Política, un salto al vacío

Mundo · Giorgio Vittadini
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28 julio 2022
Ante la crisis de gobierno en Italia, me viene a la mente una canción de Enzo Jannacci que dice: “Sigue adelante, Pascual, que la dignidad y la infamia quedan muy lejos”.

Hay partidos dispuestos a desmontar un gobierno pensando más en su propio interés (arañar algún punto más en las próximas elecciones) que en su país. Un líder no votado por los ciudadanos necesita un gran apoyo de los partidos para poder gobernar. Una parte consistente de la sociedad civil ha pedido a Draghi que se quede. Pero, por lo que parece, ciertos partidos no están dispuestos a reconstruir el pacto de confianza alcanzado con los italianos en febrero de 2021. Al menos eso es lo que hemos visto estos días, con palabras y con hechos.

“Italia es fuerte cuando está unida”, decía el exprimer ministro en su discurso al Senado. Pero la fuerza no se adquiere mediante la retórica. En ciertos momentos se adquiere sacrificando el propio interés particular por el general. Se adquiere cuando se sigue como un faro las exigencias concretas de la gente. Por eso, la gran parte del discurso de Draghi consistió en una enumeración de los problemas afrontados y los dosieres abiertos y urgentes de manera inmediata, como corresponde a cualquier gobierno y sobre todo a un ejecutivo de unidad nacional en un momento de emergencia.

No sé cómo es posible sentirse fuertes cuando solo se afirman las diferencias. Al contrario, la fuerza política se pone de manifiesto aceptando un compromiso con los otros, partiendo de un debate general y analítico que afronte los problemas y sus posibles soluciones.

La decisión de los partidos que han mandado a casa a Draghi muestra la magnitud del drama de la política italiana. Si el objetivo de los partidos no tiene en cuenta el bien del país, resulta imposible entender sobre qué se construye la vida política.

Los partidos tradicionales se apoyaban en realidades populares y cuerpos intermedios, esos que han pedido que Draghi continúe. Porque aquellos partidos de la primera república italiana estaban en contacto con el pueblo y se relacionaban entre sí para resolver los problemas que surgían en momentos de gran dificultad, comprendiendo qué significa afrontar una emergencia y en qué consiste la capacidad de compromiso para evitar lo peor.

En la segunda república los “partidos de plástico” parecen formados por sirvientes de los hombres solos que ocupan el poder de turno, pero han perdido el contacto con la realidad social. Buscan personas que “comprar” con intervenciones publicitarias basadas en amnistías, bonos y prebendas, medidas demagógicas sobre las pensiones y la renta ciudadana, mal planteadas y que continuamente se exceden del presupuesto aprobado, generando una deuda brutal.

Por desgracia, la demagogia también se ha abierto paso en los partidos territoriales y entre agentes de buen gobierno, haciendo que se reafirme a líderes que no tienen ninguna intención de servir a su país. Luego están los del “cuando peor, mejor” que se oponen a priori, es decir, su deseo es deshacer y con eso han forjado su fortuna electoral.

Las montañas rusas de los recuentos electorales, que en poquísimos años pasan del 30% al 10%, son signo de una superficialidad devastadora en esta forma de hacer política, que trata de hechizar para conseguir votos, como si se tratara de una especie de reality show. El intento de llegar a las elecciones para arañar puntos porcentuales como el que gana cuotas de audiencia, aun a costa de deshacer definitivamente el país, arruinando muchas vidas, es el último ejemplo de esta falta de cultura y responsabilidad que nos lanza al vacío.

Esperemos que en las próximas elecciones los italianos sepan distinguir y recuerden quiénes son esos pobres políticos que, como los pobres cantautores de otra canción de Jannacci, “de mayores quieren ser famosos”. Para no votarles más.

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