeño país oriental que lleva dos años sin presidente. El hecho de que el Parlamento del Líbano se haya reunido hace unos días para sumar su 40º fracaso para elegir jefe de Estado ya es una noticia que no es noticia, que pasa inadvertida. La próxima sesión será el 23 de junio, pero poco importa, porque entonces volverá a proponerse un esquema que se lleva manteniendo desde hace 24 meses. El Parlamento no alcanza el quorum legal porque el bloque político formado por los diputados chiítas de Hezbolá y sus aliados cristianos guiados por el general Michel Aoun boicotea la votación.

Hay un pequeño país oriental que lleva dos años sin presidente. El hecho de que el Parlamento del Líbano se haya reunido hace unos días para sumar su 40º fracaso para elegir jefe de Estado ya es una noticia que no es noticia, que pasa inadvertida. La próxima sesión será el 23 de junio, pero poco importa, porque entonces volverá a proponerse un esquema que se lleva manteniendo desde hace 24 meses. El Parlamento no alcanza el quorum legal porque el bloque político formado por los diputados chiítas de Hezbolá y sus aliados cristianos guiados por el general Michel Aoun boicotea la votación.

El ex presidente Michel Sleiman lleva meses acusando al equipo apoyado por el régimen sirio de Bashar al-Assad e Irán de provocar un bloqueo institucional. Según el complicado acuerdo constitucional libanés, fundamentado sobre el reconocimiento de las diversas comunidades religiosas del país, el presidente de la República debe ser un cristiano maronita, el primer ministro un musulmán suní, y el presidente del Parlamento un musulmán chií. Si las fuerzas de Hezbolá y sus aliados cercanos a Siria apoyan al general Aoun, el líder del bloque rival, apoyado por Riad, el suní Saad Hariri, ha utilizado recientemente una carta que ha hecho agitarse a sus adversarios. En vez de proponer para la presidencia un nombre sólidamente anclado en su campo, ha volcado la partida con la propuesta de Sleiman Franjieh, conocido por su cercanía a Damasco y a la familia Assad. Pero no ha sido suficiente para remover el impasse. El pequeño Líbano, durante años uno de los escenarios del mayor enfrentamiento regional entre Arabia Saudí e Irán, pasa en este momento a un segundo plano respecto a los intereses de las dos potencias en Siria. El partido y las milicias de Hezbolá tampoco parecen interesados en retomar la vida institucional, que podría devolver a la palestra el debate sobre su desmilitarización, justo ahora que miles de combatientes libaneses luchan en una guerra al otro lado de la frontera. Además, el movimiento busca una reforma de la ley electoral en sentido proporcional, que no favorecería a los defensores de Hariri.

“La prudencia, según Aristóteles, es una gran virtud política. Creo que los libaneses en este momento están practicando esta virtud”, afirma Antoine Messarra, miembro del Consejo constitucional libanés y profesor en la Universidad Saint-Joseph de Beirut. Según Messarra, Líbano es un país que sirve a ciertos actores regionales para tomar postura en la política de la zona, pero al mismo tiempo es el único país donde, en comparación con el resto de la región árabe, hay un clima de libertad y un pluralismo reales, “aunque falta el sentido de Estado. Hoy el Líbano no está ocupado por tropas sobre el terreno sino por fuerzas políticas internas subordinadas a fuerzas externas: un eje sirio-iraní que paraliza las instituciones. Pero los libaneses se han hecho más sabios gracias a sus experiencias. Aunque los diputados, según los términos de la Constitución, consiguieran elegir un nuevo presidente, ¿ese presidente conseguiría llegar a palacio, lograría gobernar efectivamente?”, se pregunta el profesor. “Por eso los libaneses son prudentes”. A pesar del larguísimo bloqueo institucional, el país sigue siendo igualmente una de las extrañas zonas de estabilidad en la región.

Para elegir al jefe de Estado hacen falta dos tercios de la asamblea parlamentaria, 86 de los 128 diputados. De momento, nada parece indicar avances en las próximas semanas. No es la primera vez que el Líbano se queda sin presidente. Sucedió en 1998, luego en 2007, pero nunca durante más de seis o siete meses. El bloqueo actual indica, como ha insistido la prensa internacional, un claro cortocircuito y un mal funcionamiento de las instituciones internas. La prueba sería la auto-prolongación con que en 2013 el Parlamento, avalado por el Consejo constitucional, extendió su propio mandato hasta mayo de 2017. Messarra, que es miembros de dicho Consejo constitucional, defiende esa decisión como garantía de estabilidad. “Ha evitado la ampliación del vacío institucional”. Y cuando le preguntas si el impasse político indica la necesidad de una revisión de la Constitución, responde: “No hay un problema constitucional, no hay que cambiar la Constitución. Lo que hay en la Constitución libanesa es lo máximo a lo que podemos aspirar”. El bloqueo, dicho de otro modo, es puramente político.

Oasis

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