Polarizados y el regreso de Sísifo

España · Ángel Satué
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30 julio 2023
Es necesario generar espacios comunes, de diálogo, de participar en los aspectos más concretos del día a día. El acuerdo es deseable pero no se dará en el Congreso de un modo inminente.

El Partido Popular ganó las elecciones el 23-J, obteniendo un millón de votos más que en las elecciones municipales y autonómicas del 28-M, pero no obtuvo la semana pasada un resultado contundente como para poder gobernar ni en solitario, como pretendía ilusoriamente Feijóo, ni con el apoyo de Vox, echado al monte. No obstante, el centro derecha sociológico que representa, domina el Senado, 12 autonomías y las principales ciudades españolas, ayudando a la gobernabilidad de otras, como Barcelona.

Para explicar lo que ha pasado, hay que mirar tanto hacia el País Vasco como a Cataluña -territorios romanizados, ambos-. Buena parte del voto constitucionalista (uno de los antiguos bloques ideológicos existentes en España), se agrupó en torno al Partido Socialista en un voto útil de lo más extraño. Me explico. Tras el voto del Partido Popular al candidato socialista a la alcaldía de Barcelona -tratando de romper la política de bloques y frentista-, el votante antiguo de Ciudadanos y algunos de Convergencia, optaron el 23-J, por votar socialista (aunque vean socialdemocracia). La razón, es que sabían que votar PP era tanto como votar Vox. La paradoja es que debieron de votar aun con el “mapa mental y conceptual” de elecciones locales, y el resultado fue apuntalar a Pedro Sánchez y sus 200 leyes, y favorecer de nuevo su gobierno, que como sabemos se sustentaba sobre la base del apoyo de la “confederación del centrifugado” (ERC, Junts, Bildu, PNV,..), sin contar un Sumar integrado por 15 partidos políticos.

Centrifugado no es por Puigdemont (que tiene la clave del desgobierno de España), que ni es de centro, y sí es un fugado. El término es por la fuerza centrífuga que genera en el sistema todo nacionalismo (ruido de lavadora), el localista y el español como reacción.

Puestos a interpretar, el avezado votante catalán, experto en la aritmética parlamentaria dado lo complejo y heterogéneo de su sociedad, tal vez haya preferido reforzar al Partido Socialista, pensando que la lavadora pasaría de 1.400 revoluciones por minuto, a apenas 600, e incluso, hayan pensado que la lavadora con el paso del tiempo deje de centrifugar. Esto suele ser problema del condensador, por cierto.

Desde luego, no ayudó que Abascal saliera diciendo que como ganase PP y VOX, Cataluña sería invivible. En fin, eso es polarizar al máximo, por lo que el votante catalán, optó por favorecer un presunto centro izquierdismo, sin duda, como mal menor y voto útil, lo cual, en condiciones normales, nos haría decir que España es centrista en un 65 % (lo que suman PP y PSOE juntos), que no está mal para la búsqueda de acuerdos y de pactos de gobierno, como sucede en el Parlamento Europeo. Como los antiguos galos, que reconocieron en César al único garante de sus ciudades frente a belgas y germanos, mientras este no iniciara operaciones de tipo colonial, la Guerra de las Galias habría tenido el 23-J un nuevo capítulo. Por cierto, que César, en aquel tiempo, según sus escrituras, se calzó a los druidas, interpretes del pueblo galo, e indultó a 20.000 prisioneros eduos y arvernos, ganándose su corazón. Estas son mis razones, que diría el madrileño.

En todo caso, y sabiendo que el Partido Popular puede gobernar España aun obteniendo malos resultados en el País Vasco y Cataluña, cosa que el PSOE no puede, la otra gran variable a tomar en consideración, más allá del miedo a VOX y el voto útil al PSOE en Cataluña, convalidando, todo lo gobernado (y desgobernado) por la coalición socialista-comunista, es el sistema electoral (la savia de la democracia, para Sartori). Sí, si PP y VOX hubieran concurrido juntos, salvado el efecto “miedo a VOX”, o si VOX no hubiera concurrido en provincias pequeñas, la mayoría absoluta hubiera caído del lado del bloque de derechas.

Y este es el problema. La política de bloques y de “cinturones sanitarios”. Cuando un líder de Unidas Podemos (Sotomayor) sale en programa de máxima audiencia el pasado 27 de julio, diciendo que el Partido Popular no puede ir a La Moncloa “ni de visita”, utiliza un lenguaje que polariza y crispa, fruto de lo que vive su corazón, que es una “política de trincheras”, mientras viste una camiseta con ovejas de colores (“United in Friendsheep”). Su ex líder, Pablo Iglesias, ya dijo a los diputados del Partido Popular en 2020, que “nunca volverán a formar parte del Consejo de ministros de este país”, en clara alusión al extra de diputados (Esperanza Aguirre, Sin Complejos, 2021) que ha de obtener el Partido Popular si la izquierda y los nacionalistas se alían en un nuevo frente “tertium non datur” o “principium tertii exclusi”, que dice que una tercera cosa no se podrá dar.

Sobre este “bloquismo”, ya lo dijimos en Páginas digital, como Sísifo, parece que la democracia española, o su pueblo, estuvieran condenados a subir una pesada carga hasta la cima de una montaña, de elección en elección, para acto seguido, comenzar nuevamente la tortuosa y sufrida subida, sin esperanza alguna.

Pues bien, esta polarización con crispación, que estudia perfectamente Luis Miller (Polarizados, 2022), necesita para conjurarla, como esboza el sociólogo, entre otras cosas, a parte de igualdad y desarrollo económico, de espacios comunes, de diálogo, de participar en los aspectos más concretos del día a día, en materias locales, creando asociaciones donde coincidir con otros ideológicamente distintos. En definitiva, conviene apostar por el liderazgo creativo, y que este ha de comenzar por uno mismo, dando opciones a los que no piensan igual. El acuerdo es deseable, y es posible, aunque no se dará en el Congreso ni el Senado en los meses que vienen.

Seguiremos instalados en el bloqueo institucional. Volveremos a crear la línea Maginot en las próximas elecciones vascas y catalanas de 2024 (¿o habrá adelanto dados los micro bloques de ERC vs Junts, PNV vs Bildu…?), y las europeas de mayo de 2024. Tertium non datur.

 

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