Por eso no se derrumba

Mundo · José Luis Restán
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30 septiembre 2013
En el día en que hemos conocido que los beatos Juan XXIII y Juan Pablo II serán canonizados el próximo 27 de abril de 2014, fiesta de la Divina Misericordia, me viene a la mente una frase lapidaria pronunciada por el Papa en su reciente encuentro con el clero de Roma. En aquel diálogo mantenido con los curas de su diócesis, Francisco afirmó que la Iglesia no se derrumba ´porque hoy, como siempre, hay mucha santidad cotidiana: hay muchas mujeres y hombre que viven la fe en la vida de cada día. Y la santidad es más fuerte que los escándalos´.

En el día en que hemos conocido que los beatos Juan XXIII y Juan Pablo II serán canonizados el próximo 27 de abril de 2014, fiesta de la Divina Misericordia, me viene a la mente una frase lapidaria pronunciada por el Papa en su reciente encuentro con el clero de Roma. En aquel diálogo mantenido con los curas de su diócesis, Francisco afirmó que la Iglesia no se derrumba ´porque hoy, como siempre, hay mucha santidad cotidiana: hay muchas mujeres y hombre que viven la fe en la vida de cada día. Y la santidad es más fuerte que los escándalos´.

Como tantas veces he escrito, a mí no me sorprenden el mal y la traición, incluso cuando se presentan allí donde cabría esperar una historia de fidelidad y de bien. Lo que verdaderamente me sorprende, cada día, es la fe. Esa fe que brota como una flor de gracia y de libertad en la tierra del pueblo cristiano. Como ha explicado Francisco en su entrevista que ha dado la vuelta al mundo, la Iglesia es Madre y por tanto es fecunda, a despecho de acosos exteriores y sequedades internas. Es “la santidad del pueblo de Dios paciente, la santidad común”, subrayaba el papa pensando en su propia experiencia de familia.

Angelo Roncalli y Karol Wojtyla son hijos de ese pueblo de Dios paciente, cuya verdadera fisonomía esculpe la fe a través de las circunstancias cotidianas. Pero ciertamente, a pesar de su precioso bagaje no se les ahorró a ninguno de los dos la aventura de responder “sí” al Misterio hecho carne, que les llamó a lo largo de sus vida a realizar “cosas grandes” (así lo diría satisfecha Santa Catalina de Siena), cosas imprevistas e inauditas para las que se necesitaba algo más que una buena preparación y cierta disposición de ánimo. Se necesitaba el ímpetu de una razón y una libertad abiertas por completo a la llamada del Resucitado: ¿me amas más que estos?; entonces no discutas, no analices, no ponderes, no mires atrás, no proyectes, no compares… tú sígueme.

Ambos les siguieron sin alforja ni sandalias. El primero entendió que la Iglesia debía purificarse y volver a los orígenes, precisamente para aprender de nuevo a hablar al corazón de los hombres del siglo XX y así comunicarles la Salvación de Jesucristo. Y para eso lanzó el gran acontecimiento del Vaticano II. El segundo recibió la herencia preciosa (marcada por el dolor) del papa Montini, y entendió que la Iglesia debía abandonar cuitas estériles y bajar de nuevo sin miedo a las plazas para una nueva evangelización, porque el hombre (tal como es, tal como ríe y llora en cada tiempo) es el camino que la Iglesia ha de recorrer para mostrarle que Cristo es la única respuesta a su corazón sediento. Juan XXIII abrió el arco de estos últimos cincuenta años con el impulso profético del Concilio, y Juan Pablo II mostró la verdad de su intuición: que pese a los agoreros de cierta modernidad la fe sigue viva, la Iglesia rejuvenece mientras las ideologías y las modas caen por los suelos.      

La sabiduría de Francisco nos va a permitir contemplar el próximo 27 de abril, en una misma imagen, el camino único de la Iglesia que atraviesa el espacio y el tiempo. Dos papas grandes y santos, que han respondido a la sugerencia del Espíritu y a la necesidad de la Iglesia desde sus respectivos y diversos temperamentos, serán ahora colocados como ejemplo para todos los cristianos en una única ceremonia. Algunos han intentado oponerlos; ahora, con este gesto, el Papa Francisco da a todos una trascendental lección. Pero la historia continúa, porque pese a nuestra necedad, tan vieja y aburrida, la fuente de la santidad nunca se seca. Por eso, sólo por eso, la Iglesia no se derrumba jamás.

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